El golpe llegó antes que la voz. Kael sintió primero el impacto seco contra la boca del estómago, después el aire abandonándole los pulmones con una violencia humillante, y solo entonces escuchó el gruñido pastoso de su padre, cargado de alcohol, rabia y miseria. Su cuerpo chocó contra la pared descascarada del comedor, hizo vibrar un cuadro torcido y dejó caer al suelo una botella vacía que rodó hasta detenerse junto a sus botas gastadas.
Durante un segundo, todo fue blanco. No luz. No paz. Solo ese relámpago sucio que aparece detrás de los ojos cuando el dolor golpea demasiado rápido.
-Te dije que no me mintieras -masculló el hombre.
Kael apoyó una mano contra la pared para no caer. Tenía dieciséis años, pero en esa casa había aprendido a sentirse viejo desde mucho antes. La piel blanca de su rostro estaba marcada por moretones recientes, su labio inferior se abrió otra vez y un hilo de sangre le bajó hasta el mentón. Se lo limpió con el dorso de la mano y escupió a un lado, no por desafío, sino para poder respirar.
Su padre olía a alcohol barato, sudor rancio y fracaso. Era un hombre grande, vencido por su propia ruina, con los ojos enrojecidos y la camisa manchada. Alguna vez quizá había tenido dignidad. Kael no la recordaba. Para él, ese hombre siempre había sido una sombra enorme bloqueando las puertas, una mano levantada, una voz arrastrada exigiendo dinero para seguir hundiéndose.
-¿Dónde está la plata?
Kael bajó la mirada. No por miedo. Por cansancio. El miedo se había agotado hacía años, igual que la esperanza.
-La gasté.
El silencio posterior fue peor que el golpe. Su padre dio un paso hacia él, tambaleante, pero todavía peligroso. Siempre le sorprendía lo preciso que podía ser un borracho cuando quería hacer daño.
-¿En qué?
Kael tragó saliva. Le ardía la garganta.
-Comida.
La respuesta desató una carcajada áspera. El hombre se acercó y le tomó el cabello negro, ese cabello que le caía hasta los hombros y que Kael se negaba a cortar porque era una de las pocas cosas que todavía sentía suyas. Tiró de él con fuerza, obligándolo a levantar el rostro.
-¿Comida? -repitió, como si la palabra fuera una ofensa - ¿Y desde cuándo comes con mi dinero?
Kael apretó los dientes. Sus ojos celestes se clavaron en los de su padre. Eran ojos fríos en apariencia, pero no por indiferencia: eran fríos porque, si se permitía arder, incendiaría todo.
- Era nuestro dinero.
El segundo golpe le partió la frase en la boca. Esta vez cayó de rodillas. El piso estaba sucio, frío, lleno de cenizas y manchas viejas que nadie limpiaba. Una botella rota brillaba debajo de la mesa como un pequeño colmillo de vidrio.
-Nada es tuyo en esta casa - dijo su padre, inclinándose hacia él - Ni tu ropa. Ni tu comida. Ni tu maldita vida. ¿Entendiste?
Kael no respondió. Sabía que cualquier palabra podía convertirse en excusa para otro golpe. Y, sin embargo, su silencio también lo irritaba. Lo irritaba todo: que respirara, que existiera, que se pareciera tanto a la mujer que ya no estaba.
Su madre había muerto cuando él era niño. Kael no conservaba de ella una imagen completa, sino fragmentos: una mano tibia sobre su frente, una canción suave, el olor a jabón limpio, una risa que parecía pertenecer a otro mundo.
Después de su muerte, la casa se había vuelto una cueva. Su padre comenzó a beber como si quisiera ahogar a los fantasmas en su propia garganta, pero los fantasmas no se ahogaban. Solo cambiaban de forma. A veces tenían voz de hombre. A veces golpeaban.
-Salí -ordenó el hombre, enderezándose - Conseguí más.
Kael alzó la cabeza despacio.
- No hay más.
El padre sonrió. Una sonrisa torcida, cruel, sin humanidad.
- Entonces trabaja más.
Kael sintió un nudo amargo en el pecho. Trabajaba de madrugada descargando cajas en un mercado clandestino, repartía paquetes sin preguntar qué contenían, limpiaba mesas en un bar donde nadie miraba a los menores mientras llevaran dinero al final de la noche. Todo lo que ganaba desaparecía en botellas, deudas y silencios. A veces, con suerte, podía esconder unas monedas para comprar pan, cigarrillos o algo caliente para Zael.
Zael.
El pensamiento de su hermano le devolvió un hilo de fuerza. Su padre lo vio en su cara y frunció el ceño.
-¿Dónde está el otro?
Kael no contestó. El hombre lo pateó en el costado. No con tanta fuerza como antes, pero sí lo bastante para arrancarle un jadeo.
-Te hice una pregunta.
-No sé.
Era mentira. Claro que sabía. Zael siempre estaba cerca, incluso cuando parecía no estar. Zael era la otra mitad de su sombra, el reflejo oscuro de su propia vida, el único ser en esa ciudad que podía mirarlo sin compasión y aun así entenderlo todo. El padre se agachó, le agarró la mandíbula y le apretó el rostro hasta obligarlo a mirarlo.
-Más vale que no estén escondiéndome plata.
Kael sostuvo su mirada. En sus ojos celestes apareció una chispa breve, una dureza que no correspondía a un muchacho golpeado en el suelo.
- Más vale que no me toques de nuevo.
El silencio se volvió helado. Por un instante, incluso el padre pareció sobrio. Luego levantó la mano. Pero antes de que el golpe cayera, alguien habló desde la puerta.
-Tocarlo otra vez sería una mala idea.
Zael estaba allí, apoyado contra el marco, con un cigarrillo apagado entre los dedos y la misma expresión tranquila de siempre. Vestía igual que Kael: pantalón negro, chaqueta azul oscura, camiseta gastada y botas viejas.
Tenía el mismo cabello negro hasta los hombros, la misma piel pálida, los mismos ojos celestes. Si la luz era pobre, podían confundirse. Si uno no los conocía, parecían el mismo muchacho partido en dos. Pero Kael ardía por dentro. Zael era hielo. Su padre giró lentamente la cabeza.
-¿Qué dijiste?
Zael entró sin prisa. No levantó la voz. No hizo ningún gesto heroico. Solo avanzó, y eso bastó para que el aire de la habitación cambiara.