Ramé

XVII

"Nintai"

ISABELLA

Alexander no dice nada al principio. Solo permanece de pie, a medio metro de mí, respirando lento y profundo como si necesitara obligarse a no hacer algo... o a no decir algo.

Se pasa una mano por el cabello aún húmedo. La otra se queda colgando a su lado, cerrada en un puño.

Yo abrazo mis rodillas sobre la cama. Siento un nudo en la garganta que apenas me deja respirar. El silencio entre nosotros pesa como plomo. Me duele en el pecho. En la piel. En el alma.

―Deberías... ―trago saliva― deberías sentarte.

Él levanta la mirada hacia mí. Esa mirada.

Dios.

Está herido, frustrado, confundido... y aun así, tan suave cuando me mira a mí.

―Si me siento ―responde al fin, con la voz ronca― no prometo mantener la distancia.

Bajo la vista de inmediato. Mi corazón da un vuelco.

Se acerca unos pasos.

Lentos.
Medidos.
Como si cada uno fuera una decisión.

Se sienta al borde de la cama, lo suficientemente cerca para sentir su calor... pero lo suficientemente lejos para que no nos toquemos.

Su voz sale baja, casi un susurro:

―No tienes que explicarme nada.

Yo cierro los ojos un momento. Me tiemblan las manos.

―Pero quiero hacerlo ―respondo―. Necesito hacerlo.

Él me mira de reojo, como si tuviera miedo de escucharlo y al mismo tiempo lo deseara.

―Alexander... yo... ―me muerdo el labio, intentando no quebrarme― no puedo seguir haciendo esto. No puedo seguir estando en medio.― Mi voz tiembla.―Me siento como la peor persona del mundo.

―No lo eres ―dice él enseguida, con una firmeza que me sorprende―. No eres mala. No estás jugando con nadie. Estás confundida porque tus sentimientos cambiaron, porque tu vida cambió... porque yo llegué y lo arruiné todo.

Lo miro.

Él baja la cabeza un segundo, respira hondo y aprieta la mandíbula.

―No debí acercarme tanto ―susurra―. No debí mirarte como te miro. No debí tocarte.― Se pasa una mano por el rostro.—Pero no pude evitarlo. No sé cómo evitarlo.

Mi corazón se hace un nudo.

―No quiero lastimarlo ―digo, con la voz rota―. Elliot no merece esto.

―Y yo sí ―responde él, sin dudarlo.

Lo miro, sorprendida.

Alexander se gira hacia mí por completo. Sus ojos arden. No de rabia.

De amor.
De desesperación.

―Si alguien va a salir herido en todo esto, que sea yo ―dice con calma, como si hablara de algo lógico―. Él tiene tu promesa. Yo no tengo nada, Isabella.― Respira hondo.―Y aun así te amo. Aun así estaría dispuesto a soportarlo todo con tal de tener aunque sea una parte de ti.

Las lágrimas se me escapan sin permiso.

―No digas eso... ―susurro― no digas que no tienes nada.

Él me mira como si acabara de decir la mentira más grande del mundo.

―¿Y qué tengo? ―pregunta suave, con un brillo de dolor en los ojos―. ¿Tus dudas? ¿Tus lágrimas? ¿Tus miedos?― Niega lentamente.― Tú te vas con él. Yo me quedo aquí, con esto ―lleva una mano a su pecho― con lo que siento por ti, sin poder hacer nada.

Me cubro la boca para no sollozar.

Él se mueve apenas un poco, lo suficiente para acercarse.

―Isabella... mírame.

Obedezco. Y me arrepiento. Porque verlo así me destroza por dentro.

―No quiero presionarte ―dice, cada palabra marcando su respiración―. No quiero obligarte a decidir nada hoy.― Mi pecho se aprieta.― Pero tampoco voy a fingir que no pasó nada. Porque sí pasó. Y no fue un error.

Yo cierro los ojos y asiento despacio, lágrimas cayendo sin control.

―No lo fue ―confieso―. Dios, Alexander... no lo fue.

Él respira hondo, como si esas palabras fueran un golpe directo a su corazón.

Se inclina hacia mí solo un poco, lo suficiente para que nuestras frentes casi se toquen.
Casi. Pero no.

―Te juro ―dice bajito― que no voy a tocarte si tú no lo quieres.― Traga saliva.― Pero no me pidas que deje de amarte. No puedo.

Mi alma se rompe en ese instante.

Acerco mi mano temblorosa a la suya, solo para enlazar nuestros dedos por un segundo... un segundo que dura una eternidad... antes de apartarla, porque no debo, porque me duele, porque es demasiado.

Él baja la mirada cuando lo hago.

Pero no me suelta del todo.
Sus ojos vuelven a los míos, llenos de algo que me quema y me salva al mismo tiempo.

―No importa qué decidas ―dice, más suave que nunca―. Yo voy a estar aquí. No voy a marcharme.

Mi voz sale apenas audible:

―Tengo miedo.

―Yo también ―admite―. Pero por primera vez en años... también tengo algo por lo que vale la pena tenerlo.

Nos quedamos así.

Cerca.
Demasiado cerca.
Pero sin tocarnos.
Respirando el mismo aire, compartiendo el mismo silencio cargado, sintiendo lo mismo y sin poder actuar sobre ello.

Y por primera vez, no sé si quiero salir corriendo... o quedarme para siempre.

El silencio entre nosotros es tan frágil que siento que cualquier palabra podría romperlo. Todavía tengo los ojos húmedos, la respiración inestable y el corazón golpeándome contra las costillas como si quisiera escapar.

Alexander está frente a mí, tan cerca que si estiro la mano podría tocarle el rostro... y sin embargo, tan lejos que duele.

Estoy a punto de decir algo —no sé qué— cuando tocan el timbre de la suite.

Los dos nos giramos hacia la puerta, tensos.

Alexander frunce el ceño.

―Debe ser Theo ―murmura, aunque su voz suena más a deseo que a certeza.

Da un paso hacia la entrada, pero antes de llegar se gira hacia mí y declara, firme:

―Quédate aquí. No salgas.

Asiento sin pensarlo. No porque quiera obedecerlo... Sino porque tengo miedo de quién esté ahí. De lo que pueda significar.

Alexander sale de la habitación y lo escucho abrir una puerta.

Yo no puedo quedarme quieta.
Me levanto, avanzo hasta la esquina abro apenas la puerta de la habitación, y me asomo apenas lo suficiente para ver.




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