La ciudad no volvió a ser la misma después de esa noche.
No fue un cambio inmediato, ni visible a simple vista, pero Kael lo sintió en cuanto dejaron atrás el callejón. No era el humo, ni el fuego, ni siquiera los gritos que seguían resonando a lo lejos como un eco interminable. Era algo más sutil, más profundo, como si una grieta invisible se hubiera abierto en la realidad y ahora todo, absolutamente todo, estuviera filtrándose a través de ella.
Caminaron varias cuadras sin hablar. El ruido de sus pasos sobre el asfalto húmedo parecía demasiado fuerte en medio de ese silencio extraño que se extendía entre los edificios. Las luces parpadeaban con mayor frecuencia, algunas directamente se apagaban al pasar junto a ellas, como si reaccionaran a su presencia. Kael fue el primero en notarlo.
—¿Viste eso?
Zael no se detuvo.
—Sí.
—No es normal.
—Nada lo es desde hace rato.
Kael apretó la mandíbula. Había una tensión acumulándose dentro de él, una mezcla incómoda entre miedo, confusión y una creciente sensación de que algo lo estaba empujando hacia adelante, como si detenerse ya no fuera una opción.
—Esa cosa sabía algo —insistió— No hablaba como las otras.
Zael finalmente se detuvo. Giró apenas la cabeza, lo suficiente para mirarlo de reojo.
—No eran como las otras.
Kael soltó una risa sin humor.
—Genial. Ahora tenemos categorías.
Zael no sonrió.
—Tenemos un problema.
El silencio volvió a caer entre ellos, pero esta vez no fue cómodo. Era un silencio cargado, tenso, como si ambos evitaran formular la misma pregunta.
¿Cuál de los dos?
Kael apartó la mirada.
—No me gustó lo que dijo.
Zael lo observó unos segundos.
—A mí tampoco.
—No — Kael negó lentamente— No me refiero a eso.
Zael frunció el ceño.
—¿Entonces?
Kael tardó en responder. Se pasó una mano por el cabello, respiró hondo y finalmente habló.
— Cuando me miró —su voz bajó apenas — sentí que ya me conocía.
Esa vez, Zael no tuvo respuesta inmediata. Y eso fue peor que cualquier confirmación. El refugio no estaba lejos, pero el camino de regreso se sintió distinto. Más largo. Más pesado. Como si cada calle tuviera algo escondido, algo que observaba desde las sombras sin mostrarse del todo.
Cuando finalmente llegaron al edificio abandonado, Kael soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Subieron en silencio, atravesando los pasillos oscuros y las escaleras rotas hasta llegar al piso donde solían quedarse.
El lugar no tenía mucho: un par de colchones viejos, algunas mantas, latas vacías, una mochila con lo poco que habían logrado conservar. Era miserable, pero era suyo.
Kael se dejó caer sobre el colchón con un gruñido bajo. El dolor volvió a instalarse en su cuerpo ahora que la adrenalina se desvanecía. Zael permaneció de pie. Observando. Siempre observando.
—Dilo —murmuró Kael sin abrir los ojos.
Zael no se movió.
—¿Qué cosa?
—Lo que estás pensando.
Hubo una pausa.
—No estoy pensando nada.
Kael abrió los ojos y lo miró.
—Mentiroso.
Zael sostuvo su mirada. Y entonces habló.
—Cuando peleabas cambiaste.
El silencio se volvió más denso. Kael se incorporó lentamente.
—¿Cómo?
Zael se acercó un paso.
—No estabas reaccionando. Estabas anticipando.
Kael frunció el ceño.
—Siempre hago eso.
—No así.
Esa respuesta lo incomodó más de lo que quería admitir.
—¿Entonces qué?
Zael dudó. Por primera vez.
—Era como si supieras lo que iba a pasar antes de que pasara.
Kael se quedó quieto. Porque eso era exactamente lo que había sentido. Pero decirlo en voz alta lo volvía real.
—Fue solo un momento.
Zael negó.
—No.
—¿Cómo que no?
—Fue suficiente.
Kael apretó los dientes.
—No significa nada.
Zael lo miró fijamente.
—Significa que algo está despertando en vos.
La palabra quedó suspendida en el aire. Despertando. Kael soltó una risa amarga.
—Genial. Ahora también soy un misterio.
Zael no respondió. Pero su mirada no se apartó. El sueño no llegó. No para ninguno de los dos. La noche se extendió más de lo normal, o al menos así lo sintió Kael. Cada vez que cerraba los ojos, veía fragmentos inconexos: luz azul cayendo desde algún lugar imposible, voces que no entendía, una sensación de juicio no dirigido hacia otros, sino hacia todo. Se incorporó de golpe. El pecho le ardía. Respiró con dificultad.
—¿Otra vez? —preguntó Zael desde la oscuridad.
Kael giró la cabeza.
—No estaba durmiendo.
—Yo tampoco.
El silencio entre ellos se volvió más pesado.
—¿Tú también?
Zael tardó en responder.
—Sí.
Kael se pasó una mano por el rostro.
—¿Qué viste?
Zael no contestó de inmediato.
—Nada claro.
—Miente mejor.
Zael lo miró.
—Luz.
Kael sintió un escalofrío.
—¿Qué tipo de luz?
Zael bajó la mirada un segundo.
—No lo sé, pero no era de este lugar.
Eso bastó. Kael apoyó la espalda contra la pared.
—Esto no me gusta.
—A mí tampoco.
—Entonces dime qué está pasando.
Zael negó lentamente.
—No lo sé.
Pero en su voz había una duda. No sobre el mundo. Sobre ellos. Un ruido los interrumpió. No provenía de afuera. Venía del edificio. Ambos se quedaron en silencio. Escuchando. Pasos. Lentos. Arrastrados. Kael se puso de pie.
—No puede ser él…
Zael ya estaba en movimiento.
—No.
El sonido no era humano. Eso lo entendieron al instante. Salieron al pasillo. La oscuridad era más densa que antes. Las sombras parecían acumularse en las esquinas, como si tuvieran peso. El ruido volvió. Más cerca. Kael sintió esa presión otra vez en el pecho.
—Algo está aquí.
Zael no respondió. Avanzó. Un paso. Otro. Y entonces lo vieron. Al final del pasillo. Una figura. De pie. Demasiado alta. Demasiado delgada. Su cuerpo parecía estar hecho de sombra condensada, pero no era intangible. Se movía con lentitud, como si cada parte de él estuviera mal ensamblada.