Raziel: El caballero mendigo

Capítulo 14: Buena persona

—¿Quién te crees que eres para liberar a los esclavos? —estalló la Señora a través del nexófono—. ¿Desde cuándo decides por el Cardo, bandido?

Arden contraía la mandíbula con tanta fuerza que los dientes le chirriaban como una polea vetusta; los labios, por su parte, se habían reducido hacía unos minutos a una línea blanquecina, rodeada de una miríada de arrugas. La conversación con la Señora, que ya duraba más de lo necesario, no discurría por caminos satisfactorios, sino que serpenteaba entre espinas afiladas y venenosas. Si de él dependiera, la mandaría a tomar viento y buscaría trabajo en otra parte, pero había firmado un condenado contrato —con la sangre de su pulgar— y estaba obligado a obedecer. Así que debía aguantarse. O, por lo menos, aparentar.

—¡Los rehenes no eran del Cardo! —exclamó Arden con un gallo, que le hizo sentirse ridículo—. Eran mis rehenes; podía hacer con ellos lo que me viniera en gana. Si al Cardo no le agrada lo que…

—No te confundas, Arden —lo interrumpió la mujer, escupiendo el nombre del bandido como si le hubiera entrado un mosquito en la boca—. Ahora tu banda de sarnosos forma parte de mi propiedad. —Tosió—. ¡Grábate esto a fuego! Yo decido; obedeces. ¿Cuántas veces he de repetírtelo?

Fuera del carromato, el barullo del gentío confería al diálogo un cariz teatral, pese a la gravedad de los temas tratados. Desde que llegó al Pinar de Casiannos, Arden observaba, abrumado, la multitud que deambulaba por el lugar. La zona, un bosque de altos pinos piñoneros sin podar, llenos de alcayatas y agujeros, tendría el tamaño aproximado de una aldea mediana, pero, aun así, ¿cuántas almas residían allí? ¿Dos mil? ¿Tres mil, quizá? La aglomeración también contaba con una diversidad envidiable: chiquillos andrajosos, delincuentes de todo tipo, prostitutas de todas las razas y edades, cambistas de dudosa fiabilidad, prestamistas ávidos de intereses, vendedores ambulantes llegados de todos los rincones del mundo, mercenarios mal pertrechados, ancianos tullidos, enfermos, o ambas cosas… Aquel lugar le pareció a Arden un reino dentro del reino de Ynnea.

¿Y se suponía que debía mantener la compostura en tales condiciones? ¿Cómo podría esperar nadie que su intercambio con la Señora, siempre altiva, discurriera con suavidad? «Al menos, los Altos Blancos nos dejaron pasar sin oponer resistencia», pensó, aferrándose a un mínimo consuelo en medio de aquel caos.

—¿Me estás escuchando, bandido? —inquirió la mujer.

—Por supuesto, mi Señora. Pero como me informaron de que Xarion había caído, liberé a todos los rehenes. Ya no nos eran necesarios e incluso suponían un despilfarro de recursos para la banda. Como comprenderá, no somos la beneficencia.

—No. Definitivamente no me has entendido. —Un bufido, que podría haber revuelto la cabellera de Arden, escapó del nexófono—. Ellos eran mis rehenes. Del mismo modo, los «recursos», la banda, el elfo y sois de mi propiedad. Te lo diré de forma sencilla: todos vosotros me pertenecéis.

La conversación no hacía sino exasperar al bandido; cada palabra de aquella mujer insidiosa incrementaba su odio. Si aquello continuaba así… Arden llenó los pulmones y los vació, esperando calmar el borboteo de su sangre. Sin embargo, fue un esfuerzo estéril, por lo que se preparó para responder de la forma más contundente posible. Debía sonar conciliador y firme. No podía permitirse el lujo de que el Cardo de Doce Espinas, con sus cientos de tentáculos invisibles, se pusiera en su contra, pero tampoco toleraría que humillaran a su banda o a él.

Cuando halló las palabras que consideró adecuadas, dijo:

—Si nuestra meta es jubilar al caballero mendigo, lo mejor sería deshacernos primero de los lastres. No soy tan impulsivo como Xarion: manejo las situaciones con prudencia. Ahora, gracias a una mayor libertad de movimiento, podremos trazar un plan meticuloso para recuperar la espada. Sus rehenes, mi Señora, habrían imposibilitado que el Cardo alcanzara sus objetivos. Aunque, por supuesto, todo esto es solo mi más humilde opinión.

«Trágate la bilis. Trágatela y resiste ante la tormenta».

Al principio no hubo respuesta, pero, tras varios siseos procedentes del nexófono, la mujer declaró:

—Tal vez tengas razón, Arden, pero no olvides una cosa: todo lo que vayas a hacer a partir de este momento… ¡lo consultarás conmigo! —La gelidez de su tono estremeció al bandido—. Solo procederás si yo te lo autorizo. ¿Me he explicado con claridad?

—Por supuesto, mi Señora —mintió.

Entre la muchedumbre, sobresalió la voz de un vendedor itinerante, que pregonaba, desgarrándose los pulmones, los fabulosos artículos de los que disponía. Uno de ellos, que ruborizó a Arden, era un «alargador de pene» procedente de las Islas del Descaro, archipiélago vasallo del rey Vitruvio. Según el comerciante, aquel artilugio extendía el miembro masculino hasta el doble de su tamaño en apenas dos semanas. Mentía desvergonzadamente; no obstante, lo explicaba con tanto entusiasmo que un ingenuo podría habérselo creído.

«Lástima que no venda alargadores de inteligencia…».

La Señora también escuchó el pregón del vendedor y susurró que a su marido, el caballero dragón, le vendría bien uno. Arden hizo caso omiso del comentario: bastante tenía con sus propios problemas.




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