Dravenor permaneció varios minutos observando la barrera que cubría el palacio, la presión del maná había disminuido.
Los sanadores hablaban entre ellos con emoción contenida, los guardias parecían menos tensos, incluso algunos sirvientes habían comenzado a sonreír por primera vez en semanas.
Y todo aquello había sido obra de una sola persona, aquello era precisamente lo que lo inquietaba. Durante años había aprendido a identificar amenazas, había sido educado para gobernar un imperio donde las conspiraciones eran tan comunes como las estaciones del año.
Pero Thalorin no encajaba en ninguno de los patrones que conocía, no parecía interesado en prestigio, no parecía interesado en riqueza, ni siquiera parecía interesado en la autoridad que acababa de obtener y eso lo volvía mucho más difícil de entender.
Dravenor observó el gigantesco árbol que se elevaba sobre los jardines y pensó-si la facción opositora descubría lo que aquel hombre era capaz de hacer, intentarían acercarse a él, intentarían utilizarlo y si eso ocurría, el equilibrio político del Imperio podría romperse por completo.
Necesitaba mantenerlo cerca, necesitaba entenderlo y, sobre todo, necesitaba asegurarse de que estuviera de su lado.
Por un momento una idea absurda cruzó su mente.
Taurin.
Un matrimonio político entre ambos reinos fortalecería la alianza y, de alguna forma, también crearía un vínculo con Thalorin, pero la idea murió casi tan rápido como apareció. La relación de esos hermanos parecía tensa, el acercarse a Taurin de esa manera no creía que le beneficiara tanto con Thalorin.
Además...Dravenor no tenía ningún interés romántico en el príncipe de Gaelar-sacudió ligeramente la cabeza-Definitivamente necesitaba descansar más- pensó, estaba empezando a pensar tonterías.
Mientras tanto, el principal responsable de todos sus nuevos dolores de cabeza aprovechaba que la atención de todos estaba puesta en la barrera para escabullirse discretamente.
—Nos estamos escapando —dijo Geb con evidente satisfacción—No nos estamos escapando- dijo Thalorin mientras se escabullía con rapidez.
—Claro que sí- Dijo Geb, mientras corría con Thalorin—Solo voy a comer- Dijo Thalorin defendiéndose—Nos estamos escapando para comer, entiendo-Dijo Geb con burla.
Thalorin decidió no responder-la verdad era que, después de horas utilizando magia sin descanso, tenía hambre, mucha hambre.
Y no tenía ninguna intención de quedarse escuchando a esta gente discutir sobre algo que ya estaba hecho, mientras recorría una zona menos transitada de los jardines, una voz llamó su atención.
—¡Dante, espera!
Thalorin giró la cabeza al escuchar la voz y vio a dos pequeños aparecer corriendo entre unos arbustos.
Un niño y una niña. Ambos parecían tener unos seis o siete años.
La niña llevaba el cabello oscuro recogido en dos pequeñas trenzas mientras perseguía al niño, que corría sujetándose una rodilla.
—Te dije que no saltaras desde ahí —protestó ella.
—No fue tan alto —contestó el pequeño.
—Sí fue alto.
—No fue tan alto.
—Sí fue alto.
Y continuaron discutiendo.
Thalorin observó la escena durante varios segundos antes de acercarse—Yo diría que sí fue bastante alto —intervino con una pequeña sonrisa.
Los dos niños se quedaron inmóviles, sus ojos se abrieron de par en par mientras lo observaban en silencio.
Thalorin estaba acostumbrado a esa reacción. Su apariencia llamaba bastante la atención. El cabello negro, la cicatriz, el parche y sus rasgos poco comunes solían despertar curiosidad incluso en los adultos.
Los niños eran todavía peores.
—Eres muy guapo —declaró la niña con total sinceridad.
El silencio fue absoluto, Geb soltó una carcajada mental, Thalorin, al escuchar aquello, sonrió divertido.
—Gracias, señorita. Tú eres muy linda también.
—¿Eres un príncipe? —preguntó el niño.
—A veces —respondió Thalorin divertido—¿Qué significa eso? —cuestionó el pequeño, confundido—Que depende de a quién le preguntes —contestó suavemente—. Si ustedes quieren, puedo ser un príncipe. Si no, puedo ser un mago.
Entonces su mirada descendió hasta la rodilla del niño.
Apoyó dos dedos cerca de la lesión y una suave luz verde apareció, el dolor desapareció casi de inmediato mientras la piel comenzaba a cerrarse lentamente.
El pequeño abrió los ojos con sorpresa.
—¡Woow! ¡Eres un príncipe mago!
—¡Un príncipe mago! —repitió Darya emocionada.
Thalorin dejó escapar una pequeña carcajada.
—Sí, puedo serlo si ustedes quieren-dijo divertido—¿Y cómo se llaman, pequeños?
Mientras hablaba, los ayudó a levantarse del suelo y les sacudió suavemente la ropa.
—Soy Darya —respondió orgullosa la niña—. Y él es mi hermano Dante.
—¿Y cuál es tu nombre, príncipe mago? —preguntó Dante.
—Mi nombre es Thalorin. Y este es mi amigo Geb —dijo mientras señalaba al enorme ligre detrás de él.
—¡Woow!
Los dos niños abrieron aún más los ojos al verlo.
—¡Es gigante! —exclamó Darya emocionada.
—¿Podemos tocarlo? —preguntó Dante.
—Claro —respondió Thalorin—. Pueden acercarse.
Geb permaneció inmóvil para no asustarlos, mostrándose completamente manso.
Los pequeños comenzaron acariciándolo con cuidado. Cuando vieron que el enorme felino lo permitía, reunieron más valor y terminaron abrazándolo.
Geb parecía ligeramente resignado.
Thalorin tuvo que contener una risa.
—Díganme, pequeños... ¿ustedes se escaparon?
Los dos intercambiaron una mirada culpable.
—Quizá... —respondió Darya.
Luego soltó un suspiro dramático.
—No nos dejan salir.
—Porque están preocupados por ustedes —dijo Thalorin con suavidad.
—Es aburrido —se quejó Dante.
—Lo sé.
El tono comprensivo de Thalorin hizo que ambos lo miraran con atención.
—Pero no pueden irse muy lejos ni por mucho tiempo. Sus padres estarán tristes si algo les pasa.