Ray Member I

Prólogo

Mi madre había empezado a hervir la leche en el fogón ardiente de la sala para hacer Karak Chai, como acostumbrabamos a beber por las mañana. El calor se extendía por toda la estancia, como si afuera no hiciera ya el suficiente bochorno. Ella se veía cansada. Le dolían las piernas; estaban tan hinchadas que parecía costarle despegarlas del suelo para caminar.

​A pesar del dolor, siempre se levantaba para alimentarnos a mi hermana Nay y a mí, incluso ahora que acababa de dar a luz a la pequeña Holie. Por mi parte, yo me concentraba en tejer una red; quería tenerla lista para pescar para cuando mi padre volviera a casa y si tenia suerte me llevaria a uno de sus emocionantes viajes.

​Él era un buen pescador, viajaba mucho en barco. Regresaba con cada luna nueva para traernos provisiones y contarnos sus aventuras con ese "gran señor" al que llamaba Océano. Yo anhelaba seguir sus pasos: ser un hombre de mundo y atrapar mis propios peces para alimentar a mi madre y a Nay, porque Holie, por ahora, solo tomaba leche.

​Tras terminar de preparar el desayuno, mi madre se dirigió a mí. Yo seguía inmerso en mis pensamientos mientras luchaba para que los nudos de la red quedaran lo más perfectos posible.

​—Ray, hijo. Dile a tu hermana Nay que deje de estar jugando y venga a desayunar.

—De acuerdo, mamá.

​Salí de la choza y, al poco de andar, me crucé con unos vecinos de mi edad. Enseguida empezaron con las bromas de siempre sobre mi cabeza rapada. Yo desconocía por qué mis padres insistían tanto en mantener el color de mi cabello en secreto; al parecer, el color verde no era precisamente una bendición de los dioses. Por suerte, Nay había heredado el cabello rojo sangre de mi madre, mientras que yo... yo era el vivo retrato de mi padre.

​—¿Han visto a Nay? —Les pregunté.

—No molestes, cabeza de rodilla.— solto uno de ellos, provocando una carcajada general.

—Seguro decidió irse a vivir con una familia más normal —soltó uno de ellos con malicia.

​La furia me recorrió el cuerpo como un rayo.

—No te permitire que hables mal de mi familia—le advertí.

—¿Y que harás al respecto? ¿Llamar a tu padre? —se burló el chico. —Ah no, es verdad... Olvide que ya los abandono.

—¡¿Qué dices?! -exclamé-. Mi padre volverá pronto. Él viene cada lun...

—"Cada luna nueva"... ya lo sabemos. Siempre dices lo mismo.

​Me quedé desconcertado. Lo había repetido tantas veces que lo creía un hecho absoluto. Una verdad incuestionable. Pero era cierto: mi padre llevaba cinco lunas nuevas sin volver.

—Él no vendrá.—sentenció uno de ellos con crueldad.

​—¡Cállate! —grité, sintiendo que la rabia me quemaba la garganta.

​—¿Qué pasa aquí? —interrumpió Nay.

​Apareció cargando entre sus manos un pájaro de pelaje gris azulado palido y de pico rojo brillante. Los chicos se tensaron al verla.

​—Vámonos —anunció el que parecía ser el líder—. No pienso pelear con niñas —añadió, dándose la vuelta para alejarse a paso rápido.

​—¿A dónde creen que van? —espeté, intentando retenerlos para que la pelea no terminara ahí.

​—Déjalos, Ray —dijo Nay con una calma gélida.

​—Solo dicen mentiras —mascullé, aunque mis puños seguían apretados.

​—No les prestes atención.

​Me tranquilicé un poco y observé a mi hermana pequeña. Me preguntaba si de verdad aquellos tipos se habían retirado por "caballerosidad" o porque Nay les provocaba un miedo inexplicable. Había algo en ella, un aura sombría y misteriosa; cuando te sostenía la mirada con esos ojos verdes esmeralda, tendías a cuestionar tu propia existencia.

​—¿Qué tienes ahí? —pregunté, bajando la voz.

​—Es un perdiz.

—¿Como sabes cual es su especie?

—Por los libros de papá. En sus viajes, conoció muchas especies de animales, entre ellas estaba el perniz. Lo reconoci de inmediato en cuanto la vi.

​—Cierto, los libros... Pero, ¿Está muerta?—pregunté.

​—Sí. Se ve hermosa ¿no crees? —murmuró, acariciando las plumas yertas con una delicadeza que me erizó la piel.

Nay siempre había tenido esa forma particular de observar el mundo; donde otros veían algo perturbador o grotesco, ella encontraba una belleza extraña, una armonía en la rareza que nadie más lograba comprender.

​—¿Y qué vas a hacer con ella? —pregunté, observando cómo sostenía el cuerpo inerte con una delicadeza casi reverencial.

​—Voy a llevársela a mamá —respondió, y por un segundo, un brillo de entusiasmo asomó en sus ojos verdes.

​Solté un suspiro, imaginando la escena.

​—No creo que a mamá le agrade mucho la sorpresa, Nay. Probablemente pegue un grito.

​—Es cierto —admitió ella, bajando la cabeza con una decepción repentina que me encogió el corazón.

​—¿Qué tal si mejor le hacemos un funeral apropiado? —propuse, tratando de recuperar su ánimo—. Buscaremos un buen lugar bajo los árboles

​—De acuerdo —consintió, recuperando su serenidad habitual.

​Me acerqué y, en un gesto de cariño, le alboroté el cabello para disipar la extrañeza del momento.

​—No hagas eso, Ray —protestó ella en un susurro, aunque permaneció tan inmóvil como el pájaro que sostenía.

​Se quedó mirándome un momento, con esa intensidad que te hacía sentir expuesto dijo:

​—Me recuerdas a papá —añadió finalmente.

—Cuando él no está, soy yo quien debe protegerlas -sentencié.

—No hay peligro, Ray, es solo un pájaro.

​Me reí para mis adentros ante la inocencia de la pequeña; ella no comprendía a qué me refería realmente.

​—Por cierto, mamá preparó cebollas rellenas. Deberiamos ir a la casa antes que se enfrien ¿No crees?

—¡Mis favoritas! -exclamó Nay, saltando de alegría.
​No pude evitar contagiarme de su risa.

—Pero antes... debemos asistir a un funeral.

—Tienes razón-asintió ella, bajando la mirada hacia el pequeño pajarito.

Caminamos tras las dunas hasta encontrar un lugar apartado, donde no había más que arena en el horizonte. Allí realizamos el entierro. Las aves no eran animales comunes en el desierto de Zul-Dahar; lo más probable era que aquella hubiera muerto al no encontrar alimento.




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