Ray Member I

Capitulo VI: Neutralización

Creía que la desesperación me había dominado. Pasé gran parte de mi vida esperando que mi padre regresara a la aldea; imaginaba una y otra vez la forma de decirle que mi madre y el resto de nuestra familia... simplemente ya no estaban en este mundo. A veces pensaba que los centauros tenían algo en contra de nosotros, incluso lo sentía como un ataque personal. Al haber sido el único en sobrevivir, en lugar de sentir alivio, lo experimentaba como un castigo. Cada latido de mi corazón se volvía más pesado y doloroso, imitando los últimos sonidos agónicos de mi madre y de cada persona que habitaba la aldea; aquellos que nos conocían y que también sentía como parte de mi sangre. Pero ahora yo era el único que quedaba para recordarlos. Debía mantenerme con vida, porque si yo olvidaba, ellos volverían a morir.

Mi padre, Railen Menmber, el hombre que más admiraba en el mundo, no volvió. Pasaron diez años. Muchas veces intenté marcharme para buscarlo, pero ¿a dónde podía ir? Solo sabía que era tripulante en una embarcación pesquera. Solía regresar con cada luna nueva, pero habían transcurrido ya ciento veinticuatro lunas y jamás apareció. Sentía que si me movía de allí, perdería el único punto de encuentro que nos unía, aunque a veces me asaltaba una duda cruel: tal vez él ya sabía lo que había ocurrido y no tenía razones para regresar. Pero ¿qué le costaba comprobarlo con sus propios ojos?, ¿o acaso sería demasiado doloroso para él?

Nada dolía más que enterrar a sesenta personas y darles un funeral adecuado, incluyendo a mi madre y a la pequeña Holie. Al cuerpo de Nay jamás lo encontré. Prefería pensar que estaba viva en algún lugar, que había hallado la forma de escapar y que, con lo lista que era, encontraría el camino de regreso. Todas las mañanas marcaba senderos de piedra alrededor de la aldea en ruinas para guiar sus pasos, aunque tuviera que luchar contra el viento del desierto, que se empecinaba en borrar cualquier rastro.

Los centauros jamás regresaron; de hecho, no volví a ver a un alma en este páramo. A veces, durante las noches más frías, las alucinaciones me dominaban: veía un destello de cabello rojo brillando en la oscuridad como una antorcha. Juraba que era Nay, jugando a las escondidas como antes. Corría tras esa luz con todas mis fuerzas, estirando los brazos lo más que podía, pero la distancia no se reducía y mis esperanzas se apagaban día tras día.

Hasta que, finalmente, olvidé la razón por la que me había quedado en ese pueblo fantasma. Tal vez, de alguna manera, deseaba que los centauros volvieran para concederme el honor de desaparecer. Así podría reunirme con ellos y dejar atrás esos sueños recurrentes de los que siempre despertaba llorando en la mejor parte: justo cuando juraba que todo era real.

* * *

Fui embestido una vez más por el demonio presumido; cada uno de sus golpes parecía duplicar su fuerza. Por mi mente cruzaba, repetitiva y cruel, la misma frase: no voy a poder. Pero tenía que salir victorioso. Aún no sabía cómo, pero debía hacerlo. Las personas de este lugar merecían la oportunidad de soñar con un futuro mejor que este miseria, y yo no planeaba quedarme sentado a esperar que alguien viniera a salvarlos. Si yo tenía la oportunidad de cambiar las cosas, lo iba a hacer, aunque me costara la vida.

El demonio me sujetó por el cuello. Pude sentir cómo sus garras crecían progresivamente, asfixiándome y acortando mi espacio para respirar. Me alzó del suelo sin el menor esfuerzo, liberando toda esa fuerza que parecía tener reservada solo para mí. Me lanzó brutalmente contra la pared más cercana. Caí de nuevo al agua, pero reaccioné rápido: desplegué mis hilos, lo sujete con fuerza por esas alas de pajarraco que tenía y lo arrastré hacia mí.

Aquello lo tomó por sorpresa. Con cada impacto, lograba romper esa fachada imperturbable que guardaba como en una caja fuerte. Intercambiamos puñetazos bajo la lluvia y el agua, la cual comenzaba a teñirse de un rojo denso. Mi sangre, en su mayoría. Sin embargo, entre el frenesí de los golpes, alcancé a notar cómo los otros dos demonios restantes se posicionaban para atacarme en grupo.

—¡Vamos, eso es trampa! —bramé con la boca llena de sangre—. ¡Ya me harté!

Moví mis manos con rapidez, atrapé a uno de los moustruos y lo envolví en una rueda de hilos, dejándolos completamente inmóviles mientras se hundían en el agua. El segundo, sin embargo, se me escapó y ya se abalanzaba directo a mi cabeza. Pero justo entonces, Daniels emergió desde lo profundo del agua y se le enganchó al cuello, frenando el ataque en el último segundo.

—¡Daniels! —grité, y una sonrisa de puro alivio se dibujó en mi rostro, incapaz de ocultar mi felicidad al verlo.

—Concéntrate, idiota —replicó él, sin apartar los ojos del enemigo.

Mientras tanto, Claus se percató de que la atención del enemigo estaba centrada por completo en los dos jóvenes. Aprovechó ese instante de distracción para poner a salvo al elfo cautivo y corrió de inmediato hacia la rueda de los prisioneros.

—Los voy a sacar —les aseguró.

—¡Ayúdanos, por favor! —suplicaron ellos, con el agua a punto de alcanzarlos.

—Solo mantengan la calma —pidió, mientras buscaba con la mirada una forma de liberarlos antes de que la estructura terminara de hundirse en el agua.

Sin embargo, uno de los guardias notó las intenciones de Claus y se interpuso en su camino para evitar el rescate.

—¿Buscabas esto? —preguntó el hombre con una sonrisa burlona, tintineando el manojo de llaves que tenía en su poder.

—¡Entregamelas! —sentenció Claus, volteándose para encararlo.

—No van a escapar, engendros —amenazó el guardia, apuntándole con un arma de fuego. Sin embargo, la superficie sobre la que estaba parado era inestable, lo que hacía que su postura tambaleara un poco.




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