Ramé

XVIII

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"Indeleble"

ALEXANDER

No recuerdo cuántos minutos llevaba sentado en aquel estacionamiento.

Quizás diez.

Quizás veinte.

Quizás más.

La verdad era que había perdido completamente la noción del tiempo.

Estaba apoyado contra el Bentley negro con los brazos cruzados sobre el pecho, observando distraídamente los vehículos que entraban y salían del hotel. El cielo gris de Cambridge amenazaba lluvia. El aire era frío. Húmedo. Típico de Inglaterra.

Pero yo apenas prestaba atención a nada de eso.

Mi mente seguía atrapada en la habitación.

En ella.

En Isabella.

En la forma en que había pronunciado aquellas palabras.

"Estoy enamorada."

Cerré los ojos un instante.

Maldición.

Todavía podía escuchar su voz.

Todavía podía sentir sus manos sujetando mi camisa.

Todavía podía sentir sus labios.

Y ahora estaba abajo, en un maldito estacionamiento, intentando convencerme de que debía mantener la cabeza fría.

Lo cual era imposible.

Absolutamente imposible.

―Tienes una cara horrible.

La voz de Theo me sacó de mis pensamientos.

Giré la cabeza.

Mi amigo estaba apoyado contra la puerta del conductor de su vehículo, sosteniendo un vaso de café recién comprado.

Me observaba con esa expresión de quien ya sabe exactamente lo que sucede.

Y no le gusta.

―Gracias ―respondí con ironía.

―Lo digo en serio.

Bebió un poco de café.

―Pareces un hombre que acaba de perder una guerra.

―No estoy de humor.

―Eso también lo veo.

Theo suspiró.

Llevábamos años siendo amigos.

Demasiados.

Lo suficiente para que pudiera leerme como un libro abierto.

Y eso era molesto.

―¿Quieres contarme qué demonios ocurrió?

―No.

―Perfecto.

Volvió a beber café.

―Entonces seguiré imaginando cosas.

No respondí.

Porque sabía perfectamente hacia dónde iba la conversación.

Theo me observó durante varios segundos.

―¿Tiene que ver con Isabella?

Apreté la mandíbula.

Theo soltó una risa sin humor.

―Sabía que sí.

―Theo...

―No. Escúchame tú.

Dejó el vaso sobre el techo de su coche.

―Llevo semanas observándote.

―¿Y?

―Y nunca te había visto así.

Desvié la mirada.

No quería hablar.

No quería explicar.

Porque si empezaba a hacerlo, tendría que admitir demasiadas cosas.

Cosas que ni siquiera yo mismo entendía completamente.

―Te estás enamorando.

Solté una carcajada amarga.

―Ya es un poco tarde para descubrirlo.

Theo me observó en silencio.

Y por primera vez pareció comprender la gravedad de la situación.

―Oh, hermano.

No añadió nada más. Porque no hacía falta.

Los dos sabíamos que Isabella tenía novio. Los dos sabíamos quién era ese novio.

Y los dos sabíamos que aquello terminaría mal.

Muy mal.

―¿Dónde está ella? ―preguntó finalmente.

Mi mirada subió automáticamente hacia las ventanas superiores del hotel.

―Con Elliot.

Theo hizo una mueca.

―Eso explica tu cara.

―Cállate.

―Solo digo la verdad.

Resoplé.

Luego me pasé una mano por el cabello.

Intentando ordenar mis pensamientos.

Intentando controlar la ansiedad.

Intentando convencerme de que debía marcharme.

Subir al coche. Volver a Londres. Alejarme de todo aquello.

Era lo más inteligente.

Lo más lógico. Lo más correcto.

Entonces la vi. Y todo dejó de importar.

Las puertas automáticas del hotel se abrieron.

Mi cuerpo se tensó inmediatamente. Porque reconocería aquella cabellera naranja en cualquier lugar del mundo.

Isabella.

Pero no estaba sola. Elliot venía detrás de ella.

No.

No detrás.

Sujetándola.

La tenía agarrada del brazo con fuerza. Demasiada fuerza.

Mi expresión se endureció.

Al principio pensé que estaba exagerando. Que simplemente discutían. Que era una pelea de pareja. Pero entonces vi el rostro de Isabella.

Vi cómo intentaba soltarse.

Vi cómo movía el brazo.

Vi la tensión en sus hombros.

Vi la incomodidad.

Y sentí algo romperse dentro de mí.

―Alexander.

Escuché a Theo.

Lejos.

Muy lejos.

Como si su voz viniera desde otro lugar.

Porque toda mi atención estaba puesta en ellos.

―Alexander, no.

Demasiado tarde.

Ya estaba caminando. Luego avanzando más rápido. Y después prácticamente corriendo.

No pensé. No razoné. No analicé consecuencias.

Solo vi a alguien lastimándola. Y reaccioné.

Elliot apenas tuvo tiempo de girarse cuando llegué hasta ellos.

Lo empujé con tanta fuerza que perdió el equilibrio.

Su mano soltó inmediatamente el brazo de Isabella.

―¿Qué demonios te pasa?

Mi voz salió grave. Peligrosamente grave.

Elliot retrocedió un paso.

Furioso.

―¿Estás loco?

No le respondí.

Porque mis ojos estaban sobre Isabella.

Su brazo estaba rojo. Marcado.

Mi mandíbula se tensó.

―¿Te hizo daño?

Ella abrió la boca.

Pero no respondió. Y eso fue suficiente.

―Alexander...

―¿Te hizo daño?

―Estoy bien.

Mentira. Lo vi en su expresión. Lo escuché en su voz.

―No te metas.― Dijo Elliot con expresión enojada, pero yo lo estaba muchísimo mas. Elliot volvió a acercarse. ―Esto no es asunto tuyo.

Entonces sí lo miré. Directamente. Y comprendí que estaba perdiendo la poca paciencia que me quedaba.

―¿No es asunto mío?

―No.

―La estás lastimando.

―Es mi mujer.

―No es una propiedad.




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