"Asha"
ISABELLA
Una hora atrás
Las puertas del ascensor se abrieron con ese sonido suave y elegante del hotel, pero yo apenas lo escuché. Caminé hacia la suite sin pronunciar una palabra, con Elliot detrás de mí. Sentía su mirada clavada en la parte alta de mi espalda, como si quisiera adivinar qué demonios me pasaba.
Yo también quería saberlo.
El pasillo parecía interminable. Alfombra gris, paredes crema, lámparas doradas... Todo un lujo frío, perfecto para esconder el desastre emocional que llevaba encima.
Llegamos. Elliot abrió la puerta con la tarjeta magnética. Entré primero. No quise verlo. No quise sentir nada.
―Voy a ducharme ―dije con la voz más neutra que pude fabricar.
Él solo extendió una mano hacia la puerta del baño, sin hacer comentarios, sin preguntas. Sabía que estaba rara, pero no sabía por qué. Y no me atrevía a imaginarme el momento en que lo descubriera.
Cerré la puerta con seguro apenas crucé el marco.
Y entonces... exhalé.
Un suspiro largo, roto, que me quemó la garganta. Me apoyé en el lavabo con ambas manos, dejando que mi cabeza cayera hacia adelante.
Las lágrimas empezaron a caer en silencio. No las detuve esta vez.
«¿Qué estoy haciendo? ¿Qué demonios estoy haciendo?»
Esto está mal. Muy mal.
¿Cómo le digo a Elliot que estoy... enamorada de Alexander? ¿Qué desde aquella maldita noche en la galería algo se quebró y no dejó de crecer adentro de mí? ¿Qué no importa cuánto lo evite, siempre termino corriendo hacia él?
Es traición. Pura y simple. Y lo peor es que... lo sé. Y aun así no puedo detenerme.
Camino hasta la ducha y abro la llave sin pensarlo.
El agua cae fuerte, tibia. Y yo entro con toda la ropa puesta.
No me importa.
No quiero pensar en nada más que en el ruido del agua golpeando mi cuerpo. No quiero escuchar mi mente gritándome que soy una horrible persona. Que no merezco a ninguno de los dos.
Quiero silencio.
El agua empapa mi blusa, mis pantalones, mi cabello... todo pesa. Todo me hala hacia el suelo. Y lloro de nuevo, con el agua mezclándose con mis lágrimas hasta que no sé cuál es cuál.
No puedo mirar a Elliot. No puedo.
Debo detener esto. Debo alejarme de Alexander. Debo ser fuerte.
Pero decirlo es una cosa. Hacerlo... otra completamente distinta.
Cuando al fin la respiración deja de ser tan irregular, me quito la ropa mojada y la lanzo fuera de la ducha. Cae con un golpe sordo contra las baldosas.
Intento relajarme. Solo un minuto. Solo... un minuto sin sentir que el corazón me va a explotar en el pecho.
El agua resbala por mi piel, la calienta, pero no alcanza a borrar la culpa.
Salgo de la ducha envuelta en el albornoz blanco del hotel. Camino hacia la puerta y la abro.
Y casi me da un infarto.
Elliot está sentado al borde de la cama. Su postura es rígida. Sus manos entrelazadas. Su mirada... pesada.
Pero no es lo que me hace tragar en seco.
A su lado, perfectamente acomodado sobre la cama, hay un vestido negro... y lencería cuidadosamente doblada.
Mi corazón se detiene un segundo. Elliot levanta la mirada hacia mí. Y yo siento que el mundo se me viene encima otra vez.
Me quedé quieta, con los pies hundiéndose en la alfombra, sosteniendo el borde de el albornoz con una mano como si fuera mi única defensa.
―Pensé que... te habías ido ―murmuré, al ver a Elliot allí sentado, serio, casi inmóvil.
Él niega suavemente.
―No. Quise esperarte.
Su voz es tranquila, pero hay algo debajo... algo que me aprieta la garganta.
Yo asiento sin saber qué decir.
Camino hacia la cama despacio, tratando de no resbalar. Tomo el vestido negro de la cama con las manos temblorosas. Luego la lencería. Me giro para volver al baño y cambiarme.
Pero la voz de Elliot me detiene.
―Isabella... ―dice, y mi espalda entera se tensa― ¿pasó algo entre tú y Alexander?
El corazón se me cae al estómago. Trago saliva. La garganta arde.
Me obligo a girarme. Mantengo el rostro lo más neutro que puedo.
―¿Qué? No. Claro que no. No sé de qué hablas.
Lo digo demasiado rápido. Demasiado automático.
Elliot frunce el ceño, estudiándome.
―He notado... cómo te mira. Cómo actúa desde hace semanas. Y hoy... cuando lo vi, cuando él... ―suspira, como si intentara ordenarse― Isabella, no soy estúpido. Algo pasó. Necesito saber qué es.
La culpa me sube por el pecho como un sabor metálico.
Nada, debo decir.
Nada, repito en mi cabeza.
Nada, aunque la noche pasada dormí en su pecho.
Nada, aunque me besó como si me conociera desde siempre.
Nada, aunque yo también lo besé.
―Elliot... ―mi voz tiembla apenas, lo suficiente para que yo lo note― no sé por qué Alexander se comporta así. De verdad. Yo tampoco lo entiendo.
Mentira.
Mentira.
Mentira.
Lo siento martillándome por dentro como un latido enfermo.
Soy una mala persona. Una cobarde. Una mentirosa.
Y mientras lo miro, evitando que la culpa me quiebre la expresión, solo puedo pensar en Alexander. En su voz. En su calor. En lo que siento cuando estoy cerca de él.
Elliot pasa una mano por su rostro, frustrado.
―Entonces... ¿no tengo que preocuparme?
Quiero decir no.
Quiero decir por supuesto que no.
Pero mi silencio dura medio segundo más de lo que debería.
Y lo noto en sus ojos.
Respiro hondo, obligándome a sostener su mirada.
―No tienes nada de qué preocuparte ―miento, otra vez, sintiendo cómo algo dentro de mí se encoge.
Elliot asiente, aunque no parece convencido.
Yo giro, apretando el vestido contra mi pecho, y camino hacia el baño para cambiarme antes de que él pueda seguir preguntando.