La tormenta continuó durante gran parte de la noche.
Cuando Grill abrió la puerta de su hogar, una ráfaga de aire frío se coló en el interior. La casa era sencilla, construida principalmente de madera y piedra. No era grande, pero sí acogedora.
—Martha, tenemos invitados —anunció el anciano mientras se sacudía la lluvia de los hombros.
Una mujer de cabello completamente blanco levantó la vista desde la cocina.
—¿Invitados a estas horas?
Su mirada se dirigió hacia Thalorin y luego hacia la enorme criatura que esperaba detrás de él.
Durante unos segundos nadie habló.
—Por Luminis...
—Eso mismo dije yo —respondió Grill.
La anciana observó a Geb con cierta desconfianza.
—No se preocupe —intervino Thalorin—. No entrará a la casa.
Como si entendiera aquellas palabras, el ligre se acomodó bajo el pequeño corredor de la entrada de la vivienda.
Martha pareció relajarse.
Thalorin sacó un trozo de carne de su bolsa, comprendía que una pareja de ancianos quizá no tuviera mucho que ofrecer, especialmente para Geb.
—Por favor, ¿podría asar esta carne?
La anciana miró a Grill en busca de aprobación. Al verlo asentir, tomó la carne y fue a cocinarla sobre el fuego.
Mientras tanto, Grill acomodó al joven en la pequeña mesa. Luego sirvió agua en un cuenco para Geb y otro poco para Thalorin.
La mujer comenzó a servir la comida. Gracias a la carne, la cena ya no parecía tan escasa. Bruno le había dado algo de pan a Grill para que pudiera atender adecuadamente al invitado, pues el anciano le había pedido que permaneciera junto a su hermana. Aun así, la comida seguía siendo sencilla: una sopa espesa de raíces, pan duro y, gracias a Thalorin, carne fresca.
Thalorin sirvió la ración de Geb y tomó asiento.
Observó la mesa.
Luego observó la casa.
Después observó la ropa remendada de los ancianos.
Y finalmente comprendió algo.
Aquella aldea era mucho más pobre de lo que había imaginado.
—Lo siento —dijo Martha mientras colocaba un plato frente a él—. No solemos recibir visitas.
—Es más que suficiente.
Y lo decía en serio. Durante los últimos años había comido cosas mucho peores.
Durante varios minutos los tres permanecieron en silencio. Los ancianos no querían incomodar al sanador.
—No es necesario que estén tan preocupados —dijo finalmente Thalorin—. Pueden tratarme como a cualquier otra persona.
Fue Grill quien habló primero.
—Disculpa, es que nos resulta extraño. No es común que la gente venga por aquí. Si no es mucha intromisión, ¿podrías decirnos de dónde vienes?
—De muchos lugares —respondió Thalorin—. Soy un viajero vengo de un pequeño pueblo de Morvhal.
—Estás muy lejos de tu hogar. ¿Qué te trae hasta Valdoren?
—Estoy de paso, como vieron, soy médico, pero aún tengo dificultades para controlar mi maná. Me dirijo a Elarion porque quiero encontrar un maestro que me ayude a aprender un poco más, estoy interesado en la sanación y tengo algunos métodos propios, pero todavía me falta mucho por aprender. En mi camino me contaron que en Elarion estudian algunos de los mejores sanadores del reino, así que decidí dirigirme hacia allá.
—Es sorprendente, cuando te vi, pensé que eras un noble o algo así —comentó Grill.
—Oh, no. Ni siquiera conozco a mis padres-Dijo Thalorin a la ligera.
Al escuchar esto Martha observó al joven con compasión, no parecía tener más de catorce o quince años. A pesar de ser alto, su rostro, incluso con el parche que cubría parte de su ojo izquierdo, conservaba rasgos claramente juveniles.
La conversación continuó poco a poco, hablaron de caminos, comerciantes, ciudades y cosechas. Grill pronto se dio cuenta de que era fácil hablar con aquel joven. A pesar de parecer distante en ocasiones, se mostraba dispuesto a compartir sus conocimientos y responder cualquier pregunta que le hicieran.
—Bueno, quizá sea mejor ir a dormir. Debes estar cansado —dijo Grill mientras se levantaba de la mesa—. Puedes dormir en esta habitación.
Señaló una puerta cubierta por una cortina.
—Mis hijos dormían ahí cuando eran pequeños, pero ya son independientes y construyeron sus propias casas.
Thalorin agradeció el gesto. Entró en la habitación y observó el lugar. Era sencilla, apenas una cama hecha de madera y paja cubierta con varias mantas gastadas, pero limpias.
Para alguien acostumbrado a dormir a la intemperie o bajo refugios improvisados, aquello era más que suficiente.
El cansancio acumulado durante el viaje y los acontecimientos del día terminó por vencerlo rápidamente.
Aquella noche, Thalorin durmió profundamente.
A la mañana siguiente
Thalorin despertó antes del amanecer era una costumbre que había adquirido durante sus años de viaje. Permaneció unos segundos observando el techo de Al salir de la habitación encontró a Martha ya despierta.
La anciana avivaba el fuego mientras calentaba agua para el desayuno.
—Buenos días —saludó Thalorin.
Martha pareció sorprendida.
—Eres madrugador.
—El camino no suele permitir dormir hasta tarde —respondió Thalorin mientras buscaba a Geb con la mirada. Al no verlo, supuso que había salido a cazar.
En ese momento apareció Grill. El anciano saludó al joven y lo invitó a tomar asiento junto al fuego mientras Martha les servía una sencilla sopa caliente.
Cuando terminaron de comer, Thalorin salió al exterior. La luz del amanecer comenzaba a iluminar la aldea y ahora podía verla con claridad.
Y cuanto más observaba, más problemas encontraba.
Aunque era una aldea relativamente pequeña, le sorprendía la cantidad de habitantes. Había muchos niños y también una cantidad inusual de omegas. Sin embargo, comprendía el motivo.
La noche anterior Grill le había contado parte de la historia del lugar.
Muchos años atrás, el señor de aquellas tierras le debía un favor por haber salvado la vida de uno de sus hijos, como recompensa, Grill había recibido el derecho de establecerse en aquella región apartada.