Radix

CAPITULO 1

La lluvia llevaba tres días cayendo sin descanso.

Los caminos de tierra se habían convertido en ríos de barro, y la pequeña aldea de Arlen parecía aislada del resto del mundo.

Las cosechas se estaban perdiendo, los animales permanecían encerrados.

Y aquella noche, además de la tormenta, había otro problema.

Uno mucho más urgente.

—¡Busquen al sacerdote!

—¡No podemos tocarla!

—¡Su esposo está a dos días de camino!

—¡Esperen hasta mañana!

—¡Mañana estará muerta!

Los gritos llenaban la vivienda más grande de la aldea.

Dentro, una joven omega embarazada luchaba por respirar

Su rostro estaba empapado de sudor, la sangre manchaba las mantas, el bebé se negaba a nacer.

Varias mujeres intentaban ayudar, pero ninguna era partera. En un pueblo tan lejano era necesario buscar una en la ciudad, pero eso no era sencillo. No muchas estaban dispuestas a viajar hasta un lugar tan recóndito, especialmente si la paga era escasa. Al ser una aldea pobre, sus habitantes apenas contaban con ingresos; vivían principalmente de lo que cazaban, de los intercambios y de lo poco que lograban vender en la ciudad. Sin embargo, no solían viajar hasta allí con frecuencia, ya que el trayecto tomaba al menos tres o cuatro días.

Las mujeres hacían todo lo posible por ayudar: limpiaban la frente de la joven, le ofrecían palabras de aliento y trataban de apoyarla con los escasos conocimientos que tenían. Sin embargo, el miedo a lastimar al bebé o a la muchacha les impedía hacer más. Ninguna quería cargar con la responsabilidad de la muerte de alguno de los dos.

Los hombres permanecían cerca de la puerta, discutiendo entre ellos como si las palabras pudieran resolver algo.

Un anciano golpeó el suelo con su bastón.

—¡Silencio!

Los presentes callaron de inmediato.

—¿Van a quedarse ahí mientras discuten y ellas mueren?

—¿Y qué podemos hacer? —replicó uno de los hombres con evidente molestia—. Bruno ya salió en su caballo a buscar ayuda. No nos queda más que esperar. Nosotros, como hombres, no podemos hacer nada; deja que las mujeres se encarguen de ella.

Varias personas intercambiaron miradas incómodas.

El anciano los observó en silencio. Sabía que era imposible que la pobre muchacha sobreviviera hasta el amanecer. El camino hasta la ciudad era largo y difícil, y aun si Bruno lograba llegar a tiempo, era poco probable que una partera o un sanador aceptaran viajar hasta una aldea tan apartada.

—Que Luminis la ampare... —murmuró el anciano, mientras los gritos de dolor de la joven resonaban por toda la casa.

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Bruno cabalgaba con todas sus fuerzas. Su amada hermana estaba en peligro y esperaba, con todo su corazón, encontrar a su cuñado en el camino acompañado de una partera o, al menos, de una sanadora en entrenamiento. Sabía que el dinero que habían logrado ahorrar no sería suficiente para contratar a una sanadora graduada, por lo que se conformaría con cualquier ayuda. Lo único que quería era que su hermana estuviera bien.

Tras recorrer el camino a toda velocidad durante unos veinte o treinta minutos desde que salió del pueblo, logró divisar una figura caminando bajo la lluvia. Sorprendido, tiró de las riendas y detuvo a su caballo. Por un instante pensó que podría tratarse de su cuñado, pero al acercarse se dio cuenta de que era un joven viajero. Apenas podía distinguir sus facciones entre la cortina de agua. Era alto y estaba acompañado por un animal que no logró identificar.

—Disculpa, viajero. ¿Puedo hacerte una pregunta? —declaró el muchacho con evidente prisa—. ¿Has visto a alguna otra persona mientras venías hacia aquí? Un hombre acompañado de una partera o una sanadora, quizá.

Observó con ansiedad al joven que tenía delante. Este levantó la mirada hacia él, pero la lluvia y la escasa luz le impidieron distinguir bien su rostro.

—Me temo que no he visto a nadie en el camino —respondió con suavidad—. Pero si necesitas ayuda con alguien enfermo, puedo intentar ayudar a cambio de comida y alojamiento.

Bruno se quedó en blanco. Temía escuchar esa respuesta. Era posible que su cuñado ni siquiera hubiera salido aún de la ciudad, confiado en que su hermana todavía tenía tiempo antes de dar a luz.

—Me temo que no puedes ayudarme —indicó Bruno con gran pesar—. Mi hermana está en labor de parto. Eres un hombre, no puedes atenderla.

—Sí puedo. Tengo los conocimientos y la experiencia necesarios. La verdadera cuestión es si vas a permitir que un hombre la salve o si la dejarás morir mientras esperas a una partera —concluyó el joven.

Bruno se quedó confundido. No sabía qué hacer. Su hermana estaba muriendo y la decisión recaía sobre él.

—Está bien. Por favor, ven conmigo.

Extendió una mano para ayudarlo a subir al caballo. El joven no dudó y montó rápidamente detrás de él.

La criatura que lo acompañaba corrió tras ellos durante todo el trayecto. Sin embargo, al llegar a la entrada del pueblo, disminuyó la velocidad y se detuvo, perdiéndose de vista.

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—¡Bruno regresó! —escuchó gritar a alguien.

Rápidamente detuvo el caballo frente al grupo de personas que lo esperaba con ansiedad.

Al ver a quien lo acompañaba, todos quedaron confundidos.

—¿Quién es él? —preguntó el anciano del pueblo.

Aquel anciano era respetado por todos. En su juventud había sido un poderoso alfa que, junto con su familia, fundó la aldea. Con el paso de los años, casi todos los habitantes del pueblo habían terminado emparentados de una forma u otra, por lo que su palabra seguía teniendo un enorme peso entre ellos.

—Es un sanador. Va a ayudar a Bria —dijo rápidamente Bruno mientras descendía del caballo—. ¡Rápido, déjenlo pasar!



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En el texto hay: romance lento, omegavers bl

Editado: 18.06.2026

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