La hostilidad se espesaba con cada parpadeo, como la niebla mañanera. Todos los presentes, aguardando el primer embate, crispaban cada fibra de sus cuerpos. Los elfos, por su parte, contenían la respiración mientras apuntaban con un ojo cerrado. Raziel, Tristán y Yeremy, en cambio, escudriñaban a sus captores con los ojos bien abiertos, sin importar el escozor. El caballero, espada en alto, mantenía una postura amenazadora, protegiendo con el cuerpo el flanco de su escudero. Su actitud gritaba: «Si alguno se atreve a cantearse siquiera, está muerto». En respuesta, los elfos enseñaron los dientes, aunque siguieron inmóviles.
Pasaron diez segundos, veinte, treinta… Una gota de sudor resbaló por la sien de Raziel. Notaba la boca seca; la lengua, pastosa. Dudaba que pudiera detener todos los flechazos: ahora los elfos, como un único ser, dirigían las saetas hacia él. Aun así, lo intentaría. No dejaría que…
El que parecía el líder alzó el brazo con el puño cerrado. Sus compañeros, de soslayo, lo advirtieron y rezongaron algo en su idioma. No guardaron los arcos, pero al menos destensaron las cuerdas y dejaron las flechas mirando las piedras de la senda. A diferencia de los demás, aquel elfo conservaba la sangre fría, con la mirada pétrea. Aquella actitud agradó a Raziel, aunque, por si acaso, no deshizo la guardia.
—Guardad la espada, caballero —ordenó el elfo—. No hemos venido aquí para pelear con vosotros; nuestro cometido es escoltaros a Villa Escarlata.
Después, sin mudar la expresión, paseó los ojos entre sus subordinados. Tras una leve inclinación del mentón, estos desencordaron las flechas, las guardaron en el carcaj y se colgaron los arcos al hombro. Aquellos movimientos, ejecutados al compás, parecían ensayados. Tristán, todavía rígido, quedó impresionado por su precisión. Con todo, no pudo relajarse y siguió atento a la más leve señal de peligro.
Raziel, mientras tanto, se colgó la espada a la espalda: encajó la hoja, envuelta en telas, en una anilla de hierro que la sujetaba con firmeza y facilitaba blandirla. Si se hubiera tratado de un arma cualquiera, con una vaina corriente, no habría sido prudente llevarla de aquel modo; de todas formas, el gesto tenía, para él, un valor más simbólico que práctico.
—¿Por qué nos «escoltáis»? —preguntó sin emoción.
El líder, que marchaba varios pasos por delante, no contestó, aunque tampoco le prohibió hablar —como a Tristán—. Quizá se debiera a que Raziel, a diferencia del muchacho, era un caballero, conocido en todo el reino de Ynnea, para bien y para mal.
—¡Malditos elfos! —exclamó Yeremy—. Sois lo más ruin que existe sobre la faz de la tierra —añadió, abrazando el estuche del laúd. El rostro congestionado y la mirada arrolladora contrastaban con el temblor de sus piernas y los constantes sorbetones de nariz.
Raziel temió otro altercado, pero aquella vez el insulto no tuvo consecuencia alguna; los elfos, a juzgar por sus ceños fruncidos, fingieron no oírlo y avanzaron con la vista al frente.
—Sois racistas hasta con vosotros mismos —continuó el bardo—. Si no fuera por vosotros, yo… yo… —Las palabras se le atascaron; estaba al borde del llanto—. Todo esto es culpa vuestra. ¡Malditos hijos de…!
—¡Silencio! —ordenó Raziel; su voz restalló como un trueno en mitad del bosque.
Yeremy gruñó entre dientes, pero no soltó ninguna barrabasada más. Se detuvo un instante, acribillando con la vista al caballero, y el elfo de la retaguardia lo empujó sin miramientos. Al bardo no le quedó otra que resignarse y reanudó la marcha con la cabeza gacha, acompañando sus pasos con bufidos cortos y exagerados.
La comitiva no dejó de avanzar, por muy lento que lo hiciera. Tristán recordaría más tarde el desasosiego que lo atenazó al intentar memorizar aquel camino. Serpenteaban entre los árboles, sorteaban piedras —bien por encima o bien por los lados— y se colaban por túneles hechos de raíces, que se extendían como tentáculos por doquier. Si después el caballero —o cualquier otro— le hubiera preguntado cuál era la ruta de regreso, solo habría podido encogerse de hombros y musitar un «lo siento, maestro». Para los elfos, acostumbrados a cada rincón del bosque, resultaba facilísimo orientarse, pero para un extranjero…
—¿Está lejos nuestro destino? —inquirió Raziel.
—No —respondió el líder.
Tras otros tantos minutos, y después de bordear un árbol colosal —de Morfosis sabía cuántos metros de altura—, alcanzaron lo que el elfo había llamado «Villa Escarlata». Por primera vez desde que habían sido sorprendidos, Tristán se atrevió a soltar un «¡Oh!» de regocijo, sobrecogido ante aquel panorama.
El muchacho se fijó en que, a ras del suelo, crecían unas setas descomunales, con lunares blancos luminiscentes, que servían de hamacas a los habitantes de la villa. En aquel momento, un elfo anciano, encaramado a una de ellas y rodeado por decenas de niños, recitaba en su lengua una suerte de sermón o lección. El anciano hablaba con vehemencia, disfrutando al instruir a los críos. Estos lo escuchaban embobados, cuchicheando y riendo entre ellos. Pese a que el escudero no entendió ni una sola palabra, sintió una melancolía punzante. De hecho, se imaginó al Tristán de diez años allí, rodeado de aquellos elfos y aprendiendo miles de cosas. Al hacerlo, la envidia se sumó a aquel pesar y le recordó su realidad: nunca había asistido a una escuela formal, como el resto de los niños de la corte.
Editado: 23.08.2026