Durante varios segundos ninguno de los dos volvió a hablar.
—Gracias —murmuró Taurin finalmente.
Mientras tanto, al otro lado del pasillo, una pequeña criatura blanca caminaba tranquilamente explorando el palacio.
Geb había estado recorriendo los corredores desde hacía horas, originalmente había salido en busca de comida.
Luego se había distraído.
Después volvió a distraerse.
Y finalmente había terminado completamente perdido.
—Definitivamente este lugar es demasiado grande —murmuró para sí mismo. Fue entonces cuando percibió voces detrás de una puerta entreabierta, al principio no prestó demasiada atención.
Pero al reconocer una de ellas se detuvo.
Taurin.
Por simple curiosidad se acercó unos pasos, no tenía intención de espiar, al menos no al principio.
Pero entonces escuchó algo que llamó su atención.
—Vamos a apoyarte hasta el final. Y si algún día te cansas de tu reino y quieres desaparecer durante una temporada, estoy bastante seguro de que Dravenor... y yo... podremos encontrarte un lugar aquí.
Geb parpadeó.
Luego inclinó ligeramente la cabeza.
—Vaya...
Geb sintió una extraña incomodidad.
Durante el poco tiempo que había conocido a Taurin, lo había visto discutir con Thalorin, enfadarse, actuar con orgullo e incluso intentar intimidarlo con sus feromonas.
Nunca lo había imaginado diciendo algo así.
—Bueno... esto es incómodo...pensó Geb mientras movía las orejas nerviosamente.
Geb permaneció unos segundos más frente a la puerta antes de decidir que ya había escuchado suficiente.
Se alejó en silencio por el corredor, sus pequeñas patas apenas producían ruido sobre el suelo de mármol, continuó caminando por el palacio hasta regresar a las habitaciones que les habían asignado.
Cuando abrió la puerta encontró exactamente lo que esperaba, Thalorin estaba sentado junto a una mesa cubierta de informes.
Decenas de informes, quizá cientos.
Geb observó la escena durante varios segundos.
—¿Encontraste algo interesante mientras estabas explorando? -Pregunto Thalorin
Geb abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla, no estaba seguro de cuánto debía contar.
—Quizá.
Aquello fue suficiente para que Thalorin finalmente levantara la vista.
Thalorin escuchó atentamente todo lo que Geb tenía que decir. Al principio continuó revisando los informes mientras su compañero hablaba, pero poco a poco terminó dejando los documentos a un lado. Su expresión permaneció tranquila durante todo el relato, aunque por dentro no pudo evitar sentirse sorprendido.
Honestamente, no esperaba que Taurin estuviera tan afectado.
Sabía que su llegada había alterado el equilibrio de muchas cosas, desde el primer momento había comprendido que Taurin lo veía como una amenaza, y considerando las circunstancias, tampoco podía culparlo demasiado por ello. Sin embargo, nunca imaginó que la situación hubiera llegado a ese punto. En su mente, Taurin seguía siendo aquel príncipe orgulloso que había intentado desafiarlo en el despacho, el mismo que había preferido ocultar información antes que admitir que necesitaba ayuda. Le costaba relacionar esa imagen con el joven que Geb acababa de describir.
Cuando el ligre terminó de hablar, el silencio se instaló en la habitación.
Thalorin apoyó un codo sobre la mesa y permaneció varios minutos observando distraídamente los informes extendidos frente a él, poco a poco comenzó a repasar todo lo ocurrido desde su llegada al Imperio. Recordó la discusión en el despacho, las palabras que había utilizado, la presión que había ejercido deliberadamente sobre Taurin y la forma en que había expuesto cada uno de sus errores sin dejarle espacio para defenderse.
Y por primera vez desde entonces, se preguntó si había sido demasiado duro.
No porque creyera que estaba equivocado.
Seguía pensando que Taurin había cometido errores graves, errores que habían afectado a miles de personas y que, de no corregirse, podrían haber terminado costando incontables vidas. También seguía creyendo que alguien debía obligarlo a mirar de frente las consecuencias de sus decisiones. Un futuro rey no podía permitirse ignorar la realidad solo porque esta resultara dolorosa.
Pero una cosa era señalar un error, y otra muy distinta era olvidar que detrás de ese error existía una persona.
Taurin no era simplemente un príncipe.
Era un joven que había cargado durante meses con una crisis imposible. Un heredero intentando salvar el imperio mientras veía cómo todo se derrumbaba a su alrededor, un omega que había sufrido una segunda diferenciación en medio de una situación política extremadamente delicada, un hijo que intentaba cumplir las expectativas de sus padres mientras sentía que cada decisión que tomaba era insuficiente.
Thalorin dejó escapar un suspiro, tal vez había sido injusto, no en el significado de sus palabras, pero sí en la forma.
—No era mi intención romperlo —murmuró.
Geb levantó una oreja.
—Bueno... técnicamente ya estaba bastante roto.
—Geb.
—¿Qué? Solo digo que llegaste cuando la pared ya tenía grietas.
A pesar de todo, una pequeña sonrisa apareció en los labios de Thalorin.
—Supongo que tienes razón.
Sin embargo, aquello no cambiaba la situación.
Durante varios años había aprendido que la compasión y la responsabilidad rara vez caminaban de la mano, mucha gente confundía la bondad con la indulgencia, él no podía permitirse cometer ese error.
Porque al final del día, Taurin seguía siendo un futuro rey, y no tenían el lujo de equivocarse sin consecuencias a gran escala, cada decisión tomada desde un trono terminaba afectando a miles de personas inocentes, cada retraso, cada acto de orgullo, cada mala elección terminaba pagándose con vidas que jamás conocerán, esa era la realidad del poder, cruel, injusta, absoluta.