Ray Member I

Capitulo IX: El Resplandor en la Penumbra

Me escabullí entre las sombras, desplazándome con el sigilo de un espectro; cualquier rincón que ofreciera penumbra era mi refugio mientras avanzaba hacia la entrada. La gran mayoría de los invitados ya habían cruzado los umbrales del palacio, dejando solo a dos guardias apostados en la puerta. Su vigilancia, sin embargo, era puramente simbólica: estaban demasiado absortos en una conversación indiscreta como para notar mi presencia, brindándome el momento perfecto para pegarme a los muros exteriores.

Aprovechando las elegantes ventanas en forma de escudo, comencé a seguir los pasos de la doncella de Lucy. Recordaba bien aquel día en que pudimos hablar; ella nos había visto, y mi única esperanza era que, al interceptarla, me reconociera y no rompiera el silencio con un grito de auxilio.

Era una joven de tez bronceada y cabello negro ondulado, oculto bajo el velo traslúcido que portaba. Aquella tela, sujeta por una diadema, le confería un aire etéreo, como si su única razón de ser fuera servir en silencio a quien habitara tras esas puertas. Su vestido, de un tono arena que se mimetizaba con la piedra del palacio, caía con elegancia hasta el suelo. Sin embargo, lo que más captó mi atención fueron los intrincados bordados que adornaban su pecho y sus mangas; diseños tan precisos y delicados que denunciaban, sin lugar a dudas, la obscena riqueza que se derrochaba en esta jaula de oro

Por el momento, ella era mi oportunidad más clara de llegar hasta Lucy sin tener que recorrer todo el castillo llamando la atención. La vi encontrarse con un grupo de doncellas que compartían el mismo peinado y vestimenta; en silencio, le rezaba a los dioses para no perderla de vista entre la multitud, pues un solo error significaría mi fin. Por fortuna, tras intercambiar unas breves palabras con ellas, se separó del grupo. En lugar de entrar al salón principal, se desvió hacia la parte trasera del palacio, lo cual despertó mi curiosidad. Me escabullí entre las sombras con la agilidad de un gato, convencido de que ese rincón solitario y libre de guardias sería el escenario perfecto para interceptarla.

Sin embargo, justo cuando me disponía a avanzar hacia ella, un hombre emergió de una puerta cercana como si la estuviera esperando. De inmediato, retrocedí y me oculté tras unos barriles de vino amontonados en la penumbra. La joven miró a su alrededor con cautela, asegurándose de no ser vista, y le dedicó una sonrisa al recién llegado antes de que ambos se adentraran en lo que parecía ser una bodega. Ante la sospecha de que su ausencia se prolongaría, me acerqué con sigilo y pegué el oído a la madera. Al principio solo distinguí murmullos y leves quejidos, por lo que entreabrí la puerta con extremo cuidado.

Para mi sorpresa, la pareja se entregaba a un beso apasionado mientras se despojaban de sus ropas. Me sonrojé y cerré la puerta de golpe, pero la curiosidad me venció y volví a echar un vistazo: la doncella se apoyaba ahora contra una mesa, expuesta ante el hombre, quien la poseía con movimientos rítmicos. Aunque al principio dudé si debía intervenir por sus sonidos de dolor, al mirarle el rostro comprendí que lo estaba disfrutando plenamente. La escena me resultó hipnotizante y un calor repentino se encendió en mi interior, una mezcla de fascinación y deseo primitivo, como cuando ves a alguien disfrutar de un manjar y anhelas probarlo también. Forzándome a romper el embrujo de aquel instante, cerré la puerta por completo. Con los latidos desbocados y la respiración agitada, regresé a mi escondite tras los barriles, escuchando aún los ecos apagados de sus gemidos.

—Creo que voy a tener que entrar al palacio de otra forma —murmuré para mí mismo.

Al alzar la vista, descubrí un balcón en lo más alto del muro. Aprovechando que los alrededores estaban desiertos, desprendí los hilos de mis manos; con una delicadeza asombrosa que me sorprendió a mí mismo, estos se incrustaron fuertemente en el borde de la estructura, permitiéndome impulsarme hacia arriba de un solo golpe. Una vez dentro, me topé con un pasillo largo y sumido en el silencio. Avancé con cautela entre las puertas laterales, pero justo cuando me disponía a cruzar hacia el siguiente corredor a la derecha, la espalda de un guardia me obligó a retroceder. Para evitar ser visto, me deslicé rápidamente en la habitación más cercana.

Para mi sorpresa, el cuarto no estaba vacío: una de las doncellas del palacio se encontraba allí y, al verme, se quedó petrificada. Antes de que pudiera gritar, me abalancé sobre ella y le cubrí la boca con la mano. Forcejeó un momento, pero la sostuve con firmeza mientras la miraba fijamente a los ojos.

—No voy a hacerte daño, ¿de acuerdo? Te voy a soltar si ¿Prometes no gritar? —le pregunté.

Ella asintió con la cabeza levemente. Eché un vistazo a la estancia antes de soltarla y noté varios equipajes pertenecientes a algún noble que se hospedaba allí por la celebración. Fue entonces cuando me percaté de que la mujer ocultaba algo a su espalda de manera sospechosa.

—¿Estabas... robando? —le dije, al comprender la situación.

Al verse descubierta, el pánico la dominó y me mordió con fuerza la mano. La solté de inmediato por el dolor y ella aprovechó el instante para huir hacia el pasillo, gritando a pleno pulmón.

—¡Guardias! ¡Hay un ladrón en el palacio, arréstenlo!

Exhalé un suspiro de fastidio; me tocaba correr otra vez. Mientras el pesado retumbar de la armadura del guardia se aproximaba a la habitación, me dirigí a la ventana a toda prisa, buscando desesperadamente el siguiente balcón para escapar de la trampa.




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