Raziel: El caballero mendigo [grimdark]

Capítulo 9: Honor de bandido

—¡No apruebo estos métodos! ¡Aquí, quien decide cómo se procede soy yo! —gritó Arden al nexófono.

La misión de Arden consistía en recuperar la espada de Raziel, no en tomar rehenes ni en matar inocentes, mucho menos en abusar de nadie. Cuando se enteró de lo que estaba haciendo Xarion, se enfureció tanto que volcó la mesa de su habitación. Incluso golpeó la pared con tal violencia que se hirió los nudillos de la mano derecha. Nunca antes en sus treinta veranos había sentido una cólera similar. Y ya no solo cólera: también sentía impotencia por no poder frenar aquella barbarie.

—No importa qué métodos se usen si se consigue lo que quiero —bufó una voz femenina a través del nexófono—. Te lo advierto: que sea la última vez que me alces la voz.

Arden apretó los puños hasta clavarse las uñas, y las heridas se abrieron; un hilillo de sangre se escurrió hasta la muñeca. Dominar la furia resultaba una proeza digna de un dios. Pero no podía contradecir a la Señora, mucho menos al Cardo de Doce Espinas, puesto que eran los amos del mundo, ocultos entre las sombras. Un solo paso en falso al tratar con ellos… y estaría finiquitado antes del amanecer. ¿Quién sabía dónde se ocultaban sus espías?

—Pero ¿por qué? —preguntó el jefe de los bandidos, relajando el tono de su voz, no así sus emociones—. ¿Por qué secuestró a una inocente y pasó por la espada a un pueblo entero? ¿Por qué amenazó a un bardo y lo obligó a cumplir sus caprichos so pena de decapitación? ¿Por qué raptó a la hija de un elfo honrado? ¡Si es de su misma especie! —exclamó, aún conteniéndose—. No aprobé esos métodos.

—Cierto. , bandido, no aprobaste nada; fui yo —aclaró la Señora con desdén—. Pero te equivocas en una cosa: aquí, quien decide soy yo. Vosotros, como el elfo, no sois más que peones. Me servís a mí, y punto. ¿Te ha quedado claro?

Si en ese momento alguien hubiera irrumpido en la habitación, Arden lo habría aporreado hasta la extenuación. O, al menos, le habría propinado un puñetazo en el estómago. Sin embargo, como nadie entró, tuvo que reprimir sus emociones, lo que hizo que se enquistaran todavía más.

—Y te voy a decir otra cosa —continuó la Señora—: Xarion obedece mis órdenes mejor que tú, Arden. De hecho, diría que es más eficaz y leal.

—¿Cómo lo sabes?

—No eres el único con quien el Cardo está en contacto: muchos otros se comunican con nosotros a través de nexófonos, y Xarion es uno más entre tantos.

Arden no tenía constancia de que el contrato se hubiera adjudicado a otros grupos de bandidos; que él supiera, el Cardo había contactado únicamente con él. En realidad, fue un mensajero de la organización quien le entregó el nexófono que lo enlazaba con la Señora. La primera vez que habló con ella, además, esta le aseguró que nadie más estaba al corriente de la operación, pues se trataba de un asunto de máximo secreto. Ahora, en cambio, Arden se sentía estúpido… engañado, incluso. ¿Cómo podía haber confiado en semejante organización? ¿No le había enseñado su oficio a no fiarse de nadie, ni siquiera de sus aliados?

Inhaló profundamente; después vació los pulmones y siguió igual de alterado.

—El objetivo estaba claro: yo mismo busqué al caballero y lo enfrenté —dijo, llevándose la mano al pecho, justo donde la flecha de Tristán lo había alcanzado. También le vino a la memoria cómo el caballo se encabritó, obligándolo a huir al galope. Un escalofrío le recorrió la columna al visualizar la fuerza inhumana de Raziel… a su subordinado partido en dos… el fulgor oscuro que emanaba aquella maldita espada.

—Y fracasaste —espetó la Señora.

—Sí, lo reconozco. Pero ya tenía un plan para deshacerme de él y recuperar la espada. Solo necesitaba que…

—Xarion también tiene un plan, que seguramente ya está ejecutando. Además, el suyo es mucho más práctico que el tuyo; más directo y, desde luego, más entretenido —confirmó la mujer, riéndose sin venir a cuento.

—¡Sus métodos no son correctos! —bramó Arden, ceñudo—. Involucrar a inocentes… amenazarlos… secuestrarlos…

—Vaya, vaya… ¿Pero qué tenemos aquí? —se burló la Señora—. ¿Un bandido con honor? ¡No me hagas reír! ¡Eres patético!

La verdad era que la Señora no conocía en absoluto a Arden; solo lo juzgaba por su oficio actual. En su día, cuando apenas era un niño, quiso convertirse en caballero, pero las circunstancias se lo impidieron. Como no pudo prestar juramento, decidió que lo mejor sería convertirse en mercenario. Por supuesto, aquel oficio no le agradó nada. Saqueos, muertes de inocentes y demasiadas atrocidades. Con el tiempo, y ya sin esperanza, se convirtió en bandido. Formó su propia banda, pues poseía un encanto natural para atraer a las personas, así como una fuerza y una habilidad superiores a la mayoría. También juró moldearla a su gusto; sin embargo, hasta en aquello había fracasado. Otro fiasco en su interminable lista de sueños frustrados.

«No querías caldo, ¡pues toma dos tazas!», pensó, disgustado con su propia estupidez.

—Te voy a dar dos opciones, Arden —propuso la Señora—: cumple tu misión sin importar el cómo o cede el mando a Xarion. —Se hizo el silencio un instante—. Te lo simplificaré para que lo entiendas: tráeme la espada del caballero o muere como una puta barata. ¡Tú decides!




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