—My life will never be the saaaame —canto moviéndome por toda la habitación—. ’Cause girl you came and changed the way I walk, the way I talk…
Esta canción me fascina: “You Rock My World”, interpretada por Michael Jackson. Ufff… Siempre he considerado a MJ como el amor de mi vida, un pedacito de cielo que me transportaba a otra dimensión con su música. No hay día en que no lamente su muerte tan repentina. Y lo peor es que nunca pude asistir a uno de sus conciertos; ahora, por obvias razones, eso ya no será posible. Pero bueno, como diría mi mamá: “así pasa cuando sucede”.
Voy dando pasitos hacia la maleta y saco mis cómodos converse negros. No soy la mejor combinando ropa, pero creo que estos jumpers azules que llevo puestos se verán bien con ellos.
—Come on, girl. You rocked my world —murmuro al caminar hacia el espejo del baño. Acomodo mi moño alto y sonrío, satisfecha. Mi cabello es tan rebelde como yo, pero no me quejo; es lacio, brillante y tiene un tono castaño claro espectacular. Bueno, en realidad lo teñí hace unas semanas, pero luce bien. Hace juego con mis ojos marrones y mi piel clara.
Apago el teléfono y bajo las escaleras, lista para compartir algo sobre mí. Mis padres, como puedes notar, son originarios de Portugal y España. Se conocieron en un crucero por el Caribe (no preguntes cómo terminaron allí) y se enamoraron. Mamá suele relatarme esa curiosa y romántica historia. La verdad es que su conexión fue tan intensa desde el principio que su relación de novios no duró mucho. Según tengo entendido, a los pocos meses se casaron y decidieron establecerse en Forest Hill, la ciudad donde mi padre vivía y comenzaba su carrera como arquitecto.
—Nos vemos más tarde, casita —digo, cerrando la puerta principal.
En esta parte de la historia es donde entro yo. Para comenzar, mi nombre no es común, pero me agrada. Elaine significa ‘luminosa’ y ‘bella como la aurora’, lo que me hace sentir especial. Estoy convencida de que nuestros nombres reflejan lo que somos en esencia, representando nuestras características y la forma en que nos perciben los demás. No quiero que pienses que me creo superior, ¿de acuerdo? Solo intento que comprendas que me gusta brillar con mi propia luz y ser auténtica. Eso es todo.
Soy canadiense, hija única y muy querida por mis padres. En cuanto a mi vida profesional, tengo una licenciatura en zoología. Desde hace unos ocho meses, trabajo con los veterinarios del Greater Zoo de Vancouver, y puedo decirte que ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi corta carrera. Siempre he tenido una gran pasión por todo lo relacionado con el medio ambiente. Para mí, la naturaleza es esa libertad que podemos tocar, oler, sentir y ver con nuestros propios ojos; es una sensación maravillosa y adictiva que nos enseña a esperar, a confiar y a amar.
—Vamos, chocolatino —prendo el motor y salgo la calle principal.
Bajo las ventanas para que el viento inunde el interior del auto, y giro a la derecha en dirección a la avenida Princeton. Tengo entendido que todas las tiendas de souvenirs, ropa y alimentos se encuentran en la otra avenida que conecta con esta. Creo que se llama David… sí.
—En cincuenta metros, gire a la derecha hacia David Ave —anuncia el GPS, confirmando lo que acabo de pensar.
Sigo las indicaciones del dispositivo y reduzco la velocidad, manteniendo los ojos abiertos en busca de un lugar donde estacionarme.
—Creo que te dejaré por aquí —murmuro al ver el letrero azul que indica que puedo estacionar mi coche por dos horas. Aparco frente a una encantadora tienda de flores y apago el motor—. Te veo luego, dulzura. Espero que no te sientas solo mientras estoy fuera.
Empiezo a caminar por la agradable avenida principal del centro, disfrutando del sol y elagradable calor de la tarde. Siendo sincera, no se parece en nada a Vancouver o a Forest Hill, pero tiene un encanto particular, ¿saben? Cada comercio tiene su propio color y un toque local que atrapa la atención de los turistas. Las fachadas coloridas y los aromas tentadores de las tiendas crean una atmósfera acogedora que me invita a perderme entre sus rincones.
—Ola, ola, fofura (lindura)…—susurro cautivada por el enorme letrero rojo que dice BeaverTails en letras blancas. Para quienes no lo saben, es el postre oficial de Canadá, tan famoso y popular que no hay rincón del país sin un almacén que ofrezca estas delicias.
Abro la puerta y me detengo en el mostrador. «¡Qué rico huele aquí!» pienso, dejando que el aroma a azúcar, vainilla y canela me envuelvan. Muerdo mi labio mientras examino la cartelera y una sonrisa se dibuja en mi rostro… Hmm, ¡me comería uno de cada sabor!
—Buenas tardes, mi nombre es Robin. ¿Qué deseas ordenar? —pregunta un chico muy guapo mientras se coloca detrás de la caja registradora.
—Hola —respondo amable—. Quisiera una cola de castor original, por favor.
—De acuerdo. ¿Te gustaría agregarle alguna fruta?
—Mmm, no. Con azúcar y canela está bien, gracias.
—Muy bien —teclea en la pantalla digital—. Serían seis dólares.
—Claro —abro mi cartera y le doy diez dólares—. Ehmm… disculpa, la mano es mía. El billete te lo puedes quedar —digo, sintiendo sus dedos rozar los míos al tomar el dinero.
—Lo siento, es que eres muy bonita —responde, un poco sonrojado—. ¿Eres de Burke Mountain?
—No, en realidad me acabo de mudar aquí hoy —sonrío.
—¿De verdad? —pregunta, entregándome el cambio—. Entonces nos veremos en otra ocasión, linda.
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Editado: 19.04.2026