Raziel: El caballero mendigo

Capítulo 11: Disculpas

Una jaqueca feroz, náuseas y fiebre lo afligían con una insistencia que parecía no tener fin. ¿No se decía que el beso de Thana era dulce? ¿No debería desvanecerse el sufrimiento al abandonar el mundo de los vivos? ¿No aguardaba un jardín en el que…?

—¿Elara? ¿Eres tú?

Una elfa, con un vestido largo estampado de flores, sonreía y saludaba desde la otra orilla de un río cristalino. Su melena morena caía en cascada sobre hombros y espalda. Unos ojos verdes y centelleantes la hacían lucir hermosa, incluso a distancia. Movía los labios, rosados y delicados, con expresión decidida, aunque sin emitir sonido alguno. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no alzaba la voz para articular las palabras? Mejor aún: ¿por qué no gritaba?

—Lo siento, Elara. No soy más que una farsa. Desde que te fuiste…

La mujer, con las mejillas enrojecidas y la mirada fija, negó con vehemencia. Ella sí que parecía escucharlo; en cambio, en la ribera donde él se encontraba no llegaba ningún eco de su voz. Aquel río, tal vez, sirviera de frontera entre dos mundos. Entre dos realidades.

—Al menos conseguí salvar a Tristán, a la muchacha y al bardo… algo que no pude hacer contigo, ni con nuestra pequeña.

La elfa dio un pisotón mudo y se plantó con los brazos en jarras. Luego compuso una mueca furiosa.

La angustia se agudizó hasta volverse casi insoportable. La visión se emborronó, como un cuadro recién pintado que se disolvía por la lluvia. Nada tenía sentido. ¿Hasta muerto debía seguir atormentado? ¿Tan malvado había sido para merecerlo?

Un velo de tinieblas se deslizó sobre el paisaje. El río se sumió en la nada; los exuberantes campos se desintegraron, arrastrados por un viento invisible. Al final, solo quedó ella, observándolo con decisión.

¿Su cuerpo… brillaba?

—Raziel, tu hora no ha llegado. Tu misión aún no ha terminado.

—Elara, yo…

—Todavía hay personas que te necesitan. Aquí permaneceré mientras tanto, aguardándote. Siempre.

Entonces, todo desapareció, y el martirio que lo consumía sin tregua se disipó, dejando al caballero inmerso en una profunda paz.

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El hombre postrado parecía sufrir: se retorcía, sudaba y dejaba escapar breves quejidos de cuando en cuando. Tal vez fuera por un sueño; quizá, por una pesadilla. En cualquier caso, estaba a punto de despertar. Tras un largo día inconsciente, por fin regresaba al mundo de los mortales.

—¡Está volviendo en sí! —gritó una voz femenina—. ¡Llama a Tristán! ¡Que venga de inmediato!

Unos pasos apresurados se perdieron por el pasillo, y la puerta se cerró tras ellos. Después de un chasquido sordo, aquella voz volvió a resonar.

—Tranquilícese. Todo está bien; se encuentra a salvo.

Raziel oía las palabras, pero las percibía lejanas, como un eco perdido en una caverna interminable. En su mente persistía la imagen de Elara: bella como el día en que la conoció, con su mirada intensa, su larga cabellera oscura y su carácter fuerte, que tanto le agradaba. «Por favor, no me dejes solo, no te vayas sin mí», se repetía el caballero sin cesar. Las lágrimas escaldaban sus mejillas a medida que se deslizaban hacia la almohada. Al fin y al cabo, no era más que otro humano entre millones, por mucho que su aspecto, su fuerza o las historias que se contaban sobre él dijeran lo contrario.

La puerta se abrió de un golpe y restalló contra la pared; el estruendo laceró los sensibilísimos oídos del caballero. Cuando el pitido menguó, Raziel entreabrió los párpados y descubrió a su escudero plantado en el umbral. La aparición, casi fantasmagórica, lo arrancó de su letargo. Terminó de abrir los ojos, enrojecidos y escocidos, y contempló al joven, que le devolvía el gesto cambiando el peso de un pie a otro. La claridad se difuminó, y el caballero tuvo que pestañear repetidas veces para distinguirlo de nuevo. Pero cuando sus miradas se cruzaron por segunda vez…

—Maestro… ¡Gracias a Morfosis que aún respira! —clamó Tristán, abrazándolo—. No imagina cuánto me alegra verlo con vida. Si le hubiera ocurrido algo, yo… —No pudo terminar, porque el llanto lo venció.

Raziel se quedó inmóvil. Abrumado. No abrazaba a nadie desde hacía eones. Quizá la última vez fue cuando estrechó a Elara después de besarle la barriga hinchada, meses antes de que la ruina se lo arrebatara todo. Así pues, por mucho que apreciase a Tristán, la impulsividad de este lo perturbó. Pero, para no revelar su amargura, se dejó zarandear. Aunque, de haberlo querido, tampoco hubiera sabido cómo reaccionar.

—El caballero necesita descansar, Tristán. Por favor, no lo sacudas así, que no es tu novia —reprendió la desconocida con firmeza.

—¡Oh! Sí… ejem… lo siento —balbució el muchacho, ruborizado, y soltó a Raziel—. Perdóneme, maestro. No era mi intención lastimarlo.

El caballero no contestó; permaneció boca arriba, con la vista extraviada en el techo. Sin embargo, una ligera gratitud afloró en su pecho y le curvó los labios en una suerte de sonrisa tímida. «Es más de lo que merezco».

Aunando las pocas fuerzas de las que disponía, intentó incorporarse, pero fue en vano. El cuerpo protestó con un aluvión de martillazos, cuchilladas y estocadas. El suplicio lo atosigó con tanta saña que al final tuvo que resignarse y dejarse caer sobre el colchón, que protestó con un bufido. Supuso entonces que, pese a la tortura que le causaban, ninguna de las heridas sería grave; no obstante, la mayoría debía de exigir atención de un experto, pues si llegaban a infectarse… probablemente moriría sumido en una agonía atroz. Aunque quizá fuese lo mejor; así se reencontraría con Elara y…




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