Raziel: El caballero mendigo

Capítulo 15: Pescador de truchas

¿Cómo podía hacer tanto calor en primavera? ¿Acaso el verano no tenía paciencia y se empeñaba en echar de escena a su hermana? ¿O era Morfosis castigándolos por algún pecado que tendrían que expiar derritiéndose bajo el sol?

Tras dos días de marcha extenuante por caminos ruinosos, el ánimo del grupo empezaba a menguar. ¿Quién iba a pensar que no encontrarían rastro de civilización, ni una triste alma itinerante, en tantos kilómetros? Incluso los animales, antes abundantes, ahora los evitaban, como si fueran portadores de una epidemia. Y para colmo de males, muchas de las sendas que pisaban estaban repletas de regueros, piedras con mala leche y malezas pinchudas y urticantes. Grandes socavones, además, entorpecían el avance, obligándolos a brincar de una orilla a otra como condenados saltamontes. ¿El pésimo estado de las vías era culpa del caballero dragón, o era simple abandono?

La moral de Yeremy estaba por los suelos y apenas abría la boca. Cuando lo hacía, un largo suspiro amargo brotaba de sus labios. Si su ingenio se asemejara a una flor silvestre, ahora estaría, como esta, achicharrado —a punto de estallar en llamas—. Ya no contaba chistes, ni se burlaba de nadie, ni improvisaba con el laúd… ¿Estaría enfermo?

Aquella pregunta podría hacérsele, en realidad, a cualquiera de ellos. Visto lo visto.

El más entero de todos —al menos en apariencia— era Raziel. Siempre caminaba erguido como una vela, con paso firme y el rostro indescifrable. Al igual que los demás, sufría la fatiga, aunque se obligaba a continuar sin demostrar debilidad. Tampoco dejaba ver que estaba hasta la coronilla de tanto bochorno. No lo hacía para aparentar superioridad frente a sus compañeros, sino para infundirles aliento. Arrojo. Temple. Si el líder dejaba entrever su aflicción, ¿cómo influiría en Tristán? ¿En Lucía? Si flaqueaba, ¿se vendría abajo también el bardo? Para no comprobarlo, se mantenía imperturbable. Al fin y al cabo, su entrenamiento se basaba en la fortaleza física y mental. Y ambas, por desgracia, estaban en las últimas.

Al menos el paisaje era bonito… Los campos floridos impregnaban el ambiente con una fragancia suave, reconfortante, que alentaba al grupo a no rendirse, sobre todo a Lucía. El rojo de las amapolas, el blanco de las margaritas, el morado de los cardos —que eran legión— y el rosado de algunos rosales los distraían de sus penas. Gracias a aquel espectáculo, el viaje por aquellas tierras dejadas de la mano de Morfosis se hizo más ameno. Que no más sencillo.

Aun así, la comitiva no se libraba de los percances propios de todo viaje largo.

—Maestro —llamó Tristán con voz apagada—, ¿cree que deberíamos buscar un lugar donde descansar?

—Revisa el mapa y dime dónde nos encontramos, chico —pidió Raziel, enjugándose el sudor de la frente con la palma de la mano.

Tristán sacó el mapa de su petate, lo desenrolló, procurando no humedecerlo, y buscó dónde se encontraban. Conclusión: en mitad de ninguna parte. O el mapa no era lo suficientemente detallado, o en verdad no existía pueblo alguno en kilómetros a la redonda. Aquello era desquiciante.

—Si tomo como referencia aquel monte… —murmuró, señalando sin mirar—, a unas horas al noroeste de aquí hay un lago, creo.

—Ahora mismo me comería un salmón —comentó Yeremy desde la retaguardia.

—Los salmones no viven en los lagos, cazurro —replicó Lucía, retirándose de la cara los mechones escapados de la trenza—. En todo caso, se pueden pescar truchas.

—Pues me comería una trucha. Total, lo importante es tener una dieta variada, ¿no? —preguntó mientras se abanicaba con la mano—. Carne o pescado. Cada uno elige lo que más le conviene.

Tristán carraspeó para hacerse notar y dijo:

—Según el mapa, a la orilla del lago hay un grupo de cabañas y un pequeño muelle. Aquí pone que el lugar se llama… ¿Vadocañas? —Se quedó pensativo—. ¿Es el nombre del lago o de los edificios?

—Si no lo sabes tú, ¿cómo voy a saberlo yo? —espetó el bardo.

Raziel estudiaba la posibilidad de descansar en la orilla del lago y, más aún, de dejar los pies en remojo para aliviar las molestias. Debía tener unas ampollas como puños a aquellas alturas. Además, caminar sin descanso durante lo que parecían eones le había provocado intensos dolores en los dedos, que arreciaron cuando varias uñas —sobre todo la del dedo gordo izquierdo— se le clavaron en la carne. Sin que él reparase en ello, se estaba haciendo mayor.

—¿Nos desviaremos mucho del camino? —preguntó el caballero.

—No… —contestó el escudero de inmediato—. De hecho, solo tomaremos una variante que no alargará la ruta.

—Está bien. Hoy pararemos en Vadocañas o como quiera llamarse, pero mañana partiremos temprano hacia las montañas. No nos podemos permitir el lujo de una excursión indefinida.

—¡Faltaría más, ser Raz! —exclamó Yeremy—. Tengo que rescatar a una joven damisela de las garras de un temible villano, así que me urge más a mí que a ti llegar a ese maldito pinar. Pero… —aspiró con fuerza— no soy una máquina como tú. Mira, toca aquí. —Se señaló el pecho—. Notarás que todavía tengo corazón.

El comentario pasó sin pena ni gloria. En aquellos momentos, ninguno estaba de humor para tonterías. En vez de resultarles divertido, prestar atención al bardo solo les provocaría unas ansias irrefrenables de darle una paliza. De tirarlo a un pozo, de haberlo. Así que lo mejor era no tentar a la suerte.




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