Raziel: El caballero mendigo

Capítulo 3: Pedriza Carnicera

Después de varios días de viaje sin apenas descanso, dormir en un colchón duro y maloliente fue todo un lujo. Y encima, ¡gratis! ¿Quién habría imaginado que aún existía la decencia en un mundo infestado de caballeros dragón? ¿Y quién podría haber creído que las cosas rodarían con tanta suavidad tras el altercado con los bandidos? Pero como todo lo que sube, tarde o temprano, acaba bajando. Raziel lo sabía bien. Tristán, en cambio…

—Aquí tenéis —concluyó Lucía mientras colocaba las provisiones sobre la barra—. Esto es tasajo, perfecto para recuperar fuerzas. Estos tres tarros contienen almendras, nueces y pistachos, tostados por mí misma en esa chimenea. Ah, y que sepáis que los pistachitos de las narices son complicados de conseguir por estas tierras, así que disfrutad de ellos mientras podáis. También tenéis dos hogazas de pan, patatas y zanahorias. —La muchacha se agachó y rebuscó entre lo que había tras el mostrador. Al poco, se enderezó con una sonrisa pícara—. Estos son dátiles: muy dulces, ideales para el postre o como aperitivo. Pero…

—Pero… —repitió Tristán, sintiendo cómo la temperatura en la taberna subía poco a poco. Diez grados, quince, veinte. Las palmas le sudaban; la frente le brillaba. Sin embargo, ni la temperatura había cambiado ni él estaba enfermo. Bueno, si el enamoramiento se consideraba una enfermedad, estaba en fase terminal.

—Pero a cambio quiero que me contéis una cosa. —Levantó el índice de la mano izquierda y lo meneó—. Sé que ayer os dije lo contrario; sin embargo, la curiosidad manda. Así que… —se centró en Raziel—, ¿de dónde has sacado esa espada tan rara, ser? ¿Por qué está envuelta en telas? ¿Acaso se le ha roto un hueso? —bromeó.

La pregunta hizo que al caballero se le tensaran los puños y se le crispara la mandíbula. Si algo importunaba a Raziel sobremanera era hablar de su pasado, especialmente del trágico.

Inhaló hondo, retuvo el aire durante unos segundos, lo expulsó con una vaharada cargada de fastidio y dijo:

—Es una reliquia familiar. —Terminó la frase con un hilo de voz, como si hablar le costara un esfuerzo sobrehumano.

—A mi maestro no le agrada hablar de su vida —intervino Tristán en socorro del caballero—. Ni siquiera yo sé de dónde la ha sacado ni por qué la envuelve en retales. Desde que lo conozco, nunca se ha separado de ella más de un par de metros; podría decirse que es su mano derecha. Eso sí… —dudó—, su poder es, digamos… esto… pues…

El muchacho trastabilló con sus palabras al percibir la furia que impregnaba el ambiente.

Raziel, inexpresivo, tenía la vista clavada en Tristán. Tampoco quería que otros, ni siquiera su pupilo, sacaran a relucir su pasado. «Ya verás, chico. Cuando estemos solos, te voy a espabilar… y de verdad», pensó, rechinando los dientes.

—No hace falta ponerse así. —Lucía levantó las manos y sacudió la cabeza—. Si no queréis tocar el tema, lo entiendo. Yo también tengo cosas de las que prefiero olvidarme, como le ocurre a todo el mundo, supongo.

Tristán comenzó a guardar las patatas y las zanahorias en el petate. Después siguió con los tarros de frutos secos, que fue sacudiendo uno a uno como si de maracas se tratase. Raziel lo observaba con el semblante impertérrito de siempre, pero sin aquella presencia opresiva que solía emanar cuando se cabreaba. Y cuando el joven tomó la carne, Lucía habló de nuevo:

—¿Puedo haceros otra pregunta? —El caballero la fulminó con la mirada—. Nada personal, solo curiosidad.

Raziel suspiró y asintió.

—¿Hacia dónde os dirigís? ¿Es largo el viaje que vais a emprender? ¿Creéis que podréis sobrevivir con un surtido tan escaso de alimentos?

—Eso son tres preguntas —replicó el caballero, torciendo el gesto.

—Nos dirigimos a Puerto Claro, en misión secreta.

Un chasquido de lengua hizo que Tristán diera un respingo, sintiendo como si un millar de rayos —azules— lo desgarraran desde dentro hacia fuera. El dolor se recreaba especialmente en el pecho, donde el corazón pugnaba por sobrevivir a base de martillazos. Acto seguido, tras tragar saliva, enmudeció. Ahora, goterones de sudor le corrían por las sienes, las mejillas y el mentón. Además, estaba rojo como el sol poniente y con la cabeza gacha.

—Nos dirigimos a Puerto Claro —repitió el caballero con voz cansina.

—Pues esto no será suficiente —dijo Lucía, apuntando a los alimentos que quedaban en la barra—. Con lo que os lleváis, tendréis, como muchísimo, para cuatro días. Y Puerto Claro está de aquí a… —Su mirada se perdió en el techo, entre las vigas oscuras—. Si vais andando, aún tardaréis unas dos semanas en llegar. Claro, si todo va bien. Cosa harto imposible.

Raziel era consciente de sus problemas, a diferencia de otros. Y no solo lo era de la escasez de provisiones y dinero, sino también de las dificultades que entrañaría cruzar la Cordillera del Talayón. De hecho, desconocía si lograrían cruzarla aunque lucharan a muerte; con los Altos Blancos, nunca se podía estar seguro.

—Quizá podamos comprar provisiones en otros pueblos que encontremos de camino —dijo el caballero—. Si no —se encogió de hombros—, siempre podremos cazar. Mi impetuoso escudero tiene buena mano con el arco: seguro que abate alguna ave o quizá un conejo. Siempre y cuando no le entre el canguelo.




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