—¡Guardias! ¡Guardias! —exclamó el bebé con la cara irritada—. Arresten a este hombre ahora mismo.
Los hombres con armaduras doradas se aproximaron al llamado.
—¡No! —dijo Lucy, posicionándose delante de mí—. Él no es un mal hombre.
De pronto, el rey se levantó de su silla. Todos se quedaron en silencio, aunque aún se escuchaban las voces de los invitados balbuceando sobre la bochornosa situación.
—¿Qué está sucediendo aquí?
—Este hombre... no es más que... —dijo el bebé. Pero su abuelo rápidamente lo interrumpió:
—Alcancé a escuchar que es el invitado de tu hermana Lucy, la princesa —dijo—. ¿No es así? —añadió mirándome directamente a mí.
Asentí con la cabeza.
—Creo que todos aquí deseamos que la princesa pase una velada encantadora, ¿o no, mi comandante? —dijo.
Este se quedó en silencio, tragándose la rabia por dentro.
—Sí, abuelo... —dijo entre dientes.
—Entonces, no hay más nada que ver aquí, señores. Sigan disfrutando de su noche. Y gracias por venir.
—Gracias, abuelo —dijo Lucy, dándole un beso en la mejilla.
Este solo sonrió y volvió a retomar su lugar.
—No sé qué es lo que estás tramando, pero no pienso quitar mis ojos de ti, forastero —me dijo el bebé antes de retirarse; y detrás de él, los guardias que parecían ser su sombra.
Lucy se acercó a mí lentamente y me dijo:
—Perdona a mi hermano, es un poco protector conmigo. Aunque lo veas pequeño e indefenso, conlleva una gran responsabilidad en sus hombros.
—Princesa, necesito hablar con usted.
—¿Sobre qué? ¿Qué sucede, Ray?
—Está corriendo un terrible peligro.
—¿De qué estás hablando?
—No creo que sea el mejor lugar para hablar —dije, mientras veía a muchas personas pendientes de poder oír algo de nuestra conversación.
—Acompáñame. Sé dónde podemos hablar mejor.
De pronto, desaparecimos del salón sin que nadie se diera cuenta. Incluso aquel que había jurado vigilarme ignoró nuestra huida, pues fue rápidamente interceptado por un grupo de doncellas que lo abordaron con temas triviales, atrapándolo en una red de conversaciones tediosas. Aquel acto me pareció más orquestado que fortuito; lancé una última mirada a la sala de fiestas antes de permitir que Lucy tomara la delantera.
El pasillo, bañado únicamente por la luz vacilante de las antorchas, parecía extenderse al infinito. Escudriñé el interior de cada estancia que pasábamos, buscando algún rastro de Sariel y la mujer, pero era como si la tierra —o algún portal secreto— se los hubiera tragado. En medio de aquella búsqueda, la angustia comenzó a oprimirme el pecho, pero Lucy se detuvo y se volvió hacia mí.
—Es por aquí —dijo, antes de doblar hacia un corredor a la derecha.
Al final, una puerta enorme nos cerraba el paso. Lucy la abrió de par en par con una ligereza que me sorprendió, pues parecía mucho más pesada de lo que aparentaba. Una vez dentro, cerró tras nosotros, asegurándose de que nadie nos hubiera seguido.
—Ya estamos solos —susurró.
Entramos en los aposentos de la princesa y el aire cambió por completo. Para alguien como yo, acostumbrado a los rincones humildes y a la vida de las sombras, aquel lugar se sintió como una bofetada de opulencia que me dejó sin aliento.
La habitación era un espacio vasto, iluminado por una tenue luz que apenas lograba revelar la riqueza oculta en cada rincón. A través de los grandes arcos, no se veía el mar, sino el despliegue infinito de la ciudad, un mar de luces artificiales que se extendía hasta el horizonte, recordándome la magnitud de lo que había allá afuera, lejos de mi mundo. Las cortinas de seda, blancas y doradas, se agitaban suavemente, como si el propio viento quisiera entrar a curiosear en este palacio que no estaba hecho para personas como yo.
El centro de la estancia estaba dominado por un dosel dorado que parecía sacado de las leyendas que nunca creí reales. Todo era demasiado: las alfombras, tan suaves que mis botas parecían profanarlas, y el aroma a flores exóticas que impregnaba cada fibra del ambiente. Me quedé inmóvil, con la mirada perdida entre el brillo del metal labrado y la complejidad de los muebles, sintiéndome pequeño, casi invisible. Era un sitio de una belleza tan ajena y distante que, por un segundo, olvidé por qué había venido. Estaba parado en el centro del paraíso de una princesa, y mi única preocupación era no romper nada con solo respirar.
—¿Ray? —dijo ella, acercándose lentamente.
La miré y fue como contemplar un ángel; nunca había visto uno, pero las leyendas decían que eran las criaturas más hermosas que un ser humano pudiera imaginar, y seguramente debían lucir exactamente como ella. Cualquier palabra que intentara articular para describirla se quedaría corta, reducida a nada.
Mientras me observaba, la luz de la luna hizo que sus ojos brillaran con una intensidad sobrenatural, y por un instante, me perdí en ellos. Había olvidado hasta mi propio nombre, pero recuperé la compostura con rapidez; no podía permitir que mis ojos revelaran lo que mi corazón empezaba a sentir. Después de todo, ella era una princesa, y yo... yo no era más que un forastero.