Pese a que la habitación era pequeña, ¿cuántos kilómetros llevaba recorridos ya? ¿Cinco? ¿Diez? De una a otra pared… En círculos, ora amplios, ora estrechos… De esquina a esquina en diagonal… Si el piso no hubiera sido de roca, habría dejado surcos que, para una araña en el techo, habrían sido un jeroglífico.
Arden se preguntó, por enésima vez, cuánto llevaba encerrado, aguardando que el nexófono vibrara. ¿Dos horas, quizá? No, puede que menos. Pero allí, cual recluso en el corazón de la mina, podía ver cómo el tiempo reptaba. Aun así, no podía largarse hasta haber recibido noticias de Xarion. ¿Qué demonios estaría haciendo para demorarse tanto? ¿Se le habría olvidado? ¿Tendría problemas? ¿O se le habría estropeado el nexófono?
«Menos mal que fue él, casi amenazándome, quien me dijo que nunca perdiera el maldito trato», se dijo. «¡Y ahora va él, con sus cojones pálidos, y desaparece sin dejar rastro! Tendré que recordarle quién manda aquí con…».
Arden había torcido hacia la izquierda cuando el nexófono, que hacía las veces de intercomunicador, comenzó a vibrar. La runa grabada en la superficie —una línea vertical con otras tres más cortas, descendiendo desde la parte alta con una ligera inclinación— centelleó en azur. «¡Por fin!».
—¡Ya te vale, Xarion! ¿Qué cojones estás haciendo para tardar tanto?
No hubo respuesta, solo un leve siseo, como el rumor del mar. Arden, sin embargo, no se sorprendió. Ya empezaba a darse cuenta de que aquellos cacharros, por muy mágicos que fueran, fallaban más que un arquero manco. No había término medio: o funcionaban a las mil maravillas… o más valía gritar como un poseso de una punta a la otra del reino. Quienquiera que los hubiera diseñado, listo como él solo, debía hallar una solución, y pronto.
—¿Xarion? ¿Me oyes? ¿Estás ahí? —insistió Arden, alzando la voz con cada pregunta y apretando el nexófono con ansiedad.
De nuevo aquel mar mágico.
Pero… ¿acaso aquello no era una voz? El bandido se lo acercó a la oreja, despacio, desmenuzando cada sonido. Nada. Solo ruido. Así que lo alejó de sí. No obstante, cuando lo tuvo a un palmo de la cara…
—¿Ar…hen? ¿Fe oy… es? —balbuceó alguien.
El elfo le había explicado a Arden que, para que aquellos chismes funcionaran correctamente, era necesario mantenerlos próximos a una fuente de calor. Las llamas de una hoguera eran ideales, pues absorbían la energía que esta desprendía, como una tierra árida la lluvia. Las velas también servían, aunque con peores resultados. Incluso el calor corporal valdría, pero había que llevarlo ceñido al abdomen, y Arden no iría por ahí semidesnudo con una bola del tamaño de su puño a la vista. ¿Cuánto no se reiría Roxas si lo viera de esa guisa?
—Pero estás de suerte, jefe —había concluido el elfo su exposición—. Con que uno de los nexófonos esté cerca de una fuente de calor, el otro también recibirá parte de ella. ¿A que es todo un acierto?
Acierto o no, el aparato necesitaba perfeccionarse. «Aunque, para tratarse de un prototipo que imita la Forja Élfica, quien lo desarrolló puede darse con un canto en los dientes. Y uno bien fuerte, además».
—¿Jefe, me oyes ahora? —aulló Xarion, y arrancó a Arden de sus meditaciones. De todos modos, las palabras aún salían distorsionadas, pero, al menos, eran comprensibles.
—Más o menos, Xarion. ¿Y tú? ¿Me recibes?
—Mmm… Te escucho como si gritaras desde las entrañas de la tierra.
—¿Dónde te crees que estoy? —replicó Arden con desdén—. ¿Te has dado un golpe en la cabeza o es que ya estás borracho?
El elfo tardó varios minutos en responder, quizá porque la conexión era inestable… o porque estaba meditando su respuesta.
—Ni soy imbécil ni estoy borracho, jefe —respondió, y Arden se lo imaginó con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Cómo avanzan los preparativos?
—¡Viento en popa y a toda vela, jefe! —canturreó Xarion, y después rio.
A Arden, en cambio, no le hizo ni pizca de gracia.
Aunque su nuevo segundo al mando le inspiraba cierta confianza —pues había cumplido con diligencia todos sus encargos hasta la fecha—, en ocasiones resultaba imprevisible. Por la mañana, Xarion podía mostrarse tan apático que no se dignaba siquiera a mirar a sus compañeros, y, cuando Arden le hablaba, este respondía con lacónicos «Sí», «No» y «Ea». Pero por la tarde podía ser pura jovialidad, mostrándose, incluso, ingenioso, cordial y servicial. Sin embargo, en sus peores días —cuando se le ponía un tic en el ojo izquierdo— se transformaba en una bestia salvaje y despiadada de más de dos metros, que blandía un hacha de guerra de doble filo más alta que la mayoría de los hombres. Arden sabía que quien se topara con él cuando perdía el juicio acabaría ante Morfosis con la cabeza entre las manos.
Pero hoy era Arden quien no estaba de buen humor, así que espetó:
—¡Basta de bromas, Xarion! Quiero saber si todo está marchando como debería.
—Todo en orden, jefe —respondió con repentina sumisión.
—¿Seguro?
—Por supuesto. ¿Con quién crees que estás hablando? —bufó—. No hay organizador en todo el reino de Ynnea mejor que yo. Si gobernara esta maldita pocilga, todo sería mucho mejor. Más divertido, como poco. ¿Sabías que existió un pueblo de elfos en la antigüedad que celebraba las fiestas con orgías? ¡Cuánto no daría por haber nacido entonces! Así que, si yo fuera rey, con una corona de hierro fundido y pintada de rojo, organizaría fiestas como aquellas por todas partes. Ah, pero yo sería el primero en catar a las doncellas, tanto humanas como elfas. Las enanas no me gustan; huelen mal ahí abajo. Hazme caso, jefe. Sé de lo que hablo.
Editado: 02.08.2026