—¿Cómo llevas el pie, chico? —preguntó Raziel.
—¿Eh? Pues… me duele bastante —respondió Tristán, y crispó el rostro al acordarse del corte—. Pero no se ha infectado, creo.
En cuanto despuntó el sol, reanudaron la marcha hacia la siguiente parada. La noche anterior habían montado un segundo campamento, por la fatiga de Raziel al liberar la espada y por la lesión de Tristán. Pero, aunque habían avanzado un buen trecho bajo el mortecino resplandor lunar, un cartel del camino —torcido hacia las nubes— les confirmó que todavía faltaban unos quince kilómetros hasta el siguiente poblado. El joven, al leerlo, hizo una mueca y suspiró un «ains». Después, se llenó la boca de agua y la escupió. Raziel lo observó y recordó las tres veces que había vomitado antes de partir. Negó con la cabeza, pero no lo amonestó. Sabía que la velada previa había sido la más turbulenta que habían pasado juntos.
Si hubiera sido por Raziel, le confesó mientras caminaban, se habrían quedado en el primer campamento. A él tanto le daba el hedor de la muerte: llevaba décadas inmunizado ante cualquier espanto. Así que no fue la masacre lo que lo había decantado por continuar, sino el enojo de verse obligado a revelar el poder de su espada. «¿Qué clase de caballero sería si me agobiara un poco de sangre, chico?», le había soltado al muchacho. Otra lección, camuflada de reproche. No por nada lo habían armado caballero a los dieciséis años: el primero en la historia del reino de Ynnea en lograrlo.
—Más te vale no dormirte en los laureles —espetó Raziel, mirando al frente—. En cualquier momento, podrían atacarnos de nuevo y, quizá, esa vez no tengamos tanta suerte. ¿Me oyes?
Tristán asintió, apenas un movimiento seco del mentón.
Aunque su sueño era convertirse en caballero, todos daban por hecho que era un inútil. Desde niño, había sido asustadizo. Corría el rumor en la corte del rey Vitruvio de que, cierta tarde de verano, Tristán se había horrorizado durante un espectáculo de ventriloquía. Antes de terminar la función, rompió a llorar y se refugió bajo las faldas de su madre. Lloraba a pleno pulmón, pidiendo a Morfosis que lo protegiera de los muñecos asesinos que, desde su mente infantil, se ocultaban bajo la cama, en los armarios y tras las esquinas. Aquel crío de cuatro años durmió abrazado a su madre durante un mes —un año según las habladurías—. Y, para más inri, mojó la cama noche sí y noche también.
Por supuesto, el escudero siempre negó tales acusaciones. Se defendía alegando que eran calumnias de nobles que lo querían lejos de la corte. «Cháchara de necios con demasiado tiempo libre», sentenciaba con voz trémula cuando se sacaba el tema.
—Maestro, ¿hacia dónde nos dirigimos?
—¿Acaso te golpeaste la cabeza con una rama anoche? —gruñó Raziel. Solía ser paciente, sobre todo con su pupilo, pero toda copa se desborda alguna vez—. ¿No recuerdas que nos dirigimos a Puerto Claro? ¿Por edicto del rey?
—Sí, sí, lo de ajusticiar al caballero dragón, ya lo sé —replicó Tristán, irritado—. Me refiero a adónde iremos después de ese pueblo.
—Chico, a veces no hay quien te entienda.
Tras aquella conversación, Raziel se sumió en un profundo mutismo; solo se oía su respiración, pausada y rítmica. Debía de dar por sentadas las siguientes metas, así que no veía la necesidad de explicarle nada a su escudero. Tristán, al comprender que no le respondería, torció el gesto, sintiendo cómo la rabia latía con fuerza en su pecho.
—Entonces… —insistió—. ¿Iremos a…?
—Adonde el camino nos lleve, es decir, a Puerto Claro —respondió el caballero, tajante.
Raziel no era precisamente la persona más habladora sobre la faz de la tierra, y en los últimos tiempos la fama de huraño no había hecho sino crecer. Decían, a escondidas, que parecía una escultura que hubiera cobrado vida. Pero Tristán sabía que, en el fondo, el caballero no era tan distante como aparentaba. Era así porque un acontecimiento trágico lo había cambiado. No conocía los detalles de aquel desastre —nunca se lo había preguntado, ni se planteaba hacerlo—, pero veía el sufrimiento reflejado en sus ojos. Y la ira, y el desprecio, y la apatía.
—¿Cree que podremos dormir esta noche en una posada? —inquirió Tristán.
—A ver, chico… ¿cuántas monedas nos quedan? —Miró al muchacho, ceñudo, y señaló con el índice el petate que este cargaba—. Cuéntalas.
Tristán tomó la bolsa del dinero y contó las monedas que contenía: tres de oro, una de plata y dos de bronce. O sea, lo justo para comprar algo de comida y pasar una noche en un antro de mala muerte. Pero si decidían gastar aquellos ahorros en hospedaje… ¿qué harían después? Aún quedaban bastantes jornadas hasta Puerto Claro.
Raziel lo instó a contestar, pues Tristán había vuelto a guardar las monedas sin decir nada. El chico no tuvo más remedio que hacerlo:
—Lo justo para sobrevivir unos días más, siempre que lo gastemos en comida, y con moderación.
—Pues ya tienes tu respuesta —zanjó Raziel, con un tono que no admitía réplica.
Si Tristán no se equivocaba, aquella era ya la undécima jornada desde que comenzaran el viaje. Once largos días sin ningún altercado… hasta la noche anterior. Y cuanto más se acercaban a Puerto Claro, peor estaban las cosas. La pobreza se hacía más patente entre la población. Las enfermedades se habían vuelto la norma entre los campesinos, la mayoría con pústulas en la piel o una ronquera que les impedía hablar. Los niños más afortunados vestían harapos; los que no, iban desnudos o con un taparrabo. Los ancianos, ahora vagabundos, rogaban por comida en los caminos; las madres pedían clemencia por sus bebés; los gandules renegaban sin cesar. Y nadie parecía tener fuerzas —o agallas— para remediarlo.
Editado: 12.07.2026