Cuando finalmente regresó a la habitación que le habían asignado, Thalorin encontró una montaña de documentos esperándolo. Al parecer, Dravenor había cumplido su palabra con rapidez. Sobre la mesa descansaban informes médicos, reportes militares, registros de suministros, cartas entre gobernadores provinciales y documentos que claramente nunca habían sido pensados para salir de los archivos imperiales. Durante varias horas se dedicó a leerlos acompañado únicamente por Geb, quien permanecía recostado cerca de una ventana observando el exterior.
Mientras avanzaba entre páginas y más páginas, la imagen general comenzó a tomar forma en su mente, la situación era grave, mucho más grave de lo que habían admitido públicamente.
Pero también era diferente a lo que había imaginado, al principio había supuesto que Taurin y Dravenor simplemente habían sido incompetentes. Después de todo, los informes enviados a Gaelar estaban incompletos y muchos de los problemas actuales parecían consecuencia de decisiones tardías. Sin embargo, conforme continuó leyendo, aquella impresión comenzó a cambiar.
Habían cometido errores, muchos errores, pero también habían tomado algunas decisiones correctas.
El cierre de fronteras, por ejemplo, había sido una medida necesaria, aunque llegó demasiado tarde para evitar que la enfermedad se propagara dentro del Imperio. También habían restringido el movimiento entre provincias, establecido zonas de cuarentena, intentado controlar los focos más graves mediante la intervención del ejército.
El problema era que estaban intentando combatir una crisis médica como si fuera una rebelión, la mayoría de sus recursos se habían destinado a mantener el orden, controlar el flujo de mercancías y evitar disturbios. Habían movilizado soldados más rápido que sanadores, habían levantado puestos de control antes que hospitales, habían tratado de contener una enfermedad utilizando herramientas diseñadas para contener personas.
Y aquello jamás funcionaba Thalorin apoyó la cabeza sobre una mano mientras continuaba leyendo.
Tampoco ayudaba que gran parte de la nobleza hubiera intentado proteger sus propios intereses, varios informes mencionaban retrasos en el cierre de puertos, mercados y rutas comerciales debido a presiones económicas. Algunos gobernadores se negaron a reconocer la gravedad de la situación hasta que la enfermedad alcanzó directamente a sus ciudades. Otros ocultaron cifras por miedo a perder influencia política.
Orgullo.
Codicia.
Miedo.
Las mismas estupideces que aparecían en cada crisis importante de la historia.
—Los nobles siguen siendo nobles sin importar el continente —murmuró.
—¿Descubriste algo importante? —preguntó Geb—Solo que la gente continúa tomando malas decisiones cuando entra en pánico.
Lo que más le preocupaba era otra cosa, la burocracia.
Valaris era un imperio enorme, impresionantemente organizado en tiempos normales. Sin embargo, precisamente por esa razón estaba sufriendo ahora, cada decisión importante debía atravesar múltiples niveles administrativos antes de ejecutarse. Los gobernadores esperaban instrucciones de los ministros, los ministros esperaban aprobación de la corte y los oficiales esperaban órdenes de sus superiores.
Y mientras todos esperaban...la enfermedad avanzaba.
No era extraño que Taurin hubiera terminado solicitando ayuda a Gaelar, simplemente ya no tenían suficientes manos.
Cuando terminó de leer el último informe ya era entrada la tarde y decidió salir a caminar un poco para despejar la mente.
El palacio resultó diferente a como lo había imaginado. A simple vista seguía siendo impresionante, sus largos corredores decorados con mosaicos inspirados en la arquitectura ancestral de Aurel brillaban bajo la luz que atravesaba los grandes ventanales, los patios interiores, aunque ahora casi totalmente secos, las fuentes y las columnas talladas seguían transmitiendo la imagen de riqueza y poder propia de una familia imperial.
Sin embargo, bastaban unos minutos para notar que algo no estaba bien, había muy poco personal. Los sirvientes caminaban más despacio de lo normal. Algunos mostraban ojeras evidentes, otros parecían agotados incluso realizando tareas sencillas, varias veces observó empleados detenerse discretamente para recuperar el aliento antes de continuar.
Mientras recorría los pasillos comenzó a detectar pequeñas barreras mágicas distribuidas por distintos sectores del palacio. Algunas estaban ocultas en lámparas encantadas, otras parecían integradas en la arquitectura misma.
Interesante-Pensó Thalorin- mientras se detenía frente a una de ellas para examinarla.
Era una barrera de contención, probablemente diseñada para reducir la concentración de maná contaminado dentro de ciertas áreas, la idea era correcta, la ejecución no tanto.
—Son débiles —comentó Geb—Y demasiado pequeñas.
Thalorin apoyó una mano sobre uno de los pilares cercanos, las barreras estaban funcionando, pero apenas, reducían parte de la presión ambiental sin eliminar realmente el problema. Eran una solución temporal creada para ganar tiempo.
Nadie estaba realmente protegido, ni siquiera dentro del palacio, su mirada recorrió los techos abovedados, los jardines interiores y las enormes estructuras que componían la residencia imperial.
Entonces una idea comenzó a tomar forma, si lograba crear una barrera a gran escala capaz de envolver todo el palacio, podría reducir significativamente la presión del maná contaminado, no resolvería la enfermedad, tampoco curaría a los infectados. Pero ofrecería algo que nadie había conseguido hasta ahora.
Un entorno relativamente seguro, un refugio, un lugar donde los sanadores pudieran trabajar sin empeorar su condición día tras día.
Y si funcionaba...podría replicarse en hospitales, ciudades y otros puntos estratégicos del Imperio.
Una prueba piloto, nada más, pero era un comienzo.