La niebla inundaba el Bosque Rojo, y apenas se distinguía nada a una docena de pasos, solo formas y sombras cambiantes. El relente humedecía las ropas del grupo sin llegar a empaparlas; en la calva de Raziel se condensaba en un enjambre de diminutos destellos. La brisa gélida arrancaba tiritones esporádicos, ora en Tristán, ora en Lucía. El ambiente, en definitiva, era más propio del otoño que de la primavera.
De no contar con la ayuda de Lirael, abandonar el bosque habría sido casi imposible. ¿Quién iba a saber hacia dónde dirigirse entre tantos árboles granates y aquella bruma de tres pares de narices? Por suerte, el comandante les había asegurado, a las puertas de Villa Escarlata, que conocía aquel paraje mejor que la palma de su mano. Con todo, el camino hacia la salida pronto se complicaría: según Velanor, tendrían que cruzar un abismo de profundidad incalculable. También les comentó que aquel socavón estaba relacionado con el Árbol Corazón, el coloso vegetal de la villa.
El elfo lideraba la marcha, tan rígido y eficiente como de costumbre. No había tropezado ni dudado ni una sola vez desde la partida. Tras él, con idéntico porte —pero con varios traspiés mal disimulados—, iba Raziel, con la armadura oxidada brillando de humedad. Detrás avanzaban Tristán y Lucía, uno al lado del otro y en silencio. El escudero aún no había descubierto cómo romper el hielo con ella, aunque, si los suspiros hubieran sido palabras, habría sido el más elocuente del grupo. Lucía, en cambio, caminaba distraída, apreciando el contraste entre las hojas, los matorrales y la neblina. Parecía una niña de excursión.
Por último…
Yeremy, sumido en un extraño mutismo desde que abandonaron Villa Escarlata, adelantó a los jóvenes por la izquierda y a Raziel por la derecha, esquivando un arbusto enorme. En un frufrú de telas, terminó colocándose junto a Lirael. El bardo llevaba el pelo recogido bajo la boina porque, según explicó, aquella humedad se lo encrespaba y se le formaban nudos que solo Morfosis sabía lo dolorosos que eran deshacerlos. Como cabría esperar, todos se tomaron aquel comentario como uno de sus chistes sin gracia. Caminó en silencio durante varios minutos, aguantando el ritmo acelerado del comandante. Por mucho que el elfo acelerara, Yeremy no perdía ímpetu y se mantenía a la zaga, como una maldición lanzada por una bruja. Para hacerse notar, carraspeó varias veces, pero Lirael lo ignoró. Al final, con el gaznate ya dolorido, Yeremy le palmeó la espalda con fuerza —quizá con demasiada— para que lo mirara a los ojos. Cuando ambas miradas se cruzaron —una burlona; la otra iracunda—, Yeremy preguntó con tono jocoso:
—¿Cómo estamos, mi buen comandante? —Mientras caminaba, se llevó las manos a la espalda y se sujetó la muñeca izquierda con la palma derecha, imitando al elfo.
Lirael le sostuvo la mirada unos segundos; luego, con suficiencia, la devolvió al frente y continuó como si nada. Al parecer, para el comandante el bardo no era más que una molestia que estaba obligado a soportar.
—Tú en tu línea, para no perder el hábito —soltó el bardo—. Con esa pose tan castrense que parece gritar a los cuatro vientos: «Se mira, pero no se toca. Yo soy el macho alfa y todos deben besar el suelo que piso».
El comandante ladeó la cabeza y lo escudriñó sin parpadear siquiera; su expresión era un jeroglífico de amenazas veladas. El comentario de Yeremy, no obstante, hizo sonreír a Raziel, que atendía a la conversación; al comandante, ni un ápice. Tal vez, de no contar con la protección de Velanor, Lirael le habría clavado la espada en el corazón al bardo. ¿Y quién podría habérselo reprochado?
—¿Cómo se encuentra la hija del vejete? —siguió Yeremy, serio—. Aemeria se llamaba, ¿verdad?
La pregunta despertó la curiosidad de Raziel, que no pudo disimularla. Si bien el caballero no conocía a la chica —ni siquiera la había visto, salvo retratada en un cuadro—, comprendía perfectamente el dolor de su padre. De todos modos, le resultaba extraño lo poco afectado que se mostraba Velanor, como si no fuera consciente de la gravedad de lo ocurrido. Sospechaba que ahí se ocultaba algo más: que al anciano —como a él mismo— no le agradaba exponer su verdadero rostro en público.
Lirael avanzaba a través del bosque, esquivando rocas, ramas secas y troncos caídos. El grupo lo seguía, sorprendido por el extraño rumbo que tomaba: ni siquiera había una senda marcada. Suponían que el elfo los guiaba por la ruta más rápida, pero si por casualidad llegaban a perderse en aquella espesura… ¡Que Frylia, madre de los elfos, se apiadara de ellos!
Yeremy resopló, en apariencia molesto con el comandante. ¿Por qué este no le dirigía la palabra? ¿Era por lo que le había dicho cuando los emboscaron? ¿Tan rencoroso era?
«Ahora resulta que los elfos del bosque son orgullosos», pensó Raziel, leyendo el mohín de Yeremy.
—Lirael, ¿no? —insistió el bardo. Nada más preguntar, trastabilló con la raíz de un matorral y chocó contra el elfo. El comandante lo agarró por acto reflejo y lo estabilizó. Ya recuperado del incidente, Yeremy hizo una ligera venia. Después carraspeó por enésima vez y añadió—: Siento lo que dije sobre tu pueblo. Sé que no estuvo bien, pero fue por… bueno, ya sabes, por los bandidos. No lo decía en serio; solo quería desahogarme y echarle las culpas a alguien.
Lirael lo contempló otra vez; su rostro no dejaba entrever qué estaba pensando. Al cabo de unos segundos, el comandante inclinó levemente el mentón.