Tras los vestidores se abrían varias habitaciones donde las mujeres de compañía prestaban sus servicios especiales. Daniels estaba tan nervioso que no lo podía disimular; las palmas de las manos le sudaban frío. En realidad, nunca había estado con una mujer. Las adoraba, les rendía pleitesía y creía firmemente que eran un regalo de los dioses, criaturas de una belleza inigualable. Sin embargo, su experiencia íntima con el sexo femenino era nula. No quería parecer un tonto frente a ellas; debía comportarse como un hombre, aunque las piernas le temblaran como gelatina.
La elfa de cabello dorado fue la primera en romper el hielo. Una vez que entraron a la habitación, se acercó y le dio un beso en los labios. Las mejillas de Daniels se encendieron al instante. Acto seguido, la otra joven, un hada, comenzó a besarlo despacio. Entre beso y beso, la vergüenza y la timidez se vieron obligadas a abandonar la habitación.
Sin embargo, en medio de aquella danza de labios, Daniels notó una profunda incomodidad en los ojos de la elfa. Se detuvo en seco.
—No tienes que hacer esto si no quieres —dijo, tomándola suavemente de la cintura para apartarla un poco de su rostro.
—¿Qué estás haciendo, Chloe? —intervino la otra chica con tono indignado, intentando reprender a su compañera por salirse del papel.
Daniels observó los gestos de ambas, se alejó y se levantó de la cama.
De repente, la elfa rompió a llorar, mostrándose completamente vulnerable. No paraba de disculparse mientras intentaba secar en vano las lágrimas que brotaban de sus ojos.
—Lo siento, lo siento tanto... —sollozó.
Daniels se sintió abrumado. Si había algo que odiaba en el mundo, era ver llorar a una mujer; él las admiraba con devoción. Respiró hondo y chasqueó los dientes, pensando en cómo reaccionar. Por como cursaban las cosas, esta noche prometia a ser la noche más anhelada de su vida, y nada menos que junto a dos mujeres hermosas. Debería sentirse en la gloria, pero la realidad era otra. Se sentía pésimo, invadido por una culpa tremenda sin haber hecho nada, aún.
—Perdónela, está un poco sensible —dijo el hada, intentando reconfortar a su compañera—. En unos segundos estará lista para usted, mi señor.
—¿Las están obligando a hacer esto? —preguntó Daniels—. Parecían disfrutarlo... No creí que fuera una fachada.
—No, para nada —respondió ella con nerviosismo—. Nosotras... para esto estamos aquí. Para complacer a los clientes.
—No tienen que mentir. Este lugar las obliga a hacer cosas que no quieren —insistió Daniels—. Ahora soy yo el que se siente fatal... —Añadió, dejándose caer en un cojín cercano con la cabeza baja.
—Por favor, no le diga a los guardias que no pudimos complacerlo... Es que... a nosotras... —suplicó el hada, asustada.
—No digan más —la interrumpió Daniels. Se acercó a la joven que seguía sollozando, sacó un pañuelo de su bolsillo —el cual siempre llevaba listo para estas ocasiones— y le limpió con delicadeza las mejillas empapadas—. No es necesario que se excusen.
Se levantó y las miró fijamente.
—¿Qué les harían si supieran la verdad? ¿Las castigarían?
—Algo mucho peor —respondió Chloe, angustiada.
—No debemos decir nada, recuerda. No sabemos nada de él, podría ser incluso... —advirtió el hada.
—Lo siento, Hanna. Es solo que pensar que mi hermano está ahí fuera, herido y desangrándose, me tiene muy mal —confesó Chloe, rota por la angustia.
—Chloe y Hanna, ¿cierto? —dijo Daniels—. Miren, sé que no me conocen y no tienen por qué confiar en mí, pero les juro por mi vida que mi intención no es hacerles daño.
Ambas asintieron en silencio, procesando sus palabras.
De pronto, un ruido apagado provino del exterior. Las chicas se tensaron al instante; reconocían perfectamente el tintineo de esas llaves. Siempre que atendían a un cliente eran supervisadas tras la puerta para corroborar que el acto se cumpliera sin contratiempos. Lo único que esperaban los de afuera era la recompensa prometida: la sonrisa satisfecha de los hombres al salir de la habitación.
Daniels notó el pánico reflejado en sus rostros. Con un gesto de la mano les indicó que guardaran silencio y se incorporó con sigilo para espiar a través de la rejilla de la puerta.
—Por favor, no la abra —susurró Hanna, conteniendo el aliento.
Daniels se retiró de la puerta lentamente y volvió a acercarse a ellas.
—Tendremos que hablar más bajo, podrian escucharnos perfectamente—murmuró—. ¿Qué les parece si nos tomamos estos... qué, cuarenta y cinco minutos? Es lo que dura normalmente, ¿no?
—A veces suele extenderse más... —respondió Chloe con un hilo de voz.
—Ya no piensen en eso —dijo Daniels, dedicándoles una mirada cálida—. Solo relájense... ¿Dijistes que tienes un hermano aquí también?
Chloe estalló en llanto inexplicablemente.
—¿Dije algo malo? —Daniels se asustó, perdiendo su postura relajada para ponerse tenso al instante.
—Es solo que... hoy eligieron a los elfos con mejor gracia divina y, bueno, su hermano estaba entre los elegidos—explicó Hanna—. Para el ritual de la luna roja.
—¿Un ritual? ¿Con fines satánicos y algo así? —preguntó Daniels.
—Sí. Se dedican a beber la sangre de una persona mientras esta aún agoniza —respondió Hanna con un hilo de voz.—Asi obtienen sus propiedades y dones otorgadas por la Diosa esmeralda.
—Es horrible... —Daniels sintió un escalofrío—Quiso preguntar sobre esa supuesta "Diosa" pero supuso que eran dioses que presendian de la devoción y fe de las personas del mundo mágico o de la comunidad Elfica, asi que no quiso indagar y cambio el tema. A uno más relevante en esta situación —¿Cual es el nombre de tu hermano, Chloe?
—Claus —dijo entre sollozos.
—Claus... Me parece que lo he oído antes —murmuró él. De pronto, abrió los ojos de par en par—. ¡Oh, mierda! —exclamó, levantándose de un salto.
Las chicas lo miraron detenidamente, sin entender su repentina reacción.