—Contrae el abdomen y bloquea la cadera —ordenó Raziel—. Más fuerte. Así, mantenlos tensos. —Se plantó a dos pasos de Lucía, mirándola con los ojos entrecerrados—. Recuerda bien esa sensación, porque, de lo contrario, tus ataques carecerán de fuerza y tu defensa será como una hoja de papel.
Mientras Tristán y Yeremy intentaban pescar la cena, el caballero no dejaba de poner a prueba a Lucía. Una ráfaga tras otra de órdenes, correcciones, reprimendas. La chica, neófita en el arte de la esgrima, lo daba todo en cada movimiento, cosa que el caballero aprobó en silencio. Pero no era suficiente. En un combate real, donde la vida pendía de un hilo, una guardia inestable era un pecado capital. Raziel esperaba que, aunque no llegara a ser la mejor duelista del reino, al menos alcanzara una destreza mínima para no suponer una carga. Porque si tenía que estar salvándolos siempre… acabarían todos exterminados. «Por lo menos así el bardo dejaría de canturrear», pensó Raziel.
—Aprieta los muslos… Ahora los glúteos… Las pantorrillas… Bien. Si recibieras un embate en este momento, serías capaz de resistirlo sin perder estabilidad. —Raziel vio cómo a Lucía se le dibujaba un atisbo de sonrisa—. ¿Quieres que pongamos en práctica la teoría? —Se llevó la mano a la empuñadura de Alma Forjada.
Lucía dio un respingo, trastabilló con una piedra y cayó de culo; el sable élfico se le escurrió y rebotó hasta los pies del caballero. Frustrada, bufó como un buey exhausto y se incorporó de un salto. Luego, sin pensarlo, fue a recoger su arma, pero el caballero se le adelantó.
—Es un acero de calidad —musitó este, viéndose reflejado en la hoja—. Pero hace falta algo más para ganar una batalla. —Le tendió el sable por la empuñadura—. Si quieres sobrevivir, debes convertirte en el arma. Que tu brazo, tu mano, la empuñadura y el filo sean uno. ¿Comprendes?
—Pues… es complicado —balbució Lucía, mientras asía a Desvelos y lo sopesaba. El brillo gélido del acero la absorbió por completo—. Sobre todo… cuando, hasta ahora, el único filo que he blandido ha sido un cuchillo de cocina.
—¿Qué esperabas? ¿Dominar la esgrima en unos días? ¿Convertirte en la doncella guerrera?
Lucía calló.
Después, ahogando un suspiro, recompuso la postura, recordando lo enseñado por Lirael y sumándole los consejos de Raziel. Inhaló hondo y lanzó un tajo al aire; Desvelos silbó. Con aquel movimiento podría haber rebanado a una mosca desprevenida, pero jamás a un soldado o a un mercenario. Mucho menos al caballero que tenía delante.
—De pequeña —empezó—, jugaba con mi hermano a soldados. Agarrábamos dos ramas secas y luchábamos con ellas como si fuésemos caballeros de verdad. Cuando terminábamos, los dos íbamos cubiertos de arañazos y moretones. Una vez, incluso, le hice un chichón que le duró dos semanas. —Esbozó una media sonrisa—. Éramos dos críos ingenuos y llenos de ilusión. Por aquel entonces… yo no tendría ni diez años, y no había posturas que cuidar.
El caballero la observaba sin perder detalle. Mientras Lucía hablaba, embebida por sus recuerdos, lanzaba tajos al aire, y el sable la acompañaba con susurros de ánimo. Distaban de ser letales, aunque, con cada repetición, se apreciaba una mejora sutil. Ahora ya no se dejaba arrastrar por el peso del arma ni doblaba las muñecas antes de atacar. Si algo había aprendido Raziel a lo largo de su vida, era a escuchar. De hecho, era Elara quien lo amonestaba —más veces de las que estaba dispuesto a admitir— cuando dejaba de prestarle atención y se enfrascaba en quehaceres rutinarios de caballero: afilar la espada, pulir la armadura, desentumecer el cuerpo…
—Todavía me pesa que Damián muriese —se lamentó Lucía, y dejó de agitar el sable. Miró a Raziel y añadió—: Él, de haber nacido en una cuna noble, sí podría haberse convertido en caballero. Yo, en cambio…
—Es suficiente por hoy —decretó Raziel con lo que, creía, era una voz suave—. Lo mejor será descansar y llenar los estómagos antes de continuar el viaje. Mañana partiremos antes del alba.
La joven asintió y enfundó el sable en su vaina, arrancándole un rasguido al cuero. Cuando se contempló las palmas, descubrió ampollas aquí y allá. Las había de todos los tamaños —una tan grande como la uña de su pulgar—, y algunas ya estaban reventadas, supurando una agüilla cristalina. No se había percatado de ellas hasta entonces, obnubilada primero por los mandatos del caballero y luego por su pasado, pero ahora que lo hacía… Frunció el ceño, contrajo la mandíbula y agitó las manos.
El caballero descubrió sus heridas y dijo:
—Será mejor que las laves con agua caliente y te las vendes cuanto antes. Si no, podrían infectarse y sería mucho peor. De todos modos, dolerán. Pero mejor eso que tener que amputarte una mano.
—¿Amputar? —repitió Lucía. Se miró las ampollas y negó con la cabeza—. Sabes mucho de todo, ¿no?
—Sé lo necesario para sobrevivir —respondió el caballero—. Tras tantos años en esto, no queda más remedio que aprender un poco de todo.
La joven asintió con desgana.
Ella siempre había destacado por tener una curiosidad insaciable, una cualidad que Damián había contribuido a desarrollar. Desde que tuvo uso de razón, las preguntas se habían sucedido en cascada. A su padre, a su madre, a su hermano, a Felipe, a cualquiera que tuviera la desdicha de toparse con ella. Pero de aquello hacía… quizá fuese en otra vida. Su hermano, cierto día lluvioso, le aseguró que el conocimiento la haría rica cuando se hiciera mayor. «Una mente cultivada es una mente a reventar de monedas», le había afirmado. En aquel momento le creyó. Todas las noches, mientras yacía boca arriba en la cama y el mortecino resplandor lunar se filtraba en su habitación, se imaginaba a sí misma en un palacio repleto de mármol, oro y diamantes, con un centenar de mayordomos y sirvientas. En el jardín, una fuente de chorros; en el establo, ponis a rebosar. Hasta se visualizó cabalgando a lomos de un unicornio por los pasillos para ir a tomar el almuerzo. No obstante, cuando llegó el día en que le arrebataron la infancia, dejó de soñar despierta y se limitó a seguir adelante.