Ray Member I

Capitulo I: Sodoma

DIEZ AÑOS DESPUÉS

​La sequía había alcanzado su punto más crítico. Ya no se encontraba ninguna presa que saciara el hambre por más de un par de días; las avestruces eran un recuerdo lejano. En su lugar, lo único que tenía a mano eran esos malditos escarabajos peloteros, de los cuales estaba harto de alimentarme.

​Arrastrando lo que quedaba de mi túnica, avanzaba por las dunas apoyado en un viejo bastón, mi único sustento para no desplomarme y terminar convertido en el banquete de los buitres que me acechaban desde que dejé la aldea. Solo ansiaba un poco de agua y algo real que llevarme a la boca, aunque dudaba tener las fuerzas para cazar tras diez días a base de insectos.

​De pronto, divisé un jerbo, un pequeño ratón saltarín. No era el festín que soñaba, pero superaba con creces a los escarabajos. Mientras me acercaba sigilosamente, imaginando ya el sabor de su carne, noté un movimiento tras unas rocas: un fénec también se preparaba para dar el salto. Nuestras miradas se cruzaron por un instante.

​—¡Maldito Zorro! — gruñí entre dientes— ¡Ese es mi almuerzo!

​En un descuido impropio de mi destreza, pisé una rama seca. El crujido alertó al roedor, que huyó despavorido al detectar a sus depredadores. El zorro y yo emprendimos una carrera desesperada; ese ratón era mi única esperanza de sobrevivir en la soledad del desierto. El animal me ganaba terreno, así que, viendo que mis fuerzas flaqueaban, comencé a lanzarle golpes con mi bastón para ganar algo de ventaja, aunque fuera haciendo trampa.

​Pero él era más rápido. Justo cuando mis pulmones empezaron a arder y reduje el paso, un gavilán descendió del cielo como un rayo, atrapó al jerbo entre sus garras y se elevó de nuevo en un parpadeo. El zorro se detuvo en seco, derrotado. Yo, que me había quedado unos pasos atrás, me quedé impactado un segundo antes de soltar una carcajada histérica. Me desplomé en la arena, usando mis últimos restos de energía para burlarme de nuestros intentos fallidos mientras miraba el cielo plagado de buitres.

​—Te robaron la presa, zorro estúpido. Y en tu propia cara -balbuceé entre risas—. Debiste ser más rápido...

​Al secarme las lágrimas de la risa, me incorporé y noté que el fénec se había esfumado. —¿A dónde se fue? —me pregunté. La respuesta llegó de inmediato: a unos cuantos metros, estaba rodeado.

​—Grandioso —dije con ironía—. Parece que hoy seré la comida de alguno de ustedes.

​Miré primero a las hienas y luego a los buitres que acechaban en el cielo. Las bestias comenzaron a acortar la distancia, cerrando el círculo hacia mi posición. Me puse de pie lentamente para no alterarlas; empezaba a escuchar su molesta risa burlona y el chasquido de sus dientes cubiertos de baba. Tenían hambre, al igual que yo, pero ellas eran cuatro y yo solo uno. Las posibilidades de ganar en un combate cuerpo a cuerpo eran nulas. En una ocasión me tocó pelear contra un coyote y, aunque ambos perdimos, al menos pude darle batalla; pero esta vez era diferente. Estaba exhausto; no había bebido una gota de agua en dos días.
​Así que opté por la decisión más cobarde y, tal vez, la más absurda: correr.

​Salí disparado lo más rápido que pude. Las hienas eran veloces, pero también se les notaba el rigor del desierto. Me adentré en un bosque yermo usando los árboles como distracción; me deslicé por varias dunas hasta que terminé rodando por ellas. La arena en los pies era un suplicio: disminuía mi velocidad y hacía que cada paso fuera más pesado. Cuando sentía que por fin las había dejado atrás, una hiena apareció por mi derecha y me hundió los colmillos en el brazo. La golpeé con el puño para apartarla y, aunque sangraba, no me detuve. El animal a mi espalda tampoco lo hizo.

​Cuando sentí que mis fuerzas se habían agotado, el camino me puso frente a una muralla gigante e imponente. «¿Desde cuándo está eso ahí?», me pregunté. Nunca había dejado mi aldea, y esta vez me había alejado tanto que no reconocía el terreno; solo el instinto de supervivencia me había traído hasta aquí. De pronto, escuché voces. Arriba, en la muralla, había personas. Me di cuenta de que aquello no era una simple pared, sino la puerta hacia algo desconocido. Grité y gesticulé desesperadamente para llamar su atención.
​Uno de ellos, que portaba una armadura de plata y empuñaba una lanza, me vio. Inmediatamente alertó a los demás y en cuestión de segundos rodearon el borde del muro. Me gritaron desde lo alto:

​—¿Quién eres?

​—¡Por favor, déjenme entrar! Me persiguen unas hienas...

​—Pregunté: ¿quién eres? —insistió el sujeto, esta vez apuntándome con una ballesta.

​Mi rostro era pura confusión. El hombre no parecía entender la gravedad de la situación; es más, ni siquiera le importaba. Así que accedí a responder.

​—Soy Ray... Ray Member —dije con las manos en alto.

​De pronto, las hienas reaparecieron ante mis ojos. Era mi fin. Había agotado todas mis energías. Si este era el día de mi muerte, preferiría mil veces morir por una saeta que ser despedazado por esos animales que tanto aborrecía.

​Entonces, escuché las palabras mágicas: "Abran la puerta".

​Me volví hacia la muralla y, ante mis ojos, se abrió un umbral que parecía emitir luz propia. Corrí hacia ella casi arrastrándome. Al cruzar, una verja de madera con puntas afiladas comenzó a descender rápidamente. Justo cuando una de las hienas saltó para entrar, su feroz mordida fue interrumpida por un perno de ballesta que la atravesó, matándola de inmediato. Me quedé asombrado: esa flecha me habría atravesado a mí de no ser por un cálculo de segundos.

​Las hienas restantes se retiraron hacia el desierto. Pude respirar. Miré al soldado y al mundo que se abría ante mí, pero cuando me dispuse a dar un paso para agradecerle, tres hombres vestidos igual se abalanzaron sobre mí. Me obligaron a hincar las rodillas y colocaron un pesado grillete en mis muñecas que impedía cualquier movimiento.




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