Raguel, El Juicio Encarnado

Voces bajo la piel

El amanecer nunca llegó realmente a esa ciudad. La noche simplemente se volvió menos oscura. Una luz grisácea descendió sobre los edificios destruidos, sobre las calles húmedas y los vidrios rotos, revelando con crudeza aquello que las sombras ocultaban apenas: basura acumulada en las esquinas, manchas de sangre que nadie limpiaba, cuerpos dormidos bajo cartones mojados y miradas vacías detrás de ventanas sucias.

Kael observaba la ciudad desde el borde del edificio abandonado mientras el viento frío le movía el cabello negro alrededor del rostro. Tenía un cigarrillo consumiéndose entre los dedos, aunque llevaba varios minutos sin fumar. Su mente seguía atrapada en lo ocurrido durante la noche. La entidad. La presión en su pecho.

La forma en que el mundo había reaccionado cuando perdió el control. Y, sobre todo la mirada de Zael. Porque no había sido miedo.
Había sido reconocimiento. Eso lo perturbaba más que cualquier criatura. Escuchó pasos detrás de él. No necesitó girarse.

-No dormiste -murmuró Zael.

Kael soltó una risa seca.

-Tú tampoco.

Zael se apoyó contra una columna agrietada, cruzándose de brazos. La luz gris del amanecer parcial volvía su rostro aún más pálido. Las ojeras bajo sus ojos celestes parecían más profundas que de costumbre. Durante unos segundos ninguno habló.

El silencio entre ellos comenzaba a cambiar. Antes era cómodo. Natural. Ahora estaba lleno de preguntas que ninguno quería formular. Kael fue el primero en romperlo.

-¿Qué viste?

Zael frunció apenas el ceño.

-¿Cuándo?

-Cuando peleábamos.

Zael apartó la mirada hacia la ciudad.

-No sé explicarlo.

-Inténtalo.

El viento sopló entre ambos. Finalmente, Zael habló.

-Por un momento, dejaste de parecer tú.

Kael sintió un nudo incómodo en el pecho.

-¿Cómo que dejé de parecer yo?

Zael tardó en responder.

-Era tu cara. Tu voz. Pero había algo detrás. Algo más grande.

Kael soltó el aire lentamente.

- Eso no tiene sentido.

- Lo sé.

- Entonces deja de hablar como si lo tuviera.

Zael lo observó unos segundos en silencio.

-¿Y tú? - preguntó al fin - ¿Qué sentiste?

Kael bajó la mirada hacia sus propias manos. Todavía recordaba esa sensación. La claridad. La certeza. La impresión insoportable de que todo tenía un orden oculto que él podía ver durante apenas unos segundos.

-Sentí que entendía -murmuró.

Zael no habló. Kael tragó saliva antes de continuar.

-No sé qué mierda significa eso. Pero cuando peleaba era como si supiera exactamente dónde golpear. Qué hacer. Qué iba a pasar.

Sus dedos se tensaron lentamente.

-Y lo peor es que se sentía natural.

El silencio volvió. Pesado. Peligroso. Zael cerró los ojos un instante.

-Eso es lo que más me preocupa.

El ruido llegó desde abajo. Primero fue un golpe. Después un grito. Kael y Zael reaccionaron al mismo tiempo. Bajaron las escaleras rápidamente, atravesando el edificio hasta llegar al primer piso. El sonido venía desde el exterior.
La calle. Cuando salieron, el caos ya había comenzado. Dos hombres se estaban golpeando brutalmente en medio de la avenida, pero aquello no parecía una pelea normal. No había insultos ni amenazas. Había desesperación. Una violencia ciega, animal.

Uno de ellos sujetó al otro por la cabeza y la golpeó repetidas veces contra el pavimento mientras gritaba cosas incoherentes. La gente alrededor no intervenía.
Miraba. Como si estuviera acostumbrada. Como si eso ya fuera normal. Kael avanzó de inmediato.

-¡Ey!

El hombre no reaccionó. Seguía golpeando. Una y otra vez. Zael lo sujetó del brazo y tiró de él hacia atrás con fuerza. El hombre giró bruscamente. Y Kael lo vio. Sus ojos. Negros. Completamente negros. El hombre sonrió. Y entonces atacó. No a Zael. A Kael.

Se lanzó hacia él con una velocidad absurda, gruñendo como un animal rabioso. Kael apenas alcanzó a apartarse antes de que el hombre pasara de largo y chocara contra un auto abandonado.

Zael reaccionó primero. Lo golpeó en el estómago y luego en el rostro, derribándolo. Pero el hombre volvió a levantarse.

Sin dolor.
Sin miedo.

Con esa misma sonrisa torcida.

-Está pasando más rápido -murmuró Zael.

Kael sintió cómo la tensión volvía a instalarse dentro de él. No estaban frente a casos aislados. La ciudad estaba empeorando. Y rápido. El hombre volvió a lanzarse. Kael lo esquivó y le sujetó el brazo para inmovilizarlo, pero en cuanto lo tocó las voces regresaron.

Miles. Superpuestas. Susurrando.
Riendo. Llorando. Kael soltó al hombre inmediatamente y retrocedió. Se llevó una mano a la cabeza. El ruido seguía allí. Dentro de él.

-Kael.

La voz de Zael llegó lejana. Distorsionada. Las voces aumentaron. Fragmentos incomprensibles comenzaron a atravesar su mente.

"...encuéntralo..."

"...el juicio..."

"...despierta..."

Kael cerró los ojos con fuerza. Y entonces vio algo. No fue un recuerdo. Fue una imagen. Un cielo azul atravesado por luz dorada. Alas enormes extendiéndose sobre un horizonte imposible. Y unos ojos. Dorados.
Mirándolo directamente. Kael abrió los ojos de golpe. La visión desapareció. El ruido también.
Respiraba agitadamente. Zael estaba frente a él.

-¿Qué pasó?

Kael tardó varios segundos en responder.

-Escuché voces.

Zael se tensó.

-¿Qué dijeron?

Kael dudó. No quería responder.
Porque incluso decirlo sonaba absurdo.

-Hablaron del juicio.

El silencio entre ambos se volvió helado. Zael no apartó la mirada de él.

-¿Y qué más?

Kael tragó saliva.

-Dijeron... "despierta".

Zael abrió apenas los ojos. Pero antes de que pudiera responder la mujer gritó. Ambos giraron. La gente alrededor comenzaba a cambiar. No todos. Pero sí varios.
Los ojos se oscurecían. Los movimientos se volvían erráticos.




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