—¡Vamos, mendigo! —exclamó Xarion, tras el choque con Raziel—. ¿No sabes que perder el tiempo es perder parte de la vida?
La situación en el mirador empeoraba a cada segundo. La bestia no daba tregua a los bandidos; el gas, además, hacía casi imposible respirar sin sentir arcadas. Raziel —ojo avizor al monstruo e ignorando el hedor— bregaba sin ceder terreno con el elfo. Atacaba por arriba, por abajo, por la derecha, por el centro… pero, aunque Alma Forjada estaba desatada, no obtenía el resultado que quería. Así pues, reculó un paso, asió la espada con ambas manos y tajó por la izquierda. Clang. Nada. La expresión del elfo —ojos entornados, un temblequeo en el párpado izquierdo, mandíbula encajada, tendones y venas del cuello marcados— delataba que se tomaba en serio aquel lance. Aun así, cuando los metales chocaban, sonreía durante un instante y, con desprecio, desviaba la mirada hacia Raziel. Entretanto, los bandidos que aún no se habían despeñado o no habían sido aplastados luchaban a la desesperada; más que matar, buscaban sobrevivir. Y no lo estaban consiguiendo.
Raziel arremetió de nuevo, pero el golpe impactó contra el astil del hacha de Xarion. El elfo salió disparado hacia atrás por enésima vez, aunque no perdió el equilibrio en ningún momento. Pese a que Alma Forjada refulgía en pura oscuridad, pese a que el caballero tenía una fuerza superior y pese a que la concentración, los reflejos y la agilidad se aguzaban, no lograba cercenar al maldito elfo, como sí había hecho con aquel desgraciado días atrás.
La razón, supuso Raziel al discernir la leve coloración verdosa del filo, estaba en el arma de Xarion. ¿Era esta especial? No podía asegurarlo. Pero, de ser así, solo se trataría de una burda imitación humana. Al contrario que Alma Forjada, el hacha quizá fuese una réplica diseñada en la Universidad de Egesta. Lejísimos, pues, de la auténtica Forja Élfica. La espada del caballero, en cambio, creada en la mítica cuna de los elfos, cuando la humanidad apenas usaba palos y piedras —o eso había oído Raziel, aunque no le daba mucho crédito—, contenía el conocimiento de siglos de sabiduría arcana, transmitido, supuestamente, por la mismísima Frylia. Se decía que, en su momento, existieron miles de aquellas obras de arte, pero, con el paso de los milenios, las guerras y la aniquilación de Blasphemia, la mayoría de ellas se perdieron o fueron destruidas.
De todos modos, aquella hacha tal vez fuera tan común como cualquier otra, y lo que perjudicaba a Raziel era, por un lado, aquel condenado bicho y, por el otro, Tristán.
—Al final, va a resultar mentira lo que dicen, mendigo. ¿De verdad eras el caballero más letal del reino? —se burló el elfo, arrancando a Raziel de sus cavilaciones—. ¡Menuda decepción! La próxima vez, que nombren caballero a un tábano.
Raziel ignoró la pulla y buscó de reojo a su escudero.
En la retaguardia, junto al puente de acceso a la plataforma, Tristán paseaba la vista de Lucía a Yeremy, de Yeremy a Lucía, sin saber cómo actuar. Aquel conflicto no tenía salida clara, porque el bardo, puñal en mano, no permitía que él y Lucía escaparan. Aunque tampoco se atrevía a acercarse para atacar. La chica, en cambio, espada en ristre, fulminaba a Xarion con la mirada: en sus ojos ardían el odio, la humillación y una clara intención asesina. En aquellas condiciones, el joven quedaba en tierra de nadie, absorbiendo el terror del bardo y la irritación de Lucía. ¿Cómo podría ingeniárselas para salir de semejante embrollo? Un solo paso en falso…
¿Las piernas le temblaban? ¿La gelidez que lamía su rostro era sudor? «¡Mierda! No te derrumbes ahora, imbécil. Salva a Lucía. Sácala de aquí. ¡Vamos! ¡VAMOS!», pensó, esperando reunir el coraje necesario para hacer algo, lo que fuera.
Tras tragar saliva, con regusto amargo, se palmeó las mejillas, se encaró con Yeremy y le dijo, pronunciando cada palabra con sumo cuidado:
—Yeremy, no sé qué te han obligado a hacer… pero, por favor, déjanos marchar.
—¡Cállate! ¡No sabes nada! ¡Absolutamente nada! —aulló el bardo—. ¿Acaso tienes idea de lo insoportable que ha sido para mí todo esto? —El llanto le dificultó hablar—. ¿Acaso… conoces con qué me amenazaron?
Tristán se quedó petrificado ante la virulenta reacción de Yeremy, que lo hacía parecer otra persona.
Cierto era que apenas lo conocía. A primera vista se descubría que el bardo era un bromista y un malhablado; incluso resultaba cansino en ocasiones, sobre todo cuando contaba aquellas historias sin pies ni cabeza. Pero aparte de aquello… Yeremy era todo un misterio. De todos modos, nada justificaba lo que hacía, y mucho menos condenar a muerte a nadie. ¿Tanto miedo le inspiraba Xarion? ¿Qué habría usado para someterlo así?
El escudero, tras respirar hondo, dijo:
—Tienes toda la razón, Yeremy. No sé qué te hicieron ni con qué te amenazaron… pero no importa. Aunque nos hayas traicionado, te perdono. No lo hiciste por voluntad propia. Te dijeron que te matarían, ¿no es así? —Apretó los puños tanto que los nudillos restallaron—. ¿Y sabes por qué no me importa? Porque, al igual que tú creíste en mí… ahora decido creer en ti. ¿No es eso lo que hacen los amigos?
Al escuchar aquellas palabras, Yeremy rompió a llorar a lágrima viva, y el puñal que sostenía con tanto ímpetu se le escurrió. El cuerpo se le encorvó, las rodillas se juntaron y, tras un escalofrío que lo hizo mirar hacia las estrellas, se desplomó.
Editado: 23.08.2026