Raziel: El caballero mendigo

Capítulo 1: Al décimo día

Diez días de viaje, y el chico seguía sin aprender.

Raziel lo observó desde el otro lado de la hoguera y pensó, no por primera vez, que acampar al aire libre era una sentencia de muerte. Aunque ya era demasiado tarde para reproches. Bajo la titilante mirada de cientos de estrellas, el anochecer y la cena estaban a punto de arruinarse.

—Prepárate para pelear, chico —ordenó el caballero—. Y, por lo que más quieras, no dejes que los nervios te traicionen.

Debido a la lentitud de Tristán, Raziel se había visto obligado a reducir el paso. Entre la última posada y la siguiente había casi treinta kilómetros: una distancia respetable. Con todo, el caballero pretendía superarla en una sola jornada. Si el muchacho no se hubiera cortado en la planta del pie, quizá… ¿Quién le mandaría caminar descalzo? Pero como solía ocurrir, cuanto más se planeaba algo, peor resultaba.

—N-no sé usar la e-espada —tartamudeó Tristán. Parecía un cervatillo acorralado.

—¡Me importa una mierda que no sepas! ¿Dónde te crees que estás? Lo que debes hacer es parecer peligroso, intimidar al enemigo. ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir?

Si Raziel hubiera contado las veces que había repetido aquellas palabras… habría llenado un libro de mil páginas.

Aunque llevaban alrededor de dos años juntos, las instrucciones del caballero eran tan tajantes como el primer día. En ocasiones —la mayoría de las veces—, Raziel sentía que las desperdiciaba, pues las únicas cosas que mantenían a Tristán en pie eran la disciplina y, sobre todo, el sueño de convertirse en caballero. Pese a ello, Raziel comprendía que no dejaba de ser un joven de diecisiete años, con el orgullo propio de esa edad. El muchacho era pertinaz, a veces ingenioso, pero no perfecto. Y cuando el peligro era real… bueno, todo lo aprendido servía de poco. En ocasiones, de nada.

—¡Vamos a ver, chico! —rezongó Raziel, apretando los puños—. Deja de sacudirte de una maldita vez y ve a por tu puta espada. Y no vuelvas a decirme que no sabes usarla, porque si no… ¿para qué demonios he estado entrenándote todo este tiempo?

—S-sí, señor.

Raziel, reprimiendo la rabia, fue a buscar su espada. Por suerte, como acababan de montar el campamento, no tuvo más que acercarse al petate que cargaba Tristán y tomarla por la empuñadura. Cuando la tuvo bien sujeta, murmuró:

—Por favor, Elara, dame fuerzas… Ayúdame a seguir.

—¿H-has dicho algo, m-maestro? —preguntó Tristán al oírle susurrar aquel nombre. Desconocía quién era Elara, pero el caballero siempre lo repetía cuando el peligro arreciaba.

—¡Que te centres!

El caballero levantó la espada y se quedó un momento contemplando la peculiar envoltura que ocultaba la hoja. A diferencia de una espada corriente —como la de Tristán—, esta no se envainaba en una funda de cuero, sino que se envolvía en retales de tela ennegrecida. Su peso también destacaba, pues un hombre común habría necesitado ambas manos para blandirla. Raziel, en cambio, la empuñaba con una mano —con ambas cuando le convenía— y con soltura pasmosa, sintiéndola tan ligera como una pluma.

Tras asentir para sí, Raziel se volvió y contempló lo que se les venía encima. Por culpa de la oscuridad creciente, no había podido ubicar a los bandidos que se acercaban; mucho menos contarlos. Había oído sus voces —unas alegres, otras burlonas, algunas amenazadoras—, pero no había logrado discernir de qué dirección llegaban. Ahora, por fortuna, estaba claro: eran siete. Uno de ellos, para colmo, montaba a caballo.

—Chico, ¿ves al que va a caballo? —Apuntó al jinete con la espada—. Lo más probable es que sea el líder. Si acabamos con él, los demás huirán como niños aterrados.

A juzgar por el rostro crispado de Tristán, no le hacía gracia enfrentarse a un grupo tan numeroso de bandidos; menos aún, cuando uno de ellos era un jinete. ¿Cómo podían dos hombres vencer a siete? ¿Y si había más escondidos entre los árboles, acechando como fieras a su presa? Un ataque sorpresa sería fatal.

—Estamos jodidos —murmuró para sí, mirando en todas direcciones.

Era una noche helada de primavera, de las que congelaban la sangre de los viajeros sin previo aviso. Pero Tristán no paraba de sudar. Su melena rojiza chorreaba como si le hubieran vaciado un balde de agua sobre la cabeza. Sus manos, gruesas y callosas, no lograban impedir que la espada corta se le resbalara. Era resistente, alto y delgado, pero estaba lejos de ser un guerrero. Más todavía de ser un caballero.

—¿Crees que p-podremos con e-ellos? —balbuceó.

—¡Joder, chico, deja ya de estremecerte! ¡Así no lograremos nada! —bramó Raziel, enfadado con la situación, no con su pupilo—. Además, ya te he dicho que, matando al jefe, los demás huirán.

—P-pero todavía me duele el p-pie.

—Si tuviera que quejarme de todo lo que me duele, podría matar a esos malnacidos de aburrimiento. —Se irguió en toda su estatura y echó a andar hacia los atacantes—. ¡Vamos, chico! ¡Muévete! —Hizo un ademán para que lo siguiera sin mirarlo.

Cojeando, Tristán siguió los pasos de su maestro. Desde aquella posición pudo ver cómo las llamas de la hoguera se reflejaban en la armadura de Raziel. Era una armadura ligera de metal, perfecta para moverse con agilidad y combatir en lugares angostos. Pero no era una pieza cualquiera. Distinguió las múltiples abolladuras que surcaban la coraza, las grietas en los bordes y el óxido que corroía el acero como si de viruela se tratara. De todas formas, en el centro de la espalda, el blasón familiar —una cabeza de león en pleno rugido— resistía intacto. Distaba de ser perfecta —no hacía falta jurarlo—, pero cumplía su función.




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