Ray Member I

Capitulo XI: Herencia y Condena

Me escabullí por las columnas frías y rocosas del palacio, tal como solía leer en los cuentos. La princesa siempre disponía de la habitación más alta de un castillo; supongo que la intención era evitar que los ladrones del desierto robaran la joya más codiciada del reino... aunque no precisamente se tratara de piedras preciosas o rubíes de procedencia misteriosa, sino de la cálida voz de una joven. Me deslicé con una sonrisa que no me cabía en el rostro; mis ojos, podía jurar, brillaban más que cualquier estrella en aquel cielo negro, pero nada se podia comparar en esa noche con los delicados y suaves labidos de su magestad.

Pero la realidad me golpeó de inmediato al descender de la torre. Me pareció extraño el bullicio de la gente que caminaba de un lado a otro por los corredores: las doncellas sujetaban sus delicadas faldas para apurar el paso, y las armaduras de los caballeros resonaban con un eco metálico por todo el lugar. Me escondí en la penumbra y logré escuchar a dos doncellas que se cruzaban en el camino.

—¿Han logrado encontrar al ladrón? —preguntó una de melena castaña y suelta, a diferencia de la mayoría, que llevaba el cabello recogido en trenzas.

—No, aun no. Y el rey está furioso.

—No es para menos. Uno de los más distinguidos aliados del reino ha sido robado en su propio palacio.

Me entraron ganas de intervenir de inmediato. "¿De qué están hablando estas mujeres? ¿Hay un ladrón en el palacio?", pensé con total ingenuidad.

De pronto, la doncella de la princesa irrumpió en la conversación. —¿Qué hacen aquí perdiendo el tiempo?

—Solo estábamos...

—No me importa lo que están haciendo. Ayuden a encontrar al forastero que robó las joyas del Lord de la ciudad de Azkariel.

—Sí, señorita —respondieron, y desaparecieron en la oscuridad del pasillo.

Momentos después, Amelia comenzó a actuar de manera extraña. Caminaba sigilosa, observando a todos lados para asegurarse de nadie la vigilara, mientras se acercaba cada vez más a mi escondite.

Me acerqué con cautela por su espalda, la tomé del cuello y le tapé la boca. Forcejeó un instante, pero al verme a los ojos se tranquilizó. Levantó ambas manos para indicarme que estaba desarmada; la giré despacio y retiré las manos de su rostro.

—Te estaba buscando —susurró.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Todos en el palacio te buscan. Reforzaron las entradas; por más que lo intentes, no podrás salir.

—Pero yo no hice nada... Yo no robé a nadie.

Amelia miró hacia atrás al creer oír pasos metálicos, y me empujó de golpe contra la fría pared de piedra.

—¿Qué haces?

—No puedes ser visto. Pondrías a la princesa Lucy en una terrible situación.

—No, eso es imposible —protesté—. ¿Ella te pidió que vinieras a ayudarme?

—No era necesario. La conozco desde que era una niña, sé exactamente cómo piensa y estoy haciendo lo que ella misma querría que hiciera.

—Lucy tiene suerte de tener a alguien como tu...

—Yo mataría por Lucy si fuera necesario —sentenció la doncella.

Me quedé en silencio antes de preguntar: —Ahora, ¿qué debería hacer?

—Buscaré la manera de sacarte de aquí, pero antes... —dijo, metiendo las manos en mis bolsillos con brusquedad.

—¡¿Qué carajo?!

—Tenía que estar segura.

—¿Dudaste de mí?

—La princesa podrá confiar en ti, y la verdad no soy nadie para juzgar sus decisiones, pero sí para cuestionar a todo aquel que pueda hacerle daño.

—Yo jamás le haría daño a Lucy.

—Eso espero, porque sería lo último que harías en tu vida —dijo, sacando una daga que llevaba oculta entre sus ropas y apuntando directamente a mi garganta.

—¿Cómo es que tenías eso ahí?

—Es mejor que no lo sepas —replicó—. Andando, tenemos que salir de aquí.

Tomó la delantera y me guio por la parte trasera del castillo. Pasamos cerca de la bodega, lo que de forma penosa me hizo recordar lo que había presenciado horas antes, haciendo que mis mejillas se calentaron.

—¿A dónde vamos? —pregunté.

—Haz silencio.

Me quedé mudo a partir de esa última palabra. Ella se pegó a la pared y, con una mano, me obligó a hacer lo mismo. Unas voces resonaban desde las ventanas cercanas; era el rey y sus hombres.

—Este hecho es indiscutible. No puedo permitir que la ciudad de Sodoma sea vista como un nido de ladrones y malhechores —bramaba el monarca.

—Señor, el sujeto no ha sido visto por los alrededores... es como si la tierra se lo hubiera tragado.

—Escúchame bien: en Sodoma, una vez que entras, no se puede salir. Encuentren a ese sujeto, y al salir el sol será colgado ante toda la ciudad como escarmiento.

Me quedé congelado. Había venido en busca de la princesa y me había topado con una sentencia de muerte.

—¿Me... me van a ahorcar? —murmuré.




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