Tristán se hallaba ante la imagen más surrealista que había contemplado en su vida: el azul del cielo chocaba contra el granate intenso de las hojas, el verde oscuro de la maleza, el marrón ferroso de la tierra y el gris ceniza de la roca. Aquel contraste resultaba a la par mareante y magnético. Por más que la mente le exigiera que se largara, sus ojos, lagrimosos y doloridos, no podían apartarse de la panorámica, que, más que un paisaje, parecía un óleo pintado por un desquiciado.
—¿A que ya no tienes hipo? —comentó Yeremy, con los brazos cruzados y una sonrisa socarrona.
No, no tenía hipo, y antes, tampoco. Aun así, Tristán ni se inmutó ante la pregunta. Hasta que, desviando la mirada con un esfuerzo ímprobo, se fijó en el bardo, y le pareció que él sí estaba deleitándose con la estampa. Nada extraño. Si lo pensaba detenidamente, Yeremy era igual de estrambótico que el bosque, o más.
Raziel se les acercó, y el bardo le formuló la misma pregunta. El caballero, sin mirarlo siquiera, asintió con un gesto mecánico.
¿Raziel sorprendido por algo tan anodino? Descubrirlo así, embelesado, con la boca entreabierta y las cejas enarcadas, era tan insólito como el propio entorno. Su escudero, como nunca antes, comenzaba a entrever el lado más íntimo de su maestro, aquel que siempre se empeñaba en esconder bajo una máscara de impasibilidad, de brusquedad. Quizá, si le insistiera de algún modo, lograría que se despojara de ella —o se le cayera— y entonces aflorase aquella faceta en toda su magnitud. Pero ¿cómo hacerlo sin llevarse una reprimenda?
No encontró respuesta, así que lo dejó correr. Tal vez en otra oportunidad, cuando su mente no funcionara a trompicones, se le ocurriera algo. Soñar era gratis, al fin y al cabo.
—Bueno… ¿qué habéis pensado? —añadió Yeremy—. Estos árboles sanguinarios solo beberán vuestra sangre si la derramáis. Si no… —se encogió de hombros—, solo os provocarán una resaca de cojones. —Soltó una risita entrecortada.
—¿De verdad… tenemos que… atravesar este… bosque? —musitó Tristán sin convicción.
—Si queréis llegar a la Cordillera del Talayón, no existe ruta más rápida ni más entretenida. A no ser, claro está, que puedas volar, ilustre Tris.
Aunque al escudero no le molestaba lo de «ilustre», terminaba siendo cansino. ¿Era mucho pedir que lo llamara por su nombre o simplemente «Tris»?
—A mí, este bosque me disgusta tanto como a ti. Esos cretinos de orejas puntiagudas… —continuó el bardo, torciendo el gesto—. ¿Alguien me puede explicar para qué fueron creados? ¿No teníamos bastante con las chinches, las garrapatas y las cucarachas?
—No tenemos tiempo para cháchara —intervino Raziel, serio; ya se había recompuesto de la conmoción—. Cuanto antes empecemos, antes acabaremos.
—Nuestro galán de la armadura oxidada tiene más razón que un santo —concedió Yeremy, y le guiñó un ojo—. ¿Has pensado alguna vez, ser Raz, en dejar la caballería y hacerte erudito? Seguro que manejas la pluma igual de bien que la espada. Además, sería menos peligroso.
El caballero lo ignoró; la verborrea del bardo le entraba por un oído y le salía por el otro. A pesar de que no era mal tipo… podía ser más insufrible que un dolor de muelas.
Sin esperar a que Yeremy cacareara de nuevo, Raziel dio el primer paso hacia el Bosque Rojo. ¿Qué peligros aguardaban dentro? No le importaban lo más mínimo. Con la espada en la mano, cualquier amenaza sería neutralizada al instante. El caballero podía ser muchas cosas —la mayoría mentira—, pero la cobardía no se incluía entre ellas.
Su escudero y el bardo lo siguieron.
—¿Os he hablado de los silfos que habitan este bosque? —preguntó Yeremy, sin dejar de escrutar los alrededores.
—¿Qué son los silfos? —se extrañó Tristán.
—¿No sabes qué son, ilustre Tris?
—¿Son esas criaturas feéricas parecidas a las hadas?
—¿A las hadas? ¿Estás seguro?
—¿No?
Raziel bufó, irritado por la cascada de preguntas estúpidas. ¿Acaso Tristán no advertía que le estaban tomando el pelo? Sabía que el chico era inteligente, pero también ingenuo hasta la médula.
—Jeremías, explica lo de los silfos de las narices o cállate de una maldita vez —ordenó el caballero.
Yeremy esbozó una sonrisa y le levantó el pulgar a Raziel, quien le devolvió la mirada por encima del hombro; Tristán, al ver el gesto y comprender, por fin, que el bardo se estaba burlando de él, se ruborizó. «Menudo dueto», pensó el caballero tras chasquear la lengua.
—Cuenta la leyenda que, en este bosque único en su especie, habitan dos tipos de silfos; es decir, dos clases de hadas macho.
—¿Hadas macho? —inquirió el joven, confuso—. ¿Eso existe?
—Ilustre Tris, te pido, por favor, que me dejes terminar la historia. Después, vendrá la tanda de preguntas, ¿de acuerdo?
Tristán agachó la cabeza y articuló un «sí» mudo.
—A lo que iba… Los silfos se dividen en dos comunidades: los luminosos y los oscuros. Y antes de que lo menciones… lo sé. Es una separación trillada, pero así son las cosas. —Carraspeó—. Entre ellos se llevan a matar, del mismo modo que ser Raz y el resto del mundo. —Se llevó la mano a la boca para ahogar una carcajada. El caballero, entretanto, acarició la empuñadura de su espada—. ¿Alguno de mis buenos amigos sabe distinguirlos?
Editado: 02.08.2026