El fuego no iluminaba. Devoraba.
Kael lo comprendió en cuanto doblaron la esquina de la avenida principal. Las llamas que se alzaban entre los autos volcados y los restos de un puesto callejero no parecían buscar claridad, sino ocultarla. Se retorcían como si tuvieran voluntad, alimentándose de todo lo que encontraban: plástico, metal, tela y algo más que no quería nombrar.
El humo no era gris. Era negro.
Demasiado negro. Y se movía.
Zael se detuvo a su lado, sin decir nada. Sus ojos recorrían la escena con una atención peligrosa, calculando, midiendo. Kael respiró por la boca para no aspirar ese aire pesado que le raspaba la garganta como si estuviera vivo.
-Esto no es un incendio -murmuró.
Zael negó apenas.
- No.
Un estruendo sacudió el aire unos metros más adelante. Un grupo de personas corría en dirección contraria, tropezando, gritando, empujándose unos a otros. Nadie miraba atrás. Nadie ayudaba. Cada uno huía como si lo persiguiera su propia condena. Kael sujetó a uno por el brazo.
-¿Qué pasó?
El hombre tenía la mirada perdida. Sus pupilas temblaban.
-No... no... no era él... -balbuceó- No era él...
Zael lo apartó con suavidad.
- Está en shock.
Kael frunció el ceño.
-¿Qué vio?
-Lo mismo que nosotros vamos a ver si seguimos avanzando.
No hubo discusión. Continuaron. A medida que se internaban en la avenida, la ciudad parecía deformarse. No físicamente no del todo. Las paredes seguían donde estaban, los autos seguían volcados, las farolas seguían parpadeando. Pero había algo más. Algo superpuesto. Como una capa invisible que hacía que todo se sintiera incorrecto.
Un ruido húmedo llegó desde un callejón lateral. Kael giró la cabeza.
-Ahí.
Zael ya se movía. Entraron. El callejón era más estrecho que el anterior, más oscuro, más sucio. El suelo estaba cubierto de basura y manchas que el fuego cercano no alcanzaba a iluminar del todo. Un contenedor volcado bloqueaba la salida del fondo. Y frente a él había alguien. Un joven. Apenas mayor que ellos.
Estaba de espaldas, encorvado, con las manos apoyadas contra el metal del contenedor. Su cuerpo se sacudía con espasmos cortos, como si algo dentro de él intentara salir. Kael se detuvo.
-Ey...
El chico no respondió. Zael avanzó un paso.
-No te acerques.
Kael lo miró.
-¿Por qué?
Zael no apartó la vista del joven.
-Porque no está solo.
Kael sintió un escalofrío.
-¿Qué significa eso?
El chico se giró. Y entonces lo vieron. Sus ojos no estaban completamente negros como los de la criatura anterior. Todavía había algo de azul algo de humano. Pero esa humanidad se estaba apagando, consumida por una sombra que avanzaba desde dentro.
-Ayúdenme - susurró.
Su voz se quebró a mitad de la frase. Su boca se abrió demasiado. Sus dedos se tensaron.
-No puedo... parar...
Kael dio un paso hacia él. Zael lo sujetó del brazo.
- No.
- Está pidiendo ayuda.
- No está pidiendo. Está resistiendo.
El chico gritó. Un grito diferente al de antes. Este no era de miedo. Era de lucha. Se llevó las manos a la cabeza, se arañó la piel, dejó marcas rojas que se abrieron en sangre.
-¡Cállate! -gritó- ¡CÁLLATE!
Kael sintió algo retorcerse en su pecho.
-¿A quién le habla?
Zael no respondió. El joven alzó la cabeza de golpe. Sus ojos se volvieron completamente negros por un segundo. Luego volvieron a ser azules. Luego negros otra vez.
-No quiero - jadeó - No quiero hacerlo...
Kael se soltó del agarre de Zael.
- Podemos ayudarlo.
- No sabes cómo.
- Pero no voy a dejarlo así.
Zael lo miró. No con enojo. Con algo más profundo.
- Entonces prepárate.
El cambio fue instantáneo. El cuerpo del joven se arqueó hacia atrás con un crujido seco. Sus huesos parecieron reacomodarse bajo la piel. Su respiración se volvió irregular, acelerada, casi animal. Y entonces atacó. No con la precisión de la criatura anterior.
Con desesperación. Se lanzó hacia Kael como un animal herido. Kael reaccionó por instinto, esquivando el primer golpe, pero el segundo le rozó el hombro y le arrancó un gruñido.
-¡No quiere hacerlo! -gritó Kael.
-Pero lo va a hacer -respondió Zael.
Zael intervino. Sujetó al joven por el brazo, giró su cuerpo y lo lanzó contra la pared. El impacto lo dejó aturdido un segundo.
-¡Escúchame! - le dijo, acercándose - ¡Tú sigues ahí!
Los ojos del joven parpadearon. Azul. Negro. Azul.
-No... puedo... - susurró.
Kael sintió algo distinto. No era solo rabia. No era solo miedo. Era comprensión.Como si, en algún lugar profundo, entendiera exactamente lo que ese chico estaba enfrentando. Se acercó despacio.
- Sí puedes.
Zael lo miró.
- Kael...
- Déjame.
El joven temblaba. Su cuerpo oscilaba entre dos voluntades. Kael extendió la mano.
-Mírame.
El chico lo hizo. Y por un instante, el tiempo se detuvo. Kael no supo qué fue lo que pasó. No vio una luz. No escuchó una voz. Pero sintió algo abrirse dentro de él, como una puerta que no sabía que existía. Su pecho ardió. Su respiración se volvió lenta. Y su mirada cambió. No en color. En profundidad.
-No estás solo -dijo.
El joven dejó de moverse. Zael se tensó. El silencio cayó como una losa. Durante un segundo funcionó. Los ojos del chico volvieron a ser azules. Su respiración se estabilizó. Sus manos dejaron de temblar.
-Yo - empezó.
Y entonces la oscuridad regresó. Con más fuerza. Más violenta. El cuerpo del joven se sacudió, como si algo lo atravesara desde dentro. Un grito inhumano escapó de su garganta.
-¡Demasiado tarde! -chilló una voz que no era suya.
La fuerza que emanó de él lanzó a Kael hacia atrás. Zael reaccionó.
Golpeó. Esta vez sin contenerse. El impacto fue brutal. El joven cayó al suelo, inconsciente. El silencio regresó. Pesado. Irreversible. Kael se levantó con dificultad.