Raziel: El caballero mendigo [grimdark]

Capítulo 4: Un corazón noble

Dos días habían transcurrido desde la huida de El Retamal, y la pareja estaba más exhausta que nunca; las provisiones, además, menguaban a un ritmo acelerado. Que Tristán recordara, apenas les quedaba una pizca de tasajo —duro como una piedra—, un puñado de frutos secos y el agua justa para ir remojando la lengua de vez en cuando. Las zanahorias, las patatas y los dátiles solo eran un recuerdo agridulce. Para aquella jornada, pese a todo, sería suficiente, pero pronto se quedarían sin nada y tendrían que recurrir a la caza. Gracias a Morfosis, una plaga de conejos, que ya había hincado el diente a varios viñedos, asolaba la zona. Raziel le explicó a su escudero que los conejos eran, al mismo tiempo, una bendición y una maldición, según el prisma bajo el que se mirase. También añadió que, asados, estaban tan sabrosos como fritos, así que el estómago del joven no paraba de rugir.

Al contrario de lo que ocurría con los conejos, los viajeros escaseaban cada vez más a medida que se acercaban a Puerto Claro, como si la tierra se los hubiera tragado. Cierto era que, para prevenir emboscadas, habían decidido utilizar rutas secundarias —marcadas en el mapa por líneas discontinuas—. Sin embargo, la ausencia de transeúntes en las últimas tres horas inquietaba a Tristán. A Raziel, en cambio, le daba lo mismo; alegaba que, cuanto más solo, tanto más tranquilo. Tal vez se debiera a que, desde que el caballero dragón tomó posesión de la provincia de Yniesta, la decadencia, la explotación, la violencia y, en consecuencia, la muerte se habían convertido en costumbre. «Si esto continúa igual, pronto no quedará nada de provecho», pensó Raziel mientras contemplaba los cultivos arruinados. «Tan solo un gigantesco erial».

Si existía alguna esperanza para los habitantes de la región, residía en el mal llamado caballero mendigo y en su pupilo. Claro que nadie sospechaba que aquella singular pareja, la cual vagaba por los caminos, tenía la orden de restaurar el equilibrio en Yniesta. Su misión, conocida solo por el rey Vitruvio y su Mano —amén de Raziel y Tristán—, consistía en ajusticiar al caballero dragón en nombre de la ley. Cuando el monarca se reunió con Raziel, le suplicó que detuviera la sangría que su vasallo estaba acometiendo. Le confesó —con voz cansina— que, de haber conocido el lado oculto de aquel caballero, jamás le habría otorgado el poder. Como servidor había sido ejemplar, pero como gobernante… Incluso el rey, espoleado por otro de sus súbditos, concertó el matrimonio de la hermana de este último con el caballero dragón. Vitruvio había dado cuanto pudo por él y, como recompensa, había recibido «puñaladas traperas». Así se lo hizo saber a Raziel.

—Es demasiado blando para ser rey. Siempre se lo he dicho, y se lo seguiré repitiendo hasta que le entre en la cabeza —le había comentado Raziel a Tristán al terminar la reunión.

Pero, en fin, pensar en el pasado no cambiaría su presente. Mucho menos acallaría los malditos gruñidos del estómago de Tristán.

—¡Mire, maestro! ¡Allí, allí! —exclamó el muchacho, haciéndose visera con la zurda. Su índice derecho, mientras tanto, señalaba un punto indefinido entre dos valles.

—¿Qué narices pasa, chico?

—Creo que eso de allí es una… hum… cantera. ¡Sí, estoy seguro! ¡Es una cantera, maestro! ¿Paramos a descansar en ella?

Apenas quedaban dos horas de luz —calculó el caballero midiendo con los dedos la distancia que separaba al sol del horizonte—. Según el mapa, la próxima población quedaba a día y medio de marcha. Si querían sobrevivir, el descanso era tan importante como las provisiones. No obstante, de haber viajado solo, Raziel habría preferido seguir caminando —como un alma en pena— hasta Puerto Claro, a Morfosis sabía cuántos días a pie. Pero con la compañía del muchacho, decidió tomarse la situación con más calma.

Aun así, maldijo entre dientes la efusividad del chico por una puñetera cantera que, para colmo, ni salía reflejada en el mapa.

—Está bien —consintió, tras un largo suspiro.

Que Raziel aprobase la petición hizo que el joven diera un brinco y una palmada. Por lo general, el caballero se negaba a todo. Si Tristán proponía ir por la derecha, él prefería la izquierda; si el escudero sugería descansar, su maestro insistía en proseguir, y terminaban caminando durante horas y horas y horas. A ojos de un desconocido, parecían agua y aceite, en un constante tira y afloja. Aquella fue una pequeña victoria que, por desgracia, no cambiaría el curso de la batalla a favor del chico. Quizá nunca lo hiciera.

Al ritmo que marcharon, acelerados por la exaltación de Tristán, no tardaron ni una hora en alcanzar la cantera. Cuando se asomaron al borde del precipicio —un agujero circular enorme, de unos cincuenta metros de profundidad y cientos de metros de ancho—, la estampa resultó espectacular. Grandes paredes pulidas y blanquecinas caían en perfecta verticalidad hasta el fondo, donde decenas de montoneras de tierra y piedras descansaban. Alrededor de los montones había un sendero excavado en la roca que descendía gradualmente hasta un cobertizo en la base. Solo debían seguirlo para llegar abajo. Aunque la bajada era sencilla, la estrechez de la senda bastaría para provocar un vértigo atroz a quienquiera que no estuviera preparado. Por fortuna, tanto el caballero como su escudero estaban protegidos de tales espantos.

—¡Guau! —exclamó Tristán—. ¡Esto es… descomunal!

—Las he visto más grandes —replicó Raziel, mientras contemplaba el vacío como quien contempla una obra de teatro aburrida.




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