La lluvia comenzó a caer poco antes del amanecer. No era una lluvia fuerte, ni violenta. Descendía lentamente sobre la ciudad como un lamento silencioso, arrastrando ceniza, humo y hollín por las calles destruidas. El agua corría por las grietas del asfalto formando pequeños ríos oscuros que reflejaban las luces moribundas de los edificios. Kael caminaba sin hablar. Zael iba a su lado.
Desde la aparición de aquella sombra gigantesca proyectada detrás de ellos, ninguno había vuelto a mencionar lo ocurrido. No porque quisieran ignorarlo, sino porque ambos comprendían que ponerlo en palabras lo volvería demasiado real. Y ya era bastante difícil respirar con ello dentro del pecho.
Las calles estaban extrañamente vacías. De vez en cuando aparecía algún vehículo abandonado, alguna ventana rota, algún cuerpo dormido bajo mantas húmedas. Pero incluso la violencia habitual de la ciudad parecía haberse escondido. Como si algo más grande estuviera despertando. Kael levantó la mirada hacia el cielo gris.
Sentía una presión constante en la cabeza desde hacía horas. No dolor exactamente. Más bien presencia. Las voces no habían desaparecido del todo. Seguían allí. Muy lejos.
Susurrando.
-Nos están observando otra vez -murmuró.
Zael no preguntó cómo lo sabía.
Porque él también lo sentía.
-Sí.
Kael encendió un cigarrillo, pero el humo le supo amargo. Demasiado denso. Lo apagó apenas dio una calada. Eso era raro. Antes fumar calmaba algo dentro de él. Ahora algo dentro de él rechazaba el humo. Zael lo notó.
No dijo nada. Pero lo notó. Doblaron por una avenida destruida donde varias patrullas policiales permanecían abandonadas con las puertas abiertas. Las luces seguían girando lentamente, bañando las paredes con destellos rojos y azules.
Y entonces escucharon el grito. No era de miedo. Era de dolor. Kael reaccionó primero. Corrió. Zael lo siguió. El sonido los condujo hasta una plaza parcialmente destruida. Había fuego cerca de la fuente central y varios cuerpos tirados sobre el suelo. Algunos se movían. Otros no. Y en medio del caos, un hombre reía. Tenía el rostro cubierto de sangre y sostenía a otro sujeto del cuello mientras lo golpeaba repetidamente contra una estatua caída. Cada impacto hacía crujir el hueso.
La víctima ya ni siquiera se defendía. Pero el hombre seguía golpeando. Sonriendo. Sus ojos eran completamente negros.
Alrededor, varias personas observaban paralizadas, demasiado aterradas para intervenir. Kael sintió cómo algo dentro de él reaccionaba de inmediato.
No fue rabia.
No fue miedo.
Fue otra cosa. Algo inmenso. Algo frío. El hombre volvió a golpear a su víctima. Y entonces Kael habló.
-Basta.
La palabra atravesó el espacio. No fue un grito. No necesitó serlo. El hombre se detuvo. Lentamente giró la cabeza hacia él. Y por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, Kael vio terror en uno de los poseídos. El hombre lo soltó inmediatamente. Retrocedió. Sus ojos negros temblaron.
-No - murmuró con una voz distorsionada- No puede ser...
Zael sintió el cambio instantáneamente. El aire alrededor de Kael se había vuelto distinto otra vez. Más pesado. Más puro. Más absoluto. Kael avanzó lentamente. La lluvia resbalaba por su cabello negro y su ropa oscura. Sus ojos celestes parecían más claros bajo las luces giratorias de las patrullas. Pero no era eso lo que hacía temblar al poseído. Era su presencia.
-Has dañado a inocentes -dijo Kael.
La voz ya no sonaba completamente humana. Zael lo entendió al instante. Y el miedo le recorrió la espalda. Porque conocía a Kael. Y quien estaba hablando ahora no era solo Kael. El hombre poseído comenzó a retroceder desesperadamente.
-¡Aléjate!
Kael siguió avanzando.
-Has entregado tu voluntad a la oscuridad.
Las sombras alrededor del hombre comenzaron a agitarse violentamente. Como si algo intentara escapar de su cuerpo.
-¡NO!
Kael levantó apenas una mano. Y entonces ocurrió. La oscuridad salió. No lentamente. Fue arrancada. Una masa negra emergió violentamente desde el pecho del poseído, chillando con una voz imposible. La criatura intentó huir, deformándose en el aire como humo vivo. Pero no pudo. Porque Kael la estaba mirando. Y esa mirada la condenó.
La sombra comenzó a desintegrarse.
No por fuego.
No por fuerza.
Por juicio.
La oscuridad chilló desesperadamente mientras se quebraba en fragmentos negros que desaparecían bajo la lluvia.
Los presentes cayeron de rodillas.
No entendían qué estaban viendo.
Pero lo sentían. Sentían algo sagrado. Algo aterrador. El hombre poseído cayó al suelo llorando, libre al fin.
Kael permaneció inmóvil varios segundos. Respirando lentamente.
Como si otra conciencia hubiera tomado control parcial de él. Y entonces parpadeó. El momento desapareció. Su cuerpo se tambaleó. Zael lo sujetó antes de que cayera.
-Kael.
Kael respiraba agitadamente.
Confundido.
-¿Qué... pasó...?
Zael lo observó en silencio. No sabía cómo responder. Porque él mismo acababa de presenciar algo imposible. Aquello no había sido un poder sobrenatural común.
Había sido una sentencia.
Esa noche regresaron al edificio abandonado bajo una lluvia interminable. Kael apenas habló durante el camino. Tenía la mente nublada, fragmentada por imágenes que aparecían y desaparecían constantemente.
Alas azules.
Luz dorada.
Voces.
Juicios.
Y una sensación insoportable de responsabilidad. Zael caminaba junto a él, pero por dentro también estaba cambiando. Porque cuando Kael había pronunciado aquella sentencia, algo dentro de él reaccionó. No como oscuridad. Como reconocimiento. Y eso lo aterraba más que cualquier demonio.
Entraron al edificio. Subieron las escaleras. Y apenas cruzaron el pasillo del refugio Zael se detuvo bruscamente. Kael giró.
-¿Qué pasa?
Zael no respondió. Se llevó una mano a la cabeza. Respiró con dificultad. Y entonces cayó de rodillas.