Ray Member I

Capitulo III: Casi Un Esposo

Avanzábamos por los pasillos de Sodoma. Entre los muros, discutíamos en susurros la estructura de nuestro plan de rescate, aunque Daniels no hacía más que quejarse:

​—Nos matarán. Estamos acabados... Será mi fin por tu culpa, ¡por querértelas dar de héroe! —sollozó, con la voz quebrada por el pánico.

​Me detuve en seco y me giré para encararlo.

​—Eres demasiado cobarde para haber sido un "soldado" -solté una carcajada burlona.

​—¡No soy cobarde! —replicó de inmediato—. Tú eres un maldito inconsciente.

​—Lo soy porque sé que nos irá bien. Además, no pienso volver a cantar canciones de cuna.

​—¿Y qué tiene eso de malo? Al menos conservarías el pellejo pegado al cuerpo.

​—Quisiera verte intentarlo —desafié—. Por cierto, ¿por qué le temes tanto a un "bebé"? Parece que todos aquí comparten ese mismo terror.

​Daniels se detuvo y me obligó a mirarlo a los ojos. Su rostro estaba pálido.

​—No es solo un bebé... —dijo con una seriedad que me heló la sangre.-He visto lo que es capaz de hacer...

​—¿Qué es, entonces? ¿Qué es él? —pregunté. El miedo empezó a filtrarse en mi voz; en el fondo, sospechaba que no nos enfrentábamos a una criatura cualquiera.

​De pronto, el eco de botas pesadas resonó entre las grietas de los muros. Una patrulla de guardias se aproximaba.

​—Sigan buscando! -ordenó un soldado alto y robusto-. No debeestar muy lejos —gruñó, antes de lanzar un escupitajo al suelo.

​—¿A quién buscan? —susurré, pegándome a la pared.

​—¡A ti, lógicamente! —siseó Daniels—. Debimos haber vuelto hace horas.

​—No estoy tan seguro —dije, asomándome por una rendija—. Pero si es así, debemos darnos prisa.

​En ese instante, uno de los soldados hizo contacto visual conmigo. Sus ojos se abrieron de par en par antes de gritar:

​—¡Aquí está! ¡Encontré al forastero!

​—Mierda! —Daniels retrocedió, tropezando con sus propios pies—. ¡Te lo dije! Jamás saldremos con vida de aquí.

​—Tenías razón. Es a nosotros a quienes buscan.

​—¿"Nosotros"? -gritó él, histérico—. ¡Tú me metiste en esto!

​—¡Corre! ¡CORRE! —bramé al ver que el grupo de guardias se amontonaba para entrar al pasillo.

​Daniels empezó a jadear y a agitar las piernas en el sitio, una mezcla de nervios y adrenalina, antes de salir disparado detrás de mí.

​—¿Y ahora qué? ¿Qué vamos a hacer? —preguntó mientras esquivábamos escombros.

​—Ya te lo dije: debemos llegar a la casa de subastas.

​—¡Me refiero a cómo vamos a salir vivos de esta!

​—Ah, sobre eso... —Le dediqué una mirada de
soslayo, restándole importancia al asunto con una sonrisa ladeada.

​—¡¿Sobre eso, qué?!

​—Correr —finalicé.

​—Si salimos vivos, yo mismo te mataré —gruñó Daniels entre dientes.

​Me eché a reír a carcajadas, disfrutando de la locura del momento. Divisé un agujero en la parte alta de los muros y me percaté de que los guardias ya estaban en el pasillo; el estrépito de sus armaduras metálicas se sentía cada vez más cerca. Me escurrí por la abertura y le tendí la mano a Daniels. Él la tomó sin dudarlo; aunque el terror lo consumía, algo en su mirada me decía que, muy a su pesar, confiaba en mí.

​Ganamos altura hasta alcanzar los tejados. Antes de continuar, le dedicamos un breve vistazo a la ciudad y, tras elegir una dirección al azar, echamos a correr sobre las tejas. A nuestro paso, se escuchaban las quejas de los habitantes en el interior de las casas. Escalamos un edificio alto de barro y, al llegar a la cima, miré hacia atrás: los guardias nos seguían los talones.

​Apresuré el paso, buscando desesperadamente un rincón donde perdernos de su vista.

​—¿Esta es tu gran idea? ¿Saltar por los tejados? —reprochó Daniels, con el aliento entrecortado.

​—¡Qué molesto eres! —le espeté, mientras mis ojos escaneaban desesperadamente el entorno en busca de una salida—. ¡Por allá!

​Daniels me siguió el paso sin dudarlo.

​Empezamos a saltar de techo en techo, desafiando la gravedad en cada zancada. En realidad, no tenía ningún plan, pero mi fingida seguridad lograba que él mantuviera la confianza y no se desplomara allí mismo.

​De pronto, los gritos de los guardias rasgaron el aire justo detrás de nosotros:

​—¡Alto! —tronó la voz del soldado robusto—. ¡Deténganse ahora mismo, en nombre de Sodoma!

​—¡Vaya, estos sí que se toman en serio su trabajo! —exclamó Daniels, viendo cómo los guardias no cedían.

​De pronto, sujeté a Daniels por la muñeca y saltamos hacia la terraza de una casa. Atravesamos a ciegas un tendedero lleno de sábanas que nos golpearon el rostro; para nuestra suerte, estaban recién lavadas, por lo que salimos de allí empapados y oliendo a jabón.

​Al salir del laberinto de ropa, nos topamos de frente con la dueña de la casa, que sostenía una cesta repleta. La mujer soltó un grito de puro susto e intentó asestarme un golpe con el canasto, pero fui más rápido y me agaché. Para desgracia de Daniels, fue él quien terminó recibiendo el impacto de lleno.




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