En menos de una semana las costas del Imperio de Valaris aparecieron en el horizonte. Incluso desde la distancia podían verse las enormes estructuras portuarias construidas para manejar el constante flujo comercial imperial. Decenas de barcos entraban y salían diariamente, aunque Thalorin notó de inmediato algo extraño. Había menos movimiento del que esperaba. Seguía siendo un puerto enorme, mucho más grande que cualquiera de Gaelar, pero se sentía... contenido. Como si una parte importante de su actividad hubiera desaparecido.
El desembarco fue sencillo. Después de todo, los cargamentos eran esperados. Taurin había solicitado sanadores, alquimistas, suministros médicos y provisiones hacía semanas, por lo que nadie cuestionó demasiado la llegada de los convoyes. Los funcionarios imperiales parecían más preocupados por organizar la descarga lo más rápido posible que por revisar cada documento.
Thalorin observó en silencio mientras cientos de cajas eran trasladadas desde los barcos hacia los almacenes del puerto, medicamentos, hierbas alquímicas, instrumental médico, supresores, conservantes, alimentos secos. Todo aquello desaparecería rápidamente si los informes que habían recibido eran ciertos.
—Están más desesperados de lo que quieren admitir —comentó mientras observaba a varios supervisores discutir por el orden de descarga.
Geb, que caminaba a su lado con apariencia de cachorro, levantó una oreja—Yo también lo noté.
Nadie los molestó. La mayoría asumía que Geb era algún tipo de mascota exótica perteneciente a un noble extranjero. Una idea que divertía enormemente al ligre.
—Estoy seguro de que Taurin estará esperando a los nuevos sanadores —dijo Thalorin mientras avanzaban entre los muelles—. Está llegando el momento en que nos reuniremos-Geb soltó un resoplido—Seguramente no estará feliz.
Aquello hizo sonreír a Thalorin—Probablemente no—Pues qué nos importa si está feliz ese principito quejoso-Dijo Geb-El comentario fue tan inmediato y tan sincero que Thalorin no pudo contenerse—¡JAJAJAJA! - Varias personas voltearon a verlo sorprendidas. Este grupo nunca lo había visto reír, a pesar de haber estado ya varios días en el mismo barco, el escucharlo tan despreocupado los sorprendió un poco.
—De verdad no sé qué haría contigo, Geb-Dijo Thalorin—Morirte de aburrimiento seguramente.
—Eso también es cierto- Concluyo mientras acariciaba al felino-El ligre agitó la cola con evidente satisfacción.
—Además, alguien tiene que decir la verdad—¿Y cuál es la verdad? —Que tu hermano es insoportable.
Aquello provocó otra carcajada.
La realidad era que apenas conocía a Taurin. Habían coincidido quizá una o dos veces en toda su vida. Sin embargo, cada encuentro había sido suficiente para comprender ciertas cosas sobre él. Era inteligente, trabajador y extraordinariamente competente.
Mientras abandonaban el puerto, Thalorin observó la ciudad que se extendía frente a ellos. A primera vista todo parecía normal, comerciantes caminando por las calles, carruajes circulando, personas trabajando.
Pero cuanto más observaba, más detalles extraños encontraba, demasiados guardias, demasiados rostros cansados.
Y sobre todo...demasiada gente usando bloqueadores de aroma.
Aquello hizo que su expresión se volviera más seria, quizá los informes se habían quedado cortos.
—¿Qué pasa? -pregunto Geb-Thalorin observó a una pareja salir de una botica con varias cajas de supresores entre los brazos.
—Nada, subamos a los carruajes.
Thalorin lideraba la pequeña comitiva que había sido autorizada para avanzar hacia el interior del Imperio. Aunque la mayor parte de los sanadores y alquimistas permanecerían temporalmente en centros de recepción y residencias asignadas por las autoridades imperiales, él y un grupo reducido de especialistas viajarían directamente hacia la residencia del emperador y el centro de coordinación de la crisis. A medida que los carruajes abandonaban el puerto y se internaban en Valaris, Thalorin comenzó a prestar atención a todo lo que los rodeaba.
El Imperio era impresionante, incluso para alguien que había recorrido buena parte del continente.
Las carreteras estaban pavimentadas con piedra cuidadosamente colocada y eran lo suficientemente amplias para que varios carruajes circularan en ambas direcciones. A intervalos regulares aparecían puestos de vigilancia, estaciones de descanso y pequeños pueblos construidos alrededor de rutas comerciales. Era evidente que enormes cantidades de recursos se destinaban al mantenimiento de la infraestructura.
Las ciudades que atravesaron durante el primer día también eran distintas a las de Gaelar, más grandes, más densamente pobladas.
En una misma calle podían verse personas procedentes de distintas provincias imperiales, comerciantes extranjeros, viajeros, soldados y funcionarios. Los estilos de ropa cambiaban constantemente dependiendo del origen de cada persona. Algunos utilizaban telas pesadas provenientes de las regiones montañosas del norte, mientras otros vestían prendas ligeras llegadas desde las cálidas tierras del sur.
Valaris realmente se sentía como un imperio, un lugar donde innumerables pueblos distintos convivían bajo una misma bandera. Sin embargo, cuanto más observaba, más difícil le resultaba ignorar la tensión que se ocultaba bajo aquella apariencia de normalidad. Las boticas permanecían llenas, los sanadores parecían trabajar sin descanso.
Muchas personas llevaban pequeños amuletos aromáticos o bloqueadores de olor sujetos a sus ropas. Y los guardias eran mucho más numerosos de lo que cabría esperar en tiempos de paz.
Pero lo que más llamó la atención de Thalorin no fue ninguna de esas cosas.
Fue el maná, al principio apenas lo notó, se podría pensar que es una ligera incomodidad, una sensación extraña en el ambiente. Sin embargo, conforme avanzaban hacia el interior del Imperio, aquella sensación se volvió cada vez más evidente.