Radix

CAPITULO 5

Actualidad.

El sonido de la porcelana rompiéndose resonó en toda la habitación.

Nadie se movió, nadie se atrevió a hacerlo.

El joven de cabello oscuro respiraba agitadamente mientras observaba los fragmentos esparcidos sobre el suelo, el sirviente que había dejado caer la bandeja permanecía arrodillado, temblando.

—Fuera.

La orden fue pronunciada con voz baja.

—P-Príncipe... perdóneme, se me ordeno traer supresores…

—FUERAA...- grito molesto el príncipe- al sentir la supresión de feromonas dominantes el sirviente, que resulto ser un beta salió casi corriendo, a pesar de no percibir las feromonas como un alfa o omega pudo sentir una presión que le puso los pelos de punta, al salir la puerta se cerró. Y el silencio regresó.

Solo entonces el príncipe permitió que sus hombros cayeran.

Estaba cansado, odiaba con toda su alma sentirse así, odiaba lo que estaba ocurriendo, Sobre todo porque apenas unas semanas atrás todo era diferente.

Hasta entonces había sido el heredero perfecto, el futuro rey, el orgullo de Eldoria, el hijo mayor del rey, el príncipe que algún día gobernaría Gaelar.

Pero ahora...ahora los rumores recorrían el palacio como una plaga, los sirvientes susurraban, los nobles observaban, los consejeros discutían.

Y todos repetían la misma palabra.

Omega.

Omega.

Omega.

Omega.

Como si aquella palabra hubiera borrado de un golpe todos los años de esfuerzo de su vida.

Preparado para convertirse en rey.

Ahora ya no estaba seguro de cuál sería su destino.

Si tuviera que competir contra sus primos, estaba convencido de que podría derrotarlos a todos.

El problema era otro.

Su medio hermano.

Su mandíbula se tensó al pensar en él.

Si no fuera por ese maldito bastardo, no tendría competencia alguna.

—Maldita la hora en que apareciste... —murmuró entre dientes, incapaz de contener la furia.

Mientras el príncipe caminaba por los pasillos del Palacio de Aurelia, un sentimiento de incertidumbre cubría su mente.

Los corredores eran amplios y elegantes. Altas columnas de mármol blanco sostenían techos decorados con relieves dorados que narraban la historia de Eldoria. Entre las columnas, grandes ventanales permitían la entrada de la luz del sol, que se reflejaba sobre los pisos pulidos de piedra clara. A intervalos regulares, lámparas alimentadas por piedras mágicas iluminaban los pasillos con una luz suave y cálida, mientras estandartes con el emblema de la familia real colgaban de las paredes.

Era un lugar diseñado para transmitir poder.

Para recordar a cualquiera que cruzara aquellos corredores quién gobernaba Gaelar.

Sin embargo, Taurin apenas prestaba atención a la belleza que lo rodeaba.

Para ese momento, el Consejo Real ya debía haberse reunido. Quizá no todos estuvieran presentes físicamente, pero sin duda ya habrían solicitado una comunicación a distancia mediante los espejos de transmisión.

Debo hablar con mi padre.

Necesito conocer mis posibilidades.

Necesito saber qué ocurrirá conmigo.

Al llegar a las puertas de una de las oficinas privadas del rey, dos guardias cruzaron sus lanzas frente a él.

—Príncipe Taurin, Su Majestad no desea ser molestado en este momento. Por favor, regrese más tarde.

Taurin apretó la mandíbula.

Sabía que aquello ocurriría.

En realidad, su padre estaba haciendo lo correcto.

Como rey, no debía permitir que las emociones personales ni las presiones de la corte influyeran en un asunto tan importante como la sucesión.

Pero aun así...

No podía quedarse de brazos cruzados.

Necesitaba respuestas.

—Necesito hablar con mi padre. Es urgente —declaró con firmeza.

Tengo que mantenerme firme.

Los guardias no se movieron.

—No es posible, Alteza.

Ambos ajustaron el agarre sobre sus lanzas y cubrieron completamente el acceso.

La frustración de Taurin aumentó.

Sin darse cuenta, parte de sus feromonas escapó al ambiente.

La presión invisible se extendió por el corredor.

Los guardias se tensaron de inmediato.

Incluso siendo alfas entrenados, podían sentir la fuerza de aquellas feromonas dominantes.

Aquello solo consiguió irritarlo más.

Odiaba perder el control.

Odiaba que su cuerpo comenzara a actuar por su cuenta.

Odiaba recordar constantemente lo que había descubierto hacía apenas unas semanas.

—Déjenme pasar —dijo en un tono más frío que antes.

Por un instante pareció que la situación iba a empeorar.

Entonces una voz resonó desde el interior del despacho.

—Déjenlo entrar.

Los guardias reaccionaron de inmediato.

—Sí, Su Majestad.

Las lanzas se apartaron y las enormes puertas se abrieron.

Taurin respiró profundamente una vez antes de recuperar la compostura.

Luego cruzó el umbral con paso firme.

Había esperado aquel momento durante días.

Al entrar, Taurin encontró al rey de Eldoria sentado tras un amplio escritorio cubierto de documentos.

Las primeras canas ya dominaban su cabello, aunque aún conservaba algunos mechones oscuros cerca de las sienes. A simple vista era evidente que se trataba de un hombre de edad avanzada, sin embargo, no se veía débil ni marchito. La abundancia de maná que rodeaba el Palacio de Aurelia había ralentizado el paso del tiempo sobre su cuerpo.

Su espalda seguía recta.

Su mirada permanecía firme.

Y la presencia que emanaba era la de un hombre acostumbrado a gobernar.

Durante décadas.

Quizá demasiado tiempo.

—Padre, gracias por permitirme visitarte —dijo Taurin mientras realizaba una leve reverencia.

—Taurin, entiendo por qué has venido —respondió Vaelor sin levantar inmediatamente la vista de los documentos que revisaba.

Finalmente dejó la pluma sobre la mesa y observó a su hijo.

—Sabes que no tengo el control absoluto sobre esta situación. Aunque quisiera apoyarte, me encuentro en una posición difícil.



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En el texto hay: romance lento, omegavers bl

Editado: 18.06.2026

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