Tosí y vomité el agua que tenía.
Vi una sombra encima de mí, pero no pude identificar quien era. Solo pude sentir como su pelo escurría agua y me caía a mí. Cerré los ojos e intenté regular mi respiración.
Volví a abrir los ojos y pude ver quien era la sombra. Era Erik, su mirada no se veía enojada, sus cejas estaban fruncidas, pero de una manera diferente y su respiración agitada.
—¿Cómo te sientes? —pregunto con un tono un poco preocupado— ¿Puedes respirar bien? ¿Te quieres sentar?
No conteste, no tenía fuerzas. Intente levantarme y el me ayudo, pero mis piernas no respondieron, caí, pero antes de tocar el suelo sus brazos volvieron a atraparme.
—No te esfuerces. Tranquila, yo te ayudo.
Sin dejarme pensar sus brazos me tomaron por debajo de las piernas y la espalda. Me cargo con el mínimo esfuerzo y me llevo a el carro.
Fue hacia donde teníamos el picnic, tomo mi bolso y saco del de Sara las llaves del carro y le tiro las de su moto a Lucas, quien las atrapo en el aire.
—¿Alguna sabe manejar? —preguntó a lo lejos.
—No te preocupes, yo llevo a María y Aria a su casa y llevo la moto a la tuya —dijo Victoria.
—Ten cuidado con la policía, no quiero que se lleven la moto por exceso de pasajeros.
Se subió al carro y arranco conmigo en el asiento del copiloto. Me recosté en la puerta viendo el camino y dejando que el aire me golpeara la cara para poder respirar mejor.
—¿Cómo te sientes?
—Bien —respondí sin cambiar mi posición.
Aclaró su garganta.
—Hace mucho no hablábamos.
—Jum…
—Lo siento —susurró.
Me compuse y lo miré.
—¿Qué quieres Erik?
—Que me perdones —freno al frente de mi casa y me volteo a mirar.
—No tengo nada que perdonarte Erik —abrí la puerta y me bajé del auto—. Gracias… por todo.
Me gire y camine hacia la entrada de mi casa, pero Erik se atravesó en mi camino.
—Déjame entrar. Al menos para asegurarme de que estés bien hasta que llegue tu madre.
—No hace falta. Ya estoy bien
Intente apartarme y nuevamente se atravesó en mi camino.
—Zaf…
No tuve más opción. Entró conmigo y se dirigió a la cocina. Yo subí a mi cuarto con las pocas fuerzas que tenía y me acosté. Al rato Erik subió con un té y una manta gigante y gruesa.
—Toma.
Me senté y él se sentó a mi lado con él te intentando dármelo.
—Puedo tomarlo sola —le di un sorbo—. ¿Cómo conseguiste el té?
—Tu mamá nunca cambio las cosas de lugar. Aún recuerdo cuando me enviaban a buscar el té para ellas tener una de sus charlas larguísimas.
Reímos.
—¿y esta manta? Es gigante y aquí tengo una
—Sí, pero esa no te va abrigar como esta —abrió la manta para ponérmela en las piernas—. Además, era tu favorita. Y tu mama tampoco la cambió de lugar.
—¿Cómo… como sabes que esta era mi manta favorita? —pregunte extrañada.
—Era imposible no saberlo Zaf. Cuando nuestras madres se quedaban hablando hasta tarde siempre ibas a buscar esta manta y tu madre siempre te regañaba porque era grande y tú en cuarto tenías muchas. Eso, y que siempre me presumías tu ´´súper manta gordita y calentita´´
Volvimos a reír.
Nos quedamos en silencio por un buen rato. Uno al lado del otro.
—¿Qué haces aquí Erik Jones? —lo mire.
—No lo sé…
Nos miramos a los ojos. Sentía su respiración, su aliento olor a menta. Su mano quito uno de los cabellos de mi cara y lo puso detrás de mi oreja para después bajar y posarse en mi mejilla sosteniéndola. Su respiración y la mía se agitaron para después empezar a acercarse, mis labios rosaron los suyos, mi corazón latía a mil y…
Me alejé.
—¿Qué quieres de mi? —dije con la respiración agitada y con ganas de llorar— ¿Jugar conmigo? ¿Burlarte de mi?
—¿Qué? No —rodeo la cama y se paró en frente de mi—. Zaf, te extraño.
—¿Extrañarme? —pregunte con sarcasmo— ¿Qué vas a extrañar de mí? Las peleas, el odio que nos teníamos, nuestras diferencias, el fastidio que nos causaba estar juntos. ¿Eso extrañas?
—Si —dijo sin dudar—. Extraño todo eso Zafiro. Te extraño a ti —se acercó aún más—. Extraño pelear contigo, extraño saber de ti, extraño escucharte, extraño todo Zaf. Me arrepiento de aquel día, de mis palabras, de mis acciones, de ser tan pequeño y no poder decirte lo que verdaderamente pienso. De ser tan egocéntrico que tuve que esperar a casi perderte para siempre, para tener la valentía de decirte lo que verdaderamente siento.
Me tomo de la cara y me miro a los ojos.
—Lo lamento tanto. Lamento haber sido un completo idiota, lamento haberte dejado ir así. No hubo un día en donde no me haya arrepentido de lo que paso. Y ver que pasaron tantos años. Años alejado de ti, viendo lo hermosa que estabas y no poder decírtelo, viendo como todos esos idiotas estaban detrás de ti y yo no podía hacer nada para alejarlos y decirles que no estabas sola.
Y sin darme cuenta sus labios tocaron los míos.
No me aleje, no lo separe de mí. Lo bese con la misma intensidad con la que él lo hizo. Sus labios y los míos coordinaron como si nos hubiéramos besado miles de veces. Su mano apretó mi cadera y bajo hasta tocar mi trasero y con la otra me sostenía la parte trasera de la cabeza asegurándose de profundizar el beso y sobre todo de que no me vaya a separar de él.
Me deje llevar. No pensé en nada, solo en ese momento, solo en ese beso. Mi cabeza y mi corazón eran un manojo de emociones.
Seguía sintiendo rabia, rencor, tristeza, confusión… pero seguía besando a mi mayor enemigo, realmente no quería que ese beso terminara. Mis manos sujetaban su cabeza haciendo mucho más intenso el beso. Caímos en la cama y el beso no paro, se intensifico.
Lo sentía tan familiar, tan sincero. Era un beso lleno de pasión que gritaba a los cuatro vientos que nos extrañábamos. Que, aunque nos odiáramos y éramos un caos completo cuando estábamos juntos… amábamos este caos.