Tristán había cazado cuatro conejos en tan solo media hora. Aquella mañana, Morfosis sonreía a la singular pareja, con un ojo guiñado y todo.
La noche anterior, tras acabar el entrenamiento —que había resultado mejor de lo esperado—, agotaron sus provisiones. Ahora, de los suministros adquiridos en El Retamal, solo les quedaban dos tragos de agua por cabeza. Si el dios, alguno de sus Heraldos o quien fuera siguiera acompañándolos, encontrarían un arroyo que, de acuerdo con el mapa, discurría a escasos kilómetros. Allí rellenarían las cantimploras e inundarían sus estómagos hasta reventar. Ilusionado con la idea, Tristán se había dedicado a cazar de camino. Todo un acierto. Raziel reconocía, incluso alababa en secreto, la puntería del muchacho: no solo había abatido las presas a la primera, sino que además había acertado en sus puntos vitales.
—¿Qué le parece, maestro? —preguntó Tristán, esbozando una sonrisa bobalicona.
—No está mal, aunque se debe a la gran cantidad de conejos que hay por la zona. Si no fueran una plaga… Mira, ¿ves aquello? —Raziel apuntó a varios montones de tierra agujereados—. Allá donde mires, encuentras sus madrigueras. Si metieras la mano en una hasta el fondo, seguro que sacarías a las crías.
—Sí, supongo que tiene razón, maestro —dijo el joven con voz pastosa—. Como siempre…
—Aun así, has hecho un trabajo decente, chico —felicitó el caballero, y a Tristán se le iluminaron los ojos—. Lástima que no seas tan diestro con la espada.
«Menos da una piedra», se dijo el muchacho, sin saber si reír o llorar.
Que Raziel lo elogiara —a su manera— era un logro en sí mismo, pues ocurría contadas veces. Cuando lo hacía, tras el cumplido llegaba una queja o una muestra de ufanía. No obstante, Tristán sabía de qué pie cojeaba su maestro y comprendía que no lo hacía con malicia. Aunque, pensándolo bien, sí había una pizca de displicencia; al fin y al cabo, aquella era su forma de forjarlo como caballero, y debía aguantarse y agradecer sus consejos.
—En cuanto lleguemos al riachuelo —comenzó el caballero—, iremos hacia el este, por el camino que atraviesa la Cañada de la Encina.
Tristán asintió sin mirarlo, mientras silbaba.
—Pareces satisfecho, chico. ¿No vas a preguntar nada?
—No, maestro. Anoche revisé el mapa y llegué a la misma conclusión: la mejor ruta hacia la Cordillera del Talayón pasa por esa vereda. Por allí evitaremos la Vía Pétrea y, con suerte, a los bandidos.
Raziel se encogió de hombros, más extrañado que indiferente. ¿Tanto lo había animado capturar unos simples conejos? ¿O quizá fuera por el halago? ¿O por la suma de ambas cosas?
Tras un buen rato de estridentes silbidos, la pareja llegó a la corriente que buscaba. En el mapa estaba marcada por un grueso trazo azul, pero acabó siendo una simple acequia por la que discurría un agua cristalina. Mejor así. El escudero apoyó el petate en un árbol, así como la caza, el arco y el carcaj, y pensó, todavía complacido, que aquel paraje se parecía a un oasis: apartado, silencioso y protegido de las inclemencias del clima. Luego se acercó al agua, hizo un cuenco con las manos y bebió un trago. No supo a nada. Repitió el gesto y bebió con avidez, derramándosela por el pecho. Tal vez no fuera potable, pero ¿qué era una indigestión comparada con morir de sed?
Cuando se empachó, se levantó, cerró los ojos y guardó silencio. Escuchó el rumor del viento, que mecía las copas de los árboles y agitaba las hojas como miles de banderines; percibió el chapoteo de la corriente al rebasar algún obstáculo —aunque Tristán lo imaginó como si un pez saltara, remontándola—; descubrió, en la lejanía, el canto de infinidad de aves, que formaban un coro magnífico. Aquello habría sido el paraíso, de no ser consciente de dónde se encontraba realmente.
—¿Qué diablos haces, chico? —se impacientó Raziel—. Llena las cantimploras y deja de perder el tiempo. —Miró al cielo, donde una gran nube cubría el sol, y añadió—: Menos mal que el sol no aprieta, porque de lo contrario…
Tristán obedeció. Tomó las cantimploras y las llenó hasta el tope; después bebió de nuevo, sin poder contenerse. El agua, fresquísima, se le fue por el otro lado, y el muchacho comenzó a toser con violencia. Se puso tan rojo como una brasa, pero pudo recuperar el aliento tras golpearse el pecho con el puño. Raziel, observándolo con atención, chasqueó la lengua. Tal vez no hiciera falta que unos bandidos mataran al muchacho, pues ya lo haría él solo. Tristán respiró hondo y pensó, mientras disimulaba que no había pasado nada: «Esperemos que esta no sea la calma que precede a la tormenta».
Raziel se acercó al chico, le arrebató una cantimplora y bebió. En tres largos tragos la vació. La rellenó de nuevo y consumió la mitad. Podría excusarse diciendo que, como era un hombre corpulento, necesitaba más agua, pero la realidad era mucho más prosaica: tenía el gaznate reseco y la lengua tan quebradiza como las hojas otoñales. Así que beber no solo alivió su sed, sino que también sosegó sus preocupaciones. Quizá aquel fuera uno de los pocos placeres de los que aún podía disfrutar. Se relamió los labios y se tragó la otra mitad.
—Si continúa así, maestro, acabará bebiéndose el arroyo entero —bromeó Tristán, contemplando a Raziel con gesto socarrón.
El caballero le devolvió la mirada con aire compungido y le tendió la cantimplora ya llena. Luego, mientras Tristán trasteaba con el petate, se estiró alzando los brazos para arañar el cielo; su espalda crujió al tensarse. Sin embargo, el muchacho, a unos metros de distancia, no distinguió si había sido la armadura destartalada o la columna de Raziel. Tampoco importaba.
Editado: 02.08.2026