Raziel: El caballero mendigo

Capítulo 12: Asuntos pendientes

En tres días y un desayuno, Raziel ya se encontraba en plena forma. Nadie —sobre todo Tristán— lograba explicarse cómo, tras haber estado inconsciente, febril y lleno de heridas, se había recuperado con tanta celeridad. Casi parecía un chaval y todo. El caballero, en cambio, conocía bien los motivos: se debía a la fuerza de voluntad y a la testarudez. Aunque los brebajes élficos —que sabían a desagüe y tenían trozos de solo Morfosis sabía qué— también habían contribuido, igual que las minuciosas atenciones de Vaelora. Aun así, arrastraría cortes y quemaduras durante unas semanas, pero, según la elfa, «sin riesgo de que se gangrenen».

Tras el último bocado, Raziel mandó llamar a Tristán a la sala común de la posada y le informó de que partirían aquella misma mañana de Villa Escarlata. Después se dirigirían al norte, hacia la Cordillera del Talayón, y de camino ingeniarían una manera de superar el puesto de control de los Altos Blancos. El muchacho se mostró escéptico y alegó que aquellos seres los retendrían allí por siempre, que en cuanto vieran sus atuendos se negarían incluso a hablar con ellos. El caballero calló durante un momento, pero enseguida siguió con su explicación. Una vez rebasadas el sistema montañoso, solo sería cuestión de tiempo que llegaran a Puerto Claro. Cuanto más se demoraran, más estragos causaría el caballero dragón, más costaría repararlos y más explicaciones tendría que dar Raziel al rey Vitruvio.

Pero, antes que nada, debían reaprovisionarse y asegurarse de que llevaban lo imprescindible para el viaje.

—¿Dónde están tus cosas, chico? —preguntó Raziel, ceñudo—. ¿No te dije ayer que estuvieras preparado en todo momento?

—Sí, maestro, pero no me especificó cuándo saldríamos, así que… —replicó Tristán, con una seguridad inusual—. Además, antes de irnos, tenemos dos asuntos que atender.

El caballero lo escrutó con una ceja enarcada. ¿Qué cuestiones les quedaban por «atender»? Que él supiera, todo había quedado zanjado, salvo, claro está, el problema de las provisiones.

—¿Dos asuntos? —repitió—. Hasta donde sé, solo nos queda recoger lo que Velanor nos haya preparado.

—En realidad… con ese ya serían tres los asuntos que debemos resolver antes de marcharnos —aclaró el escudero. Luego, sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se encaminó hacia la salida.

—¿Adónde crees que vas, chico? —bufó el caballero, pero Tristán lo desoyó y siguió sin mirar atrás. ¿Qué pulga le había picado? Desde luego, no la misma que a él.

Cuando abandonaron la posada, el frescor húmedo de la mañana disipó un ápice la confusión de Raziel; además, el aroma a pan recién horneado, bizcochos y tartas de manzana impregnaba el ambiente. Pese a haber desayunado, su estómago rugió, exigiendo más comida. Tristán lo miró de soslayo, con una sonrisilla bobalicona, y el caballero disimuló carraspeando. Siguieron avanzando y se reunieron, a un lado del edificio, con Velanor y Lucía. Charlaban con energía, reían y asentían a los comentarios del otro. El caballero vio que la chica portaba en la cintura un arma poco común. Se parecía a una espada, aunque más corta y delgada que la de Tristán. Tanto la vaina, de piel marrón, como la hoja describían una suavísima curva que comenzaba sobre la guarda y terminaba en una punta triangular. La empuñadura, fabricada en madera, mostraba palabras élficas talladas. ¿Qué significaban? El caballero pareció comprender y frunció el ceño.

—¡Vaya, pero mira a quiénes tenemos aquí! —exclamó Velanor con júbilo.

Tristán se acercó con decisión, estrechó la mano al elfo y le devolvió la sonrisa. Después fue hacia Lucía y repitió la maniobra, levemente sonrojado. Raziel lo siguió más despacio, preguntándose desde cuándo el chico era tan extrovertido. ¿Le habrían dado alguna pócima? ¿Se habría golpeado la cabeza? ¿O era que, por fin, estaba madurando?

—¿Cómo te encuentras, ser? —inquirió el elfo—. Veo que te recuperas con rapidez de las heridas.

—En peores me he visto —repuso el caballero, encogiéndose de hombros—. Si unas simples magulladuras me dejaran en cama más de dos días, significaría que ya no sirvo para esto.

—No quisiera ofenderte, pero creo que te exiges más de la cuenta, sobre todo viendo cómo quedaste tras el incidente del mirador.

El caballero contempló a Velanor con suficiencia. Podría haber soltado un sinfín de cosas al respecto, pero decidió guardárselas para sí. No obstante, mencionar el mirador le trajo a la mente una cuestión que le rondaba a todas horas.

—¿Qué era esa bestia que nos atacó?

—¿No lo sabes? —Velanor desvió la mirada hacia Tristán—. ¿No le has contado al caballero lo que te expliqué sobre la mantícora?

El rostro de Tristán enrojeció tanto como su melena, y, notando todas las miradas puestas en él, agachó la cabeza. Su postura, encorvada, expresaba: «Lo siento, se me ha olvidado». Pero aquel detalle solo lo captó Raziel.

—Bueno, no importa —continuó el anciano—. ¿Recuerdas los tres toques del cuerno, ser?

Raziel asintió y se cruzó de brazos.

—Pues aquellos toques eran la llamada que advertía a la mantícora de que la cena estaba lista, por así decir. —Se rio con nerviosismo—. El mirador ha servido durante décadas de comedero para esa bestia y su prole. Y, como la situación era desesperada, hicimos sonar el cuerno para que os devorara a todos.




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