Ray Member I

Capitulo IV: Luna Roja

-¿Me estás queriendo decir que no usastes tus poderes nunca, solo porque tu padre te lo prohibió de niño? -preguntó Daniels, mientras caminaba por las calles de Sodoma intentando mezclarse con la multitud.

​-Exactamente -respondí. Mis ojos escaneaban el entorno en busca de cualquier rincón sospechoso que delatara un negocio turbio, pero todo parecía extremadamente normal-. ¿Estás seguro de que sabes a dónde llevan a las criaturas mágicas?
​-Si te soy sincero... solo vine una vez -confesó Daniels, y en su vacilación supe que estábamos perdidos.
​-No lo sabes. Lo puedo ver en tus ojos, ¡maldición! Estamos perdidos.
​De pronto, noté que varias personas a nuestro alrededor ralentizaban el paso; parecían más interesadas en nuestra conversación que en sus propios asuntos. Daniels me tomó firmemente del brazo y me empujó contra la pared de un callejón.
​-Baja la voz -siseó-. El Engendro tiene ojos y oídos en cada rincón de esta ciudad.
​-¿Entonces qué hacemos? -inquirí, sintiendo el peso de la urgencia-. Se nos acaba el tiempo. Mientras más nos retrasemos, menos probabilidades tendremos de salvar a esas personas.
​-Lo sé -asintió Daniels, con el rostro ensombrecido por la seriedad.
​En ese momento, un hombre gordo y ostentoso captó nuestra atención. Iba cubierto de joyas y ropas demasiado finas para el barro y los charcos de ese humilde distrito de Sodoma. Caminaba con la nariz arrugada, como si el aire mismo le apestara. Acababa de salir de un establecimiento con el letrero de «Droguería». ¿Qué demonios hacía alguien como él en un lugar así? Detrás de él, dos hombres corpulentos cargaban una pesada caja de madera que, curiosamente, se sacudía. Con cada movimiento brusco, filtraba agua por las rendijas.
​Un carruaje los esperaba un poco más adelante. Dentro vi a un sujeto imposible de olvidar: piel pálida y ojos carmesí... El mismo individuo que había visitado al comandante en su oficina.

​Daniels desvió la mirada rápidamente para evitar ser reconocido; era evidente que también sabía quién era. Cuando el carruaje estuvo a una distancia segura, me miró y susurró:

​-Es ese hombre...

​-Yo también lo recuerdo... -respondí, con un nudo en el estómago.
​Tras asegurar el cargamento, el hombre gordo intercambió unas palabras de agradecimiento con el de ojos carmesí, dibujando una sonrisa pretenciosa. Los lacayos cerraron las puertas del carruaje y este se puso en marcha.
​-Daniels... en esa caja... ¿qué llevaban? -pregunté, aunque la respuesta ya me quemaba por dentro.
​Él me miró en silencio, sabiendo que la pregunta era retórica.
​Lleno de impotencia, apreté los puños y aceleré el paso para seguirlos, pero Daniels me detuvo en seco, sujetándome del hombro.
​-¿Qué piensas hacer?
​-Ir tras ellos. Se llevan a una persona en esa puta caja -dije, masticando la rabia-. ¿Y qué se supone que hagamos? ¿Solo quedarnos a mirar?
​-No lograremos hacer nada si nos capturan -sentenció. Sus palabras, frías y lógicas, me hicieron entrar en razón lentamente.
​-¡Eh! -tronó una voz a nuestras espaldas. Un hombre musculoso había salido de la supuesta droguería-. ¿Qué hacen ustedes aquí? ¿Qué están buscando?
​Nos giramos al mismo tiempo.
​-Solo estamos de paso -respondió Daniels. Yo estaba demasiado alterado como para confiar en mi propia lengua.
​-¡No pueden estar aquí! -escupió el hombre-. Esto es propiedad privada.
​-Disculpe... nos perdimos -intervino Daniels, cambiando el tono a uno más sumiso y calculador-. En realidad, buscábamos un lugar donde adquirir mercancía valiosa.
​El hombre entornó los ojos, captando la indirecta de inmediato.
​-¿De qué clase de mercancía estamos hablando?
​-Exótica y fascinante -respondió Daniels. Una chispa de codicia brilló en la mirada del matón.
​-¿Traen dinero? -Nos tasó de pies a cabeza con desprecio.
​-Por supuesto. Soy mercader -aseguró Daniels, abriendo los brazos para exhibir las costuras de su atuendo.
​-¿Y quién es él? -preguntó, clavando sus ojos en mí.
​Estaba a punto de soltar toda la furia que contenía mi mente, pero Daniels fue más rápido y me tapó la boca con la palma de la mano.
​-¿Tiene algo que decir el muchacho? -preguntó el hombre, desconfiado.
​-Es mi hermano -mintió Daniels, regalándole una sonrisa disculpable-. Es mudo y algo temperamental. Solo queremos comprar e irnos de vuelta a nuestro pueblo.
​El sujeto nos evaluó un segundo más antes de asentir con la cabeza.
​-Vengan por aquí.

