Rakkaus Ilman Sanoja “entre caballeros y lobos”

10 | ¿Quién eres, Aatu Kinnunen?

—Tengo miedo, Roy —chilla Kristen, hundiendo las uñas en su pecho—. No hay luz, ni teléfono, y estamos atrapados aquí. Siento que me falta el oxígeno… Me voy a desmayar.

—¿Podrías callarte de una vez? —bufa Charlie, nervioso—. Si nos encuentran, será por tu insoportable vocecita.

—¡No me pidas que me calle! —grita, empujándolo con frustración—. Ustedes… ¡Ustedes dos siempre han sido raros! Elaine quiere irse a vivir a la montaña, rodeada de lobos y personas misteriosas, y tú sigues insistiendo en visitarla. ¿Te das cuenta de que ahora todos podríamos morir por tu culpa?

—¿Mi culpa? ¡Tú qué sabes, barbie teñida! Como si no ocasionaras ya bastantes problemas con tus…

—¡Basta, los dos! —digo, interponiéndome entre ellos—. Lo único que debemos hacer ahora es guardar silencio hasta que el peligro haya pasado. Dejen este asunto para después.

—¿Peligro? ¿De qué hablas, Nana? —pregunta Roy, frunciendo el ceño—. ¿En qué lío te metiste?

—En ninguno. No me buscan a mí, sino a Aatu.

—¡¿Qué?! —grita Kristen, abriendo los ojos como platos—. ¡¿Y por qué no se va?!

—¡Cállate! —dice Charlie, jalándole el cabello rizado—. ¿Roy, por qué la trajiste? Estaríamos mejor sin ella.

—Carlos, por favor —advierte Roy, tratando de mantener la calma.

—Problemático como siempre —murmura la rubiecilla, lanzándole una mirada fulminante.

—Ay, habló la santa —responde Charlie, cruzándose de brazos.

Alzo las manos, dándome por vencida ante la discusión. Le quito la mini tablet del bolsillo a Charlie y abro el traductor, avanzando hacia Aatu, que está parado junto a las pequeñas ventanas del fondo, escuchando con atención.

—¿Escuchas algo allá afuera? —le pregunto, entregándole el dispositivo.

—Escucho voces acercándose —responde, su expresión seria—. Creo que hablan mi idioma.

—¿Alcanzas a distinguir lo que dicen? —susurro, apretando su brazo con preocupación.

—Lo necesitamos vivo —dice, presionándose contra la pared—. Él lo necesita vivo.

—¿Él?

—No sé, Alaine. Tengo que salir y averiguarlo.

—No te entiendo —niego con la cabeza y jalo su mano cuando veo que quiere salir—. ¿Estás loco? ¿Qué estás haciendo?

—I need to go, minun tähteni (Tengo que ir, mi estrella) —dice, acariciando mi mejilla con ternura—. They know who I am (Ellos saben quién soy).

—No, no irás solo. Yo iré contigo.

—No, Alaine.

—No estoy pidiendo permiso; I’ll go with you (voy contigo) —respondo firme—. Charlie, quédense aquí. Vamos a investigar.

—¿Estás loca? —dice, acercándose a las escaleras—. No estamos jugando a los detectives, Amorim. No sabes qué clase de gente lo busca. No puedes arriesgarte así.

—No voy a dejarlo solo, Charlie —susurro, mirando a Aatu—. No puedo.

Me observa, su preocupación es evidente, pero suspira, asintiendo. Sabe que por más que intente convencerme, mi decisión está tomada.

—Espera, llévate esto —toma un par de barritas luminosas del estante—. No brillan mucho, pero serán útiles para orientarte en la oscuridad.

—Buena idea —asiento, guardándolas en mi bolsillo—. Pase lo que pase, no abran y manténganse en silencio, ¿de acuerdo? —lo abrazo.

—Tengan cuidado —expresa Roy, sus ojos reflejando la inquietud.

—Lo haremos.

—Esto me recuerda a esa canción de Crepúsculo, “Eyes on Fire”, ¿te acuerdas?

—Deja esas tonterías para después, Charlie —digo, conteniendo la risa—. En serio, ni siquiera en momentos como este puedes dejar de hablar.

—Soy un tonto, lo sé. Perdón —reconoce, abrazándome de vuelta—. Vayan.

Asiento y subo las escaleras hasta el librero, moviéndolo con cuidado para poder asomarme. Le hago señas a Aatu para que me siga y cierro la entrada tras nosotros.

—Whatever happens, whatever they say, I’m with you, grandulón (Pase lo que pase, digan lo que digan, estoy contigo, grandulón) —susurro, tomando su mano con firmeza.

Aatu me mira bajo la tenue luz de la luna que entra por las persianas y me abraza con fuerza, como si buscara refugio en mí.

—You’re stronger than me, Alaine (Eres más fuerte que yo, Alaine).

—We both are. Let’s go (Ambos lo somos. Vamos).

Abro la puerta con cautela y camino en silencio hasta la pared de la chimenea, donde puedo observar el bosque a través de la puerta corrediza del jardín. Las luces han desaparecido y, por lo visto, todo está en calma afuera. Sin embargo, el aullido de los lobos a lo lejos y el viento que hace crujir las ventanas me recuerdan que la amenaza sigue presente.

—Me siento atrapada en una película de suspenso de bajo presupuesto —murmuro, quebrando el palito para dejar salir el líquido brillante.

—Alaine —articula Aatu, agachado frente a la ventana de la cocina—. They are on this side (Están de este lado).

Oh, genial, pienso, gateando hasta su lado. Me asomo con cautela por la ventana y, en la penumbra, distingo a tres hombres que comparten la misma complexión que Aatu. Son rubios, de una edad similar, y sus rostros están marcados por una seriedad inquietante, como si la noche les hubiera robado cualquier rastro de cordialidad.

—¡Leonidas! —grita uno de ellos, sin soltar el arma que sostiene en la mano—. ¡Leonidas!

Sus gritos me estremecen, y me siento en el piso, sintiendo cómo el miedo se apodera de mí. Si llegan a entrar en la casa, no sé cómo podré defenderme. He enfrentado todo tipo de situaciones y hasta sobreviví a un ataque de pantera, pero ¿armas? No estoy preparada para eso.




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