La semilla del mal ya se paseaba por los palacios de la familia real de Sodoma mucho antes de tener uso de razón. Incluso desde su nacimiento, aquella criatura sabía perfectamente para qué había venido a este mundo; desde el primer día, la gente lo miró con un miedo profundo y un respeto inexplicable. No le hacía falta gritar ni generar un gran escándalo para ser escuchado.
Sariel quien nació del vientre de una mujer humana, llegó al mundo totalmente ciego, careciendo de manos y pies. Su espina dorsal, cubierta de escamas brillantes y afiladas, desgarró el útero de su madre al nacer, dejándola mortalmente herida.
Desesperada y desangrándose, la mujer se arrastró por los fríos suelos del castillo, con las ropas empapadas en carmesí, hasta alcanzar la Fuente de la Vida: un pozo mágico y ancestral que conectaba con otros mundos. Allí, al borde de la muerte, suplicó que el pequeño engendro tuviera una vida próspera. Su lamento fue escuchado en lo profundo del abismo por una criatura de las tinieblas, quien le concedió el milagro de salvar al recién nacido, cobrando de inmediato el precio de sangre que la madre, en su agonía, estuvo dispuesta a pagar. La bestia del abismo le pidió sus ojos como tributo, ya que estos poseían un destello de poder divino. Con el pacto sellado, la criatura tomó la misma sangre que había desgarrado el cuerpo de la mujer y pintó con ella unas cuencas carmesí en el rostro del niño. A partir de ese instante, el infante quedó maldito, condenado a ver el mundo para siempre a través de la sangre de su propia madre.
* * *
La fiesta de cumpleaños de la princesa Lucy había comenzado; la noche prometía grandes alegrías y dicha para la joven en sus dieciocho primaveras. Los sirvientes, quienes la adoraban profundamente, prepararon el gran salón con gracia y elegancia, cuidando cada sutil detalle para que todo fuera perfecto. Para su abuelo, el rey Apfi, esta celebración significaba el mundo entero: Lucy era la luz de sus ojos. Cada vez que la miraba, podía contemplar a través de sus ojos azules el reflejo vivo de su difunta hija, la princesa Layla, a quien la muerte le había arrebatado trágicamente de los brazos años atrás, con el nacimiento de Lucy.
El anciano monarca, de setenta años, contemplaba la escena con gozo desde su trono real, meciendo con parsimonia una copa de vino. Ver las miradas de asombro de los invitados que comenzaban a colmar el salón lo llenaba de una total satisfacción.
Enormes atractivos decoraban el lugar. El rey notó cómo el espectáculo que había contratado —una famosa compañía de circo llamada Los Caravanas de Luna posicionaba su atracción estelar a un costado del salón: una jaula dorada que custodiaba a la fiera más imponente de la selva, el legendario león dorado, traído de aquellas lejanas tierras donde la arena no es de oro. Cerca de ellos, las bailarinas ensayaban sus pasos con nerviosismo, puliendo los últimos movimientos antes de la entrada triunfal de la joven princesa.
—¿Te diviertes, abuelo? —preguntó Sariel habiendo aparecido de la nada detrás de su trono.
El rey se giró sobresaltado. Jamás era capaz de predecir cuándo o cómo su nieto acechaba el lugar con aquellos pasos suyos, tan gélidos y sigilosos, una habilidad que abquirio desde niño.
—Sariel, eres tú —dijo el monarca, dedicándole una mirada cansada con sus pequeños ojos azules, casi ocultos por los párpados caídos—. ¿Dónde está tu hermano? Espero que no se pierda el cumpleaños de su hermana.
—Sabes perfectamente que somos la misma persona, ¿verdad? —respondió él con una mueca burlona.
—¿En serio? Casi podría jurar que se trata de dos hombres completamente distintos, ajeno uno del otro —replicó el anciano, intentando ocultar su incomodidad—. ¿Vendrá?
Sariel le restó importancia al comentario con un ademán despectivo.
—Sí, abuelo, vendrá. Aunque ahora mismo tiene asuntos de vital importancia en la muralla. La ciudad siempre debe permanecer bajo estricta vigilancia ante las amenazas del pais enemigo, Gomorra.
—Los asuntos politicos quisiera hablarlos en otro momento, hoy quisiera que todo el odio que este imparsiendose en el mundo no afecte la felicidad de Lucy...
—Abuelo, en realidad hay algo muy importante que debo discutir contigo. Y no tiene que ver con Gomorra.
—Te escucho...
—Es sobre Lucy. Al alcanzar hoy la mayoría de edad, es propensa a entrar de inmediato en el mercado matrimonial. He estado pensando que sería una excelente oportunidad para asegurar su futuro.
—¿A quién tienes en mente? —inquirió el rey, frunciendo el ceño.
—A mí.
El abuelo se volteó de golpe, clavando la vista en el rostro pálido de su nieto para comprobar si se trataba de una macabra broma.
—Sariel...Yo no sabía que tú tenías sentimientos por tu hermana... de esa manera.
—Lucy es un elemento crucial —interrumpió él, con una frialdad matemática—. Posee la gracia divina de nuestra madre y fue tocada por el dios del fuego. Junto a mí, gobernando codo a codo, forjaremos un imperio formidable.
—Sariel... ¿pero has considerado por un segundo los sentimientos de Lucy?
—Yo la quiero, abuelo. Y sé que no será más feliz con nadie en este mundo que no sea yo.
El rey Apfi sintió cómo un terror helado le oprimía el pecho. Sabía perfectamente que su inminente muerte traería consigo el advenimiento y la coronación de su único sucesor varón: Sariel. Pero si la idea de dejarle el reino ya le resultaba pavorosa, la perspectiva de entregarle a su adorada Lucy como esposa le parecía una maldición intolerable.