5:30pm
Llevamos una hora conversando sobre la gravedad de su situación. Para empezar, no recuerda lo que ocurrió en el bosque ni la razón de su presencia en este lugar. ¿Vino como turista? ¿Se acaba de mudar? ¿O está huyendo de algo? Su mente parece un rompecabezas por resolver. No obstante, hay aspectos que mantiene claros: tiene a sus padres, a su hermana Henna y a Vapaus, un bote que le permitió navegar por el mar Báltico, del Norte y parte del Mediterráneo. No puedo imaginar cuánto tiempo ha estado desconectado de la civilización, pero su espíritu aventurero despierta mi interés. Me habló también de su pasión por la fotografía, de cómo busca capturar, a través de su lente, lo que muchos son incapaces de ver a simple vista.
—¿Ves dónde estamos nosotros? —pregunto, señalando el mapa en Google Earth—. Y aquí es donde vives, o vivías. ¿Qué te trajo a este lado del mundo?
Él se toma unos segundos para reflexionar y luego responde a través del traductor.
—Elaine, por más que intento con todas mis fuerzas recordar, mi mente se siente como un agujero negro en este momento. Lo lamento —frota su barba con frustración y se levanta del sillón.
—Mira, dejemos de lado esas preguntas por ahora. ¿Por qué no te das una ducha, te pones la ropa que te compré y tratamos de afrontar esto con más calma? —suelto el botón del traductor, esperando su reacción.
Él asiente, toma la bolsa con la ropa que logré conseguirle en la ciudad y sonríe de lado, dejando entrever una chispa de esperanza en medio de la confusión que lo rodea.
—No es mucho, pero pensé que te haría sentir más cómodo —agrego, sintiendo que, aunque sea un gesto pequeño, puede marcar una diferencia en su estado de ánimo.
—Kiitos (Gracias) —dice, subiendo poco a poco las escaleras.
—Ole hyvä (De nada) —respondo, sintiéndome orgullosa de haber aprendido al menos una palabra en su idioma.
Conecto el teléfono para cargar la batería y abro WhatsApp.
—Charlie, querido, ¿cómo te va en París? —le grabo un audio de voz—. Necesito hablar contigo sobre un asunto que me preocupa y me gustaría conocer tu opinión. Llámame cuando puedas, ¿de acuerdo? Te adoro.
Envío el mensaje y me levanto del sofá. Sé que, de aquí a que Carlitos me responda, pasarán horas… No, en serio, HORAS. Casi nunca está al tanto de sus mensajes cuando anda de viaje.
Me dirijo a la cocina y me sirvo un poco de agua del grifo, sumergiéndome en el silencio de la cabaña.
—¿Qué pensarían mis padres si supieran que he permitido la entrada de un desconocido en mi hogar? —reflexiono en voz alta, observando el bosque a través de la ventana—. Sin duda, mamá se llevaría las manos a la cabeza, y papá vendría corriendo para echarlo a patadas.
El único aspecto positivo que destaco es que han transcurrido horas desde que lo encontré y no ha mostrado ningún comportamiento sospechoso que me haga entrar en pánico. Su actitud es amigable, incluso desconcertante.
—Y si llegara a tener intenciones ocultas, no hay de qué preocuparse —susurro caminando hacia el jardín—. Tengo el bate de béisbol listo a un costado de la chimenea.
En medio de mis reflexiones, sostengo la creencia de que en la vida las cosas suceden por una razón. Conocemos a ciertas personas para crecer y aprender; vivimos experiencias y enfrentamos situaciones que nos permiten sacar lo mejor de nosotros y, en ocasiones, corregir nuestro rumbo. En el caso de Aatu, siento que mi sendero está bloqueado por cientos de ramas y rocas enormes. No sé qué propósito tiene su llegada a mi caótico mundo ni cuánto tiempo permanecerá en él, pero espero que ambos podamos extraer algo significativo de esto.
Me siento en el pasto y cierro los ojos, disfrutando del suave aroma que arrastra el viento. Me pregunto qué pasará por su mente en este momento. Perder la memoria debe ser un golpe devastador; no recordar lo que hiciste ayer, lo que dijiste o incluso lo que comiste. Una vez, yo también pasé por una experiencia similar, y todo gracias a Alekai. Tiene la extraña costumbre de lanzarse sobre mí con sus enormes garras. En una ocasión, corrió tan rápido que no vi venir el impacto y caí al suelo. El golpe fue tan fuerte que, al abrir los ojos, no tenía idea de dónde estaba ni qué había sucedido. Sin embargo, a pesar de esos momentos, mi cariño por Alekai nunca ha flaqueado. Lo acepto con sus mordiscos, empujones, arañazos y lametones.
—Elaine, ¿ja jos olen huono ihminen? —dice a mis espaldas.
—I don’t understand you (No te entiendo), grandulón —respondo, girando la cabeza de un lado a otro intentando no perder la concentración—. Bring my phone (trae mi teléfono).
—One second (Un segundo).
Lo escucho alejarse por unos instantes y sonrío. Si la tecnología no existiera, no sé cómo nos comunicaríamos. Solo espero que el internet no falle; de ser así, estaríamos en serios problemas los dos.
—Elaine, ¿y si soy mala persona? —traduce la aplicación.
—No lo eres —respondo viéndolo acomodarse a mi lado—. Reconozco a los hombres con malas intenciones, y créeme, tú tienes algo diferente.
—¿Qué tengo?
—Tienes un espíritu libre, aventurero, al igual que el mío —digo mientras coloco las manos sobre mi estómago y miro las nubes deslizarse por el cielo—. Pero, si tanto te preoocupa, puedo llamar a la policía. Ellos podrían investigar lo que ha sucedido contigo.
Me observa, prestando suma atención al traductor, y suelta un profundo suspiro.
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Editado: 07.05.2026