Totalmente hipnotizado, me levanté con dificultad. La pelea había acabado. A pesar de ser los únicos que quedábamos en pie en la arena de batalla, nos sentíamos derrotados. Daniels y Claus sacaron el cuerpo de la cíclope del agua; evitaban mirarla. Su cabeza apenas seguía unida al cuerpo por un ligero hilo de músculo; había muerto al instante y su piel se enfrió con rapidez.
A pesar de que siempre mantuvo una actitud huraña y de no querer involucrarse, tenía sus propias razones para trabajar de manera voluntaria para Sariel. Rodeada de personas que disfrutaban hacerles daño a los «habitantes invasores», como los llamaban, al final hizo lo que no estaba dispuesta a hacer, pero para lo que tal vez sí estaba preparada. Si no hubiera sido por su valentía y su coraje, más de uno de nosotros ya estaría muerto. Al menos merecía un funeral apropiado.
Sin embargo, aunque era consciente de la gravedad de la situación, me quedé allí parado, estático. Sentía que habíamos sobrevivido por pura suerte. Pero no pude contenerme más tiempo. Mi cuerpo comenzó a moverse por puro instinto y quise salir corriendo. ¿Hacia dónde? No tenía ni la más remota idea. Pero necesitaba verla. Una vez más. Imploraba por que fuera ella; realmente lo deseaba. No quería ni pensar qué hacía con ellos, ni cómo era posible que no me hubiera reconocido... Tal vez no me vio, todo fue demasiado rápido. Pero fuera como fuera, debía ir a donde ella estuviera, o no descansaría nunca más.
Daniels notó mi angustia y salió corriendo detrás de mí.
—¡Ray! ¿A dónde vas? —me gritó al verme sumergirme en el agua directo hacia la salida.
—No puedo quedarme aquí.
—¡Espera un momento, carajo! —protestó, lanzándose al agua tras de mí. Con un gesto de su magia, recogió el torrente y lo apartó a los lados para abrirse paso mientras caminaba.
Subí las escaleras inundadas a toda prisa, crucé el pasillo y finalmente salí a la entrada de la tienda. La encargada asiática se quedó de piedra al ver mi ropa rasgada, mi cuerpo golpeado y la sangre negra que me manchaba la cara.
—¿Qué sucedió allá abajo? —preguntó, estupefacta.
Me quedé mudo, incapaz de procesar que aquí arriba el mundo siguiera su curso como si nada, mientras abajo nos debatíamos en un duelo a muerte. La ignoré; mi cabeza estaba en otro lado. Busqué por todos lados con la mirada, aunque sabía perfectamente que era absurdo pensar que ella estaría parada allí, caminando con normalidad. Aquello estaba desequilibrando mi estado mental, haciéndome cuestionar mi propia cordura.
Daniels me dio alcance y me sujetó del brazo antes de que siguiera avanzando.
—¿Qué sucede?
—Debo encontrarla...
—¿A quién? —inquirió él, confundido.
—Te lo explicaré con más calma después. Debo seguirlos.
—¿Estás loco, Ray? —replicó Daniels—. Se marcharon a través de un portal. ¿Dónde demonios crees que los vas a encontrar?
—¡No lo sé, ¿de acuerdo?! No lo sé —admití, desesperado—. Pero tengo que...
Daniels se quedó en silencio. Al escrutar mi rostro, pareció comprender la magnitud de mi desesperación. No hizo más preguntas; se limitó a asentir con la cabeza.
—Está bien... Pero no iras solo.
—¿Harías eso por mí?
—Sí. Vamos a ir a buscarlos si eso es lo que quieres.
—¿Qué, son maricas? —soltó la asiática, interrumpiendo bruscamente tras presenciar semejante escena emotiva.
—¡Cállese, señora! —le respondimos ambos al unísono.
En ese instante se me encendió el foco. Perceptivo ante la situación, avancé hacia la mujer y la tomé con fuerza por el cuello de la camisa.
—¡Usted! —le espeté—. Usted debe saberlo. Trabaja para ellos. ¿A dónde fueron? ¿Dónde está su guarida? ¡Hable!
—No... ¡Yo no sé nada! —tartamudeó ella, muerta de miedo.
—Ray, suéltala —pidió Daniels, intentando calmarme.
De pronto, comenzaron a subir por las escaleras Claus, Clohe y Hanna, seguidos por el resto de las criaturas que habían logrado salvar, incluyendo al elfo cautivo que, aunque seguía muy débil, avanzaba con la ayuda de los demás.
—¿Qué carajos pasa aquí? —preguntó Claus al ver el forcejeo. Detrás de él, empujaba una carretilla donde yacía el cuerpo de la cíclope, cuidadosamente envuelto en vendas blancas.
Al ver de reojo el cargamento de Claus, la rabia me nubló la vista. Agarré a la señora por la nuca, ejerciendo la presión suficiente para obligarla a caminar hacia la carretilla, e incliné su cabeza hacia el cuerpo.
—¡Mire! —le exigí—. ¡Mire lo que hicieron! Mataron a tanta gente como pudieron. Ella... ella era una buena mujer, y ese maldito monstruo le arrancó la garganta.
La mujer soltaba quejidos ahogados, suplicando que la soltara.
—Ray, ya basta —insistió Daniels, poniéndome una mano en el hombro.
—¡Está bien, está bien! Diré lo que sé —cedió la mujer con la voz quebrada.
La solté de golpe. Ella se acomodó la ropa, respirando entrecortadamente, y nos miró a todos a la cara.