Ray Member I

Capitulo II: Erace Una Princesa

La oficina del Capitán de la Guardia Real de Sodoma estaba flanqueada por hombres de armaduras plateadas. Eran imponentes, con las manos soldadas a las empuñaduras de sus espadas, listos para desenvainarlas ante el menor atisbo de irregularidad. Sin embargo, pese a su presencia marcial, la verdadera amenaza se sentaba tras el escritorio.

​Sobre el pesado mueble de roble descansaba una montaña de papeleo indescifrable y, tras ella, la figura que custodiaba la seguridad de toda la nación: un bebé. Resultaba absurdo, pero la sola presencia de aquel infante destilaba una energía que no pertenecía a este mundo; algo demoníaco, inhumano. Lo más inquietante era que nadie parecía notarlo, o quizás lo sabían tan bien que preferían ignorarlo para conservar la cordura.

​Habían pasado unos días desde mi sentencia. Allí estaba yo, de pie junto al escritorio, embutido en un ridículo disfraz de bufón. Mi "sagrado" deber era entretener al capitán cuando el tedio lo venciera y susurrarle cuentos de cuna para arrullarlo. Preferiría la horca antes que seguir respirando un minuto más dentro de aquel traje de colores chillones.

​De pronto, el bebé dio por terminados sus deberes y soltó un bostezo. Era la hora de la siesta. Extendió sus pequeños brazos hacia mí con una naturalidad escalofriante.

​—¿Es en serio? —me pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Seré su niñera el resto de mi vida?

​Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que buscaba mi quiebre emocional; quería verme explotar, pero no le daría ese gusto. Lo cargué con cuidado y lo deposité en la cuna de seda que aguardaba junto al escritorio.

​—Cuéntame un cuento, forastero —ordenó con esa voz profunda que no encajaba con su fisonomía.

​—Mi nombre es Ray —repliqué, intentando sostener un resto de dignidad.

​—Eres un esclavo; para la civilización, careces de nombre.

​Al verlo allí acostado, aparentemente vulnerable, los pensamientos intrusivos comenzaron a martillear mi cráneo. Sería tan fácil... tomar una almohada y asfixiarlo, o usar el mazo de su escritorio hasta que su respiración cesara. Me obligué a controlar el pulso. Respiré hondo, enterrando el odio bajo la máscara del bufón.

​—Quiero escuchar de nuevo el de la mujer desollada — soltó una carcajada estridente que erizó mi piel.

​Mis ojos se encendieron de ira en cuestión de segundos. Me habían obligado a confesar mi pasado y ahora lo usaba para torturarme.

​—Esa mujer era mi madre... —murmuré con la voz quebrada.

​—¿Qué cara pusiste al verla? —preguntó con una mirada sádica.

​Mi puño se apretaba con tal fuerza que los nudillos palidecieron. Estaba a punto de estallar cuando la puerta se abrió de golpe. Un hombre de estatura imponente cruzó el umbral. Bajo una melena azabache, sus ojos refulgían con un rojo antinatural, destacando sobre una piel tan pálida que parecía mármol frío. No caminaba, se desplazaba con la rigidez de un cadáver. El parecido con el comandante era impresionante; eran dos gotas de agua en cuerpos distintos.

​—¿Qué haces? —se dirigió directamente al bebé, ignorándome por completo—. ¿Es tu hora de la siesta?

​—¿A qué has venido? —gruñó el pequeño comandante.

​—El Rey dará una fiesta de cumpleaños esta noche para la princesa. Exige nuestra presencia en el palacio.

​—Ah, cierto... Nuestra molesta hermana cumple su mayoría de edad.

​—¿Hermana? —solté sin pensar.

​Ambos clavaron su atención en mí.

​—¿Y tú quién eres? —preguntó el adulto, recorriendo mi traje de colores de arriba abajo con desprecio.

​—No es nadie. Es mi sirviente —sentenció el bebé.

​—Como sea, debes ir. De lo contrario, el Rey lo verá como un desprecio. Una cosa más... —El hombre se detuvo en seco. Me miró y pareció arrepentirse de lo que iba a decir.

​El bebé captó el mensaje de inmediato.

​—Puedes enviarme una carta con el último reporte de Calcinia; no hace falta discutirlo hoy.

​—Tienes razón. En cuanto llegue a la prisión, te enviaré el informe —respondió el joven, visiblemente tenso.

​Algo sucedía. Ese reporte sobre la cárcel era un secreto que solo ellos debían manejar. Tras despedirse, el hombre abandonó la estancia y el bebé volvió su mirada hacia mí.

​—Te daré tu primera tarea. Irás a la ciudad y comprarás el atuendo que usaré esta noche. Que sea el más costoso de las mejores tiendas. También comprarás un regalo para la princesa; algo sencillo e insignificante, total, ella ya lo tiene todo. Ah, y quiero zapatos nuevos.

​—¿A la princesa? ¿Y cómo voy a saber qué le gusta a una mujer de la realeza?

​—No lo sé, arreglatelas como puedas.

​—Pero... es su hermana. Usted debería saber...

​—Eso es todo. Vete ya, antes de que anochezca.

​Me disponía a salir cuando su voz me detuvo una última vez, cargada de veneno:

​—No creerás que te dejaré ir solo.

​Un soldado que estaba a su lado dio un paso al frente y se pronunció:




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