Radix

CAPITULO 3

Las lágrimas descendían libremente por su rostro mientras intentaba cubrirse la cara con ambas manos.

—Gracias... gracias...-No sabía qué más decir-Toda la tensión acumulada durante aquellas horas se derrumbó de golpe.

El anciano Grill observó al joven en silencio. Había esperado encontrar arrogancia en él, y después de ver a un sanador tan capaz no pudo evitar sentir miedo. Si solicitaba un pago exorbitante, ¿qué podrían hacer un grupo de simples aldeanos como ellos? A lo largo de su vida había conocido nobles, sanadores y comerciantes, personas que solo buscaban sacar provecho de los más débiles. Precisamente por eso había decidido alejarse de la ciudad muchos años atrás. Nunca imaginó que su familia crecería tanto ni que aquella pequeña aldea terminaría convirtiéndose en el hogar de tantas generaciones.

Sin embargo, las cosas ya se habían dado de esa manera y ahora tenía la responsabilidad de velar por todos ellos. Por eso, mientras observaba al extraño sanador, solo podía esperar y escuchar cuáles serían sus exigencias.

—¿Ambos sobrevivieron? —preguntó finalmente alguien que el anciano no logro distinguir.

—Sí —respondió Thalorin—. La madre está cansada, pero se recuperará. El niño también se encuentra bien.

Un murmullo recorrió a los aldeanos, algunos comenzaron a agradecer a Luminis, otros simplemente respiraron aliviados.

Una mujer incluso comenzó a llorar.

No todos los días se veía regresar a una madre y a un bebé de una situación así, ya la mayoría daba por perdida al menos una vida

—Le agradecemos su labor gran sanador, estamos en deuda con usted—dijo Grill tras un momento-Thalorin inclinó ligeramente la cabeza—Solo hice lo que debía-La respuesta dejó al anciano sin palabras, la mayoría de los sanadores que había conocido aprovechaban cualquier oportunidad para recordar a los demás lo importantes que eran, aquel joven parecía completamente indiferente a los elogios.

—¿Dónde puedo lavarme las manos? —preguntó Thalorin- La pregunta tomó a todos por sorpresa—Eh... espere aquí por favor, enseguida le traeremos agua para que se limpie—respondió una mujer- se dieron cuenta que estaban siendo groseros, la mayoría de los sanadores no tocaban a sus pacientes y este joven estaba manchado de sangre, debían apurarse y no molestarlo.

—Muy bien —dijo el anciano Grill—. Vayan todos a descansar. Regresen a sus casas. Bria y el bebé necesitan tranquilidad; podrán visitarlos mañana si así lo desean.

Al escuchar aquellas palabras, los aldeanos comenzaron a dispersarse poco a poco. La mayoría comprendía perfectamente que Grill deseaba hablar con el joven a solas. Bruno, sin embargo, no quería marcharse. Todavía necesitaba agradecerle adecuadamente y ni siquiera le había pagado por salvar la vida de su hermana y de su sobrino.

Las mujeres dejaron una tina con agua tibia para Thalorin y, tras dedicarle una última mirada curiosa, se retiraron también.

—Por favor, entra a limpiarte —dijo Grill mientras señalaba una habitación de la casa.

Mientras caminaba hacia ella, varios aldeanos no pudieron evitar observarlo con más atención. Ahora que se encontraba bajo la luz de las lámparas podían verlo mejor. Era joven, mucho más joven de lo que habían imaginado. Su largo cabello estaba húmedo por la lluvia y sus ropas, aunque sencillas, parecían de buena calidad. No se veía como un campesino. Tampoco como un mercenario. Y definitivamente no parecía un sanador común.

—¿De dónde viene? —susurró alguien.

—No lo sé.

—Nunca había visto a un hombre asistir un parto.

—Ni yo.

—Y menos uno tan joven.

Las conversaciones continuaron en voz baja mientras los aldeanos se alejaban hacia sus hogares.

Entretanto, Bruno se acercó al anciano Grill y habló casi en un susurro para que nadie más pudiera escucharlo.

—Abuelo... debemos darle algo.

—Por supuesto que debemos darle algo —respondió el viejo—. La pregunta es qué.

Bruno bajó la mirada. Sabía perfectamente que la aldea era pobre, muy pobre. Entre todos apenas podrían reunir unas pocas monedas, y aquel joven acababa de salvar dos vidas.

En ese momento la puerta volvió a abrirse.

Thalorin salió después de haberse aseado lo mejor que pudo.

—Disculpen —dijo con tranquilidad—. ¿Podrían indicarme dónde puedo pasar la noche?

—Oh, sí, sí, mi señor. Pero antes, si así lo desea, podría decirnos cuánto debemos por su ayuda —habló Grill mientras inclinaba la cabeza. Detrás de él, Bruno hizo lo mismo.

—Ya le había comentado a Bruno cuál sería mi pago. Quisiera un lugar donde dormir junto a mi compañero y algo de comida, si es posible —respondió Thalorin mientras observaba a ambos.

—¿Eso es todo lo que quieres? —preguntó Grill, incapaz de ocultar su sorpresa.

No podía creerlo.

Bruno también se mostró sorprendido. No había pensado que aquel sanador realmente cumpliría con lo que habían acordado en medio de la desesperación. Por un momento no supo qué decir.

—Comida, un lugar seco donde dormir y algo para mi compañero —repitió Thalorin mientras señalaba hacia la entrada del pueblo—. Mi compañero de viaje no es precisamente común, por lo que decidió esperar fuera de la aldea para evitar causar preocupación.

—No es necesario que espere afuera —respondió Grill apresuradamente—. Puede entrar. Con gusto los alojaremos. Pueden quedarse en mi casa; solo vivimos mi esposa y yo. Espero que me perdone por ofrecer tan poco.

—No se preocupe. Agradezco su hospitalidad.

—Entonces vamos —dijo el anciano.

Grill comenzó a guiarlo por la aldea hacia una casa situada a poca distancia, algo más grande que las demás. Sin embargo, antes de que avanzaran demasiado, una enorme silueta apareció bajo la lluvia.

La criatura permanecía sentada en silencio, observando la aldea con absoluta tranquilidad.

Thalorin se adelantó unos pasos para acercarse a ella.

—Este es mi compañero, Geb.



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En el texto hay: romance lento, omegavers bl

Editado: 18.06.2026

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