En cuanto empezamos a caminar detrás del sujeto, le metí un codazo en las costillas a Daniels y le susurré con rabia:
​-¿Por qué demonios dijiste que era mudo?
​-Así no tendré que oírte por un rato -respondió burlón, sin mirarme-. Déjamelo a mí. Tú solo vas a arruinarlo.
​Pronto entramos a la droguería. Efectivamente, el frente del negocio vendía medicamentos legítimos. Detrás del mostrador, una anciana de rasgos asiáticos contaba fajos de dinero y se apresuró a guardarlos en una caja fuerte en cuanto nos vio entrar. Nos lanzó una mirada severa y juzgadora. Nuestro guía la ignoró por completo; nosotros, aunque quisimos, no pudimos hacer lo mismo.
​El hombre abrió una puerta de madera al fondo que conducía a lo que parecía ser un sótano. Al bajar las escaleras, el aire se volvió pesado, oscuro e incluso podia jurar haber sentido una especie de barrera de energía.
Mantuve las manos tensas, listas para desplegar mis hilos en caso de que aquello fuera una emboscada. Por suerte, no lo fue.
​Al final del pasillo entramos a un espacio enorme y ruidoso, iluminado por cientos de velas parpadeantes. El lugar estaba repleto de hombres barbudos de finas túnicas y brillantes anillos. En el centro, varias hadas de tamaño humano, encadenadas con pesados grilletes en los tobillos, se veían obligadas a bailar con vestimenta que dejaba a la vista sus atributos y siluetas femeninas para el entretenimiento de los clientes.
​Era este lugar. El que estábamos buscando, pensé.
​Una mujer gitana cantaba sobre una tarima para animar el ambiente, pero sus ojos reflejaban la misma sumisión y miedo que los de las hadas. En un rincón, destacaba una pecera colosal que albergaba todo tipo de criaturas marinas cuya existencia jamás habría imaginado. Daniels estaba igual o más estupefacto que yo.
​-Tomen asiento -nos indicó el gigantón-. Les enviaré a unas chica para que los entretenga, ¿entienden? -Le guiñó un ojo a Daniels y le plantó una fuerte palmada en la espalda. Por la forma en que Daniels acusó el golpe, supe que estaba calculando mentalmente la fuerza bruta de ese hombre.
​Daniels soltó una risa nerviosa.
​A mí, en cambio, la furia me deformó el rostro en un instante. Había criaturas encadenadas por doquier, sometidas al capricho de los humanos que se reían y se divertían a su costa.
​-Actúa normal, Ray -me siseó Daniels al notar mi expresión.
​Caminamos hacia una mesa libre. De inmediato, una mujer robusta dejó caer un pesado barril de cerveza frente a Daniels. Él levantó la cabeza para agradecerle, pero al verle el rostro, el grito se le atoró en la garganta y retrocedió de golpe. La mujer tenía un solo ojo enorme que le abarcaba casi toda la cara, parpadeando con pesadez cada pocos segundos.
​-¿Te pasa algo, muchacho? ¿O es que nunca has visto un cíclope? -preguntó ella con voz ronca.
​-No, no es eso... -balbuceó Daniels, tomando el barril con manos temblorosas para darle un sorbo largo y ansioso.
​La cíclope se retiró hacia la barra. Desde nuestra mesa, la vimos intercambiar unas palabras sospechosas con los matones que custodiaban la entrada.
​-Mierda, creo que nos descubrieron -susurró Daniels, alarmado-. ¡Ray! ¿Qué pasa contigo?
​Yo no le estaba prestando atención; tenía la mirada clavada en una ruleta gigante que giraba en el fondo, con pequeñas criaturas atrapadas en su interior con un cartel puesto en su cuello de un precio en libras. No quedaba ni un rastro de dignidad en sus ojos.
​-No lo veo -dije, ignorando su advertencia.
​-¿A quién?
​-A Claus, el elfo. No parece estar aquí -respondí, escaneando cada rincón del sótano.
​-Si no está, deberíamos largarnos ya mismo -propuso Daniels, amagando con levantarse de la silla.
​Sin embargo, antes de que pudiera ponerse en pie, dos mujeres -una elfa y un hada- aparecieron de la nada y se envolvieron afectuosamente alrededor de sus brazos.
​-O... tal vez deberíamos quedarnos un rato más... -corrigió Daniels, contemplando embobado la belleza de ambas criaturas.
​-Iré a buscarlo -anuncié, ansioso por moverme antes de quedar atrapado en las garras de aquellas mujeres.
​-¡Ray, no me dejes solo con estas féminas! -pidió Daniels, aunque su sonrisa delataba que estaba encantado de la vida.
​-¿Pensabas irte a algún lado? -preguntó la elfa, fijando sus ojos en Daniels.
​-No, no, para nada. Solo hablaba con mi amigo -respondió él, poniéndose un poco nervioso mientras bajaba la mirada, inevitablemente, hacia el escote de la mujer.
​-La encargada nos dijo que estabas algo tenso -añadió la elfa, comenzando a masajearle los hombros y el cuello-. Nos envió para aliviar tus nervios.
​-Vaya... qué considerada -alcanzó a decir Daniels, con la respiración un poco entrecortada.
​-No tienes por qué estar nervioso si es tu primera vez -le susurró el hada al oído.
​-¡¿Mi primera vez?! ¡Qué va! -se jactó Daniels, recuperando la confianza por completo-. Tengo muchísima experiencia en esto.
​-Podemos ir a un lugar más privado si lo deseas -sugirió la elfa de cabello rubio, señalando unos pasillos apartados.
​-Sí, claro. Desde luego... -asintió Daniels, levantándose de inmediato junto a las chicas para desaparecer en la penumbra del burdel.




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