Ravenswood

Bienvenidos a Ravenswood

28 de Junio 2026.

Manejo mi Volkswagen New Beetle azul marino, con la canción “Hotel California” a todo volumen mientras canto el coro a todo pulmón con las ventanas abajo, dejando que el aire del verano me despeine. Con mis dedos golpeo el volante al ritmo de la música; a medida que avanzo por la carretera, el bosque denso de ambos lados empieza a tapar la luz del sol.

—“You can check out any time you like, but you can never leave”—cantó con una amplia sonrisa en mi rostro.

Antes de llegar al pueblo, observo el cartel de madera que, desgastado por el tiempo y las estaciones, se alza entre dos robles. Las letras, talladas a mano con trazos profundos, están pintadas en un dorado desvaído que aún brilla bajo los pocos rayos de sol que filtran las copas. En la base, flores silvestres —azules y blancas— han sido colocadas con cuidado, como si alguien las renovara cada mañana. Algunas hierbas altas se han acumulado en una esquina, y un pequeño cuervo posado sobre el letrero me observa con mirada fría.

«Ravenswood: un lugar al que siempre querrás volver». Sonrío al leerlo... pero algo en esas palabras, en ese “siempre querrás”, suena más como una advertencia que como una bienvenida.

Dejo atrás el cartel y me recibe un puente de estructura rústica, con un techo de tejas oscuras y vigas de un blanco opaco desgastado por el tiempo. El techo inclinado sobresale sutilmente para proteger la entrada, enmarcando la vía con una pequeña placa tallada que anuncia la llegada al condado.

Al cruzar por la carretera de dos carriles, el ambiente cambia de inmediato. Es un túnel de madera en penumbra donde la luz del sol solo entra filtrada a través de largas ventanas laterales rectangulares. El sonido del motor del coche se vuelve cavernoso, acompañado por el crujido constante de los tablones del suelo bajo los neumáticos. Observo cómo fluye un río debajo; el agua es cristalina, corriendo entre piedras redondas y orillas cubiertas de musgo húmedo. A los costados, el follaje es denso y vibrante; los árboles de arce y abedul lucen copas de un verde intenso que se reflejan en la superficie del agua.

Al mirar desde las ventanas laterales del puente, la vista se abre hacia el valle encajonado entre colinas. La carretera que sale del puente serpentea cuesta arriba hacia las primeras casas victorianas de Ravenswood; una bruma suave matutina flota justo por encima del agua. A medida que me adentro en el pueblo por Main Street, la avenida principal de asfalto mojado, la vista es deslumbrante: árboles con follaje verde abundante alineados a los lados y la icónica torre de agua en el horizonte; todo transmite calma, calidez y esa sensación entrañable de pueblo pequeño de Nueva Inglaterra.

Al llegar al corazón del pueblo, noto cómo los habitantes caminan por el lugar con tranquilidad. Le echo una mirada a la plaza central, donde destaca un kiosko de madera blanca en medio del parque de césped bien cuidado; cafeterías acogedoras con letreros de madera y tiendas de antigüedades le dan al ambiente un encanto retro. Las personas que caminan por la acera me saludan con una gran sonrisa al verme pasar.

Estaciono el vehículo frente a la casa que acabo de comprar y un nudo se me forma en el estómago por los nervios de empezar una nueva vida, lejos de la ciudad y de mi pasado. Se trata de una estructura victoriana de dos pisos con techos inclinados, revestimiento de madera en tonos verde oliva pastel y marcos de ventanas pulidos en color blanco.

Abro la puerta del conductor y me bajo. Tomo la maleta del asiento del acompañante y la arrastro como puedo porque pesa demasiado; luego, cierro la puerta con el pie. Camino hacia el amplio porche, decorado con barandillas elaboradas, una mecedora de mimbre y cestas colgantes llenas de helechos. Desde donde estoy, la casa luce cálida y acogedora. Suelto un suspiro de emoción al notar que las ventanas del último piso están estratégicamente orientadas hacia las laderas del bosque y la torre de agua.

Camino arrastrando la maleta y subo los peldaños de la entrada. Abro la puerta principal y me recibe un pasillo en el que el suelo de madera cruje bajo mi peso. Cierro detrás de mí. A la derecha se alza la escalera principal, con una barandilla de roble oscuro que conduce al piso superior.

Avanzo hasta llegar a la sala de estar, presidida por una chimenea de ladrillo e iluminada por la luz que entra a través de las ventanas de guillotina. La cocina está integrada a la sala, separada tan solo por una encimera de madera; tiene estantes abiertos para frascos de vidrio y una puerta trasera que da directamente al patio posterior y al lindero del bosque.

Decido dirigirme a la segunda planta. Subo las escaleras arrastrando la maleta, que produce un golpe seco en cada escalón. Abro la puerta de mi habitación de un empujón con el pie izquierdo. El cuarto tiene un ventanal con un alféizar de madera cubierto de cojines, donde podré sentarme a leer o a mirar el pueblo.

Desde allí se ve perfectamente la carretera que lleva al puente cubierto y las puntas de las casas victorianas.

Dejo la maleta sobre la cama y la abro para comenzar a desempacar. La casa ya está amueblada a mi gusto. Conforme saco la ropa y la dejo doblada sobre las sábanas, el sonido del timbre en la puerta principal interrumpe de golpe mi tarea.

Abro la puerta principal y me encuentro con una mujer mayor, de cabello claro entre rubio y grisáceo, recogido en un peinado clásico de época. Su rostro refleja calma, con una sonrisa sutil y educada, y una mirada observadora. Lleva un vestido negro de cuello alto con finos pliegues en el pecho, donde destaca un broche ovalado, similar a un camafeo, prendido justo en el centro; también luce unos pendientes oscuros y discretos. Entre sus manos sostiene un pay de manzana.



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En el texto hay: secretos, pueblos, pueblo pequeño

Editado: 08.09.2026

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