Ray Member I

Capitulo XII: Alquimia y Cadenas

La noche había transcurrido a pesar de tantos inconvenientes. El sol comenzó a despuntar en todo el horizonte, implacable, sin una sola nube en el cielo que regalara un atisbo de sombra. Tras cabalgar durante horas por los rincones de Sodoma, se habían posicionado tan cerca de la muralla como la discreción se los permitía.

—Estoy muriéndome de sed —se quejó Daniels, dejándose caer del camello y tambaleándose en cada paso con desesperación.

—Qué exagerado —bufó Claus, quitándose la capucha que cubría sus orejas.

—De seguro eres como estos camellos y almacenas agua en tus orejas —se burló Daniels, abalanzándose sobre él de broma.

—Tanto sol, te ha vuelto loco —replicó Claus, esquivándolo y arrojándolo de un empujón al suelo.

—Debo beber algo o moriré —gimió Daniels, tirado en la arena y pataleando con dramatismo.

—¿Es que acaso no conoces el significado de la palabra "encubierto"? —siseó Claus bajando la voz con furia—. Se supone que no debemos llamar la atención, ¡y menos estando tan cerca de la cúspide del cuartel de la guardia real de Sodoma!

—Todo esto es culpa de Ray —masculló Daniels.

—¿De Ray? —saltó Claus—. ¿No fuiste tú quien nos hizo perder por los callejones? Para haber estado aquí más tiempo que nosotros, tienes un sentido de la orientación deplorable.

—Disculpa si la mayor parte de las veces que recorrí estas calles lo hice completamente ebrio... —se defendió Daniels.

—Qué clase de ser tan repugnante resulta ser un humano —escupió Claus, apartándose del camello para contemplar el panorama.

—Jah, mira quién habla, el fenómeno de orejas de puerco.

—¿Cómo me llamaste? —se volvió Claus con el ceño fruncido, propinándole una patada certera en la pierna para que se pusiera de pie de una buena vez.

Daniels se rio a carcajadas mientras se sacudía la arena y se incorporaba. —Parece que somos pésimos como equipo.

—En eso, al menos, estamos de acuerdo —admitió Claus con fastidio—. Ahora dime, genio: ¿cómo planeas que entremos?

—Te voy a entregar como prisionero.

—¿Qué?

—Es la única manera.

—No, otra vez no... —protestó Claus—. Sabía que jamás debí confiar en una vil cucaracha humana como tú.

—Cálmate. Serás el boleto de entrada.

—Lo haremos de otra forma... ya se nos ocurrirá algo —dijo Claus con calma, analizando las posibilidades.

Pero Daniels, mientras fingía prestar atención al parloteo de su compañero, vio pasar a un guardia justo frente a sus narices en su aparente recorrido de rutina, y decidió actuar de inmediato.

—Lo siento, no hay tiempo —soltó Daniels, girando a Claus bruscamente y dejándolo expuesto ante la autoridad—. ¡Guarda!

—¿Qué caraj... ? —alcanzó a exclamar Claus.

El guardia atendió al llamado y se acercó a paso firme. —¿Quiénes son ustedes? ¿Y qué hacen rondando la muralla?

—Vengo a entregar a este elfo, señor. Parece que tenía intenciones de robar una cantina —respondió Daniels con total desparpajo.

—¿Una cantina? —repitió el guardia, mirándolo de arriba abajo con desprecio—. Vaya, un sucio elfo ebrio.

El rostro de Claus era un auténtico poema de furia y desconcierto.

—Te daré unos buenos latigazos en la espalda y te cortaré las manos para que se te quite las ganas de seguir robando —amenazó el guardia, escupiendo a un lado con desdén—. Asquerosa criatura.

—Tal vez en otra vida, amigo —dijo Daniels, agachando el rostro para mirar al guardia con falsa lástima.

Antes de que el soldado pudiera reaccionar, Daniels le soltó un golpe seco utilizando la culata de la escopeta que Claus llevaba colgada a la espalda. El impacto le destrozó la nariz al guardia, empujándolo violentamente hacia atrás mientras dejaba escapar un quejido ahogado.

De inmediato, Daniels soltó el arma y se abalancó sobre el hombre para derribarlo por completo. En medio del tumulto, Claus recogió la escopeta con un sobresalto de puro miedo; habría deseado fervientemente que, antes de liarse a golpes, hubieran discutido un plan de acción, aunque en el fondo sabía que Daniels simplemente se estaba inventando todo sobre la marcha.

Mientras Daniels y el guardia se batían a golpes en el suelo, Claus levantó el arma y la apuntó con ambas manos, visiblemente tembloroso mientras intentaba fijar la mira en medio del forcejeo.

Daniels alcanzó a verlo de reojo desde el suelo, con el rostro contraído por el esfuerzo.

—¡Cuidado no me disparas en el culo, imbécil! —bramó, esquivando un manotazo del soldado.

—Podrías callarte —siseó Claus, perdiendo la paciencia.

—Están muertos —bramó el guardia con el rostro completamente ensangrentado, mostrando los dientes en una mueca feroz mientras lograba apartar a Daniels de un empujón.

Este último respiró hondo y, con un rápido movimiento, le lanzó un hechizo de repulsión que lo mandó a volar de golpe contra unas cajas de madera amontonadas en el callejón. El soldado se puso de pie a tropezones, desenfundó su espada con furia y se plantó frente a ellos, dispuesto a hacer picadillo a Daniels.




